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Familia

Las feministas callaron la verdad sobre la maternidad

27 de enero de 2020

Las feministas me estafaron.

Toda mi vida creí que me habían hecho un gran favor quemando sus sujetadores por mis derechos a la educación y a la igualdad salarial. Y me convertí en una ciudadana correcta, terminando mis estudios universitarios y marchando a buen paso por el transitado camino de la vida profesional. Eso sí, una feminista que se pintaba los labios y no pasaba un solo día sin zapatos de tacón alto, pero feminista al fin y al cabo.

Y entonces tuve un hijo.
Ahí es donde me mintieron. Como un médico atareado que no te dice cuánto va a doler la inyección, esas feministas con buenas intenciones nunca dijeron la verdad sobre todo lo relacionado con dar a luz y ser madre. Entre otras cosas, se olvidaron de decirnos:

Recuerda hacerlo antes de que tus ovarios se marchiten.

Y cuando lo hagas, intenta apartar de tu cabeza todos esas ideas de preparación profesional e igualdad salarial, o si no, no lo disfrutarás.

Yo estaba demasiado ocupada aprovechando todo lo bueno que el feminismo me había aportado para pararme a pensar en la maternidad. Conseguir una buena formación e iniciar y consolidar una carrera profesional era mucho más importante que pensar en bebés.

Tener hijos antes de estar preparada era el peor error: te convertías en una mala madre que iba a descargar sobre su indefenso hijo toda la frustración de una ambiciosa carrera truncada. Imagínate esas pobres mujeres de los suburbios urbanos, oprimidas, que dependen de un hombre para vivir. Esas almas miserables que tienen que colgarse del Valium todo el día para seguir adelante, y que nunca sabrán lo que es comprarse un par de zapatos Manolo Blahnik de 1,000 dólares el par.

Trabaja duro y podrás tenerlo todo, era la promesa feminista implícita. Primero, crea y consolida tu carrera profesional. Retrasa la maternidad hasta que llegue el momento adecuado. Las mujeres pueden tener hijos a los 40, ya sabes…

Y yo, tontamente, esperé a entrar en la treintena para tener un hijo. Desde luego, me considero afortunada porque el 25 por ciento de mis amigas que creen que algún día tendrán hijos, probablemente no llegarán a tenerlos, o al menos eso dice la Oficina de Estadísticas y el Ministro de Servicios Familiares, Ross Cameron.

Pero ojalá lo hubiera hecho antes. Ojalá hubiera pasado la década de los 20 metida hasta las rodillas entre pañales y pobreza. De ese modo, no estaría así ahora, en mis treinta y tantos, metida hasta las rodillas entre pañales y pobreza. Y encima, con mucha menos energía.

Ninguna mujer en su sano juicio querría esperar a pasar de los treinta o llegar a los cuarenta para empezar a tener hijos, si lo pensara bien. Tener una década extra o más para gastar el salario que nos hemos ganado con nuestro sudor, en cosas tan glamorosas como ropa de diseño, costosos cortes de pelo, restaurantes elegantes una o dos veces por semana o unas espléndidas vacaciones de verano, sólo hace que desprenderse de todo eso resulte aún más difícil.

Las feministas olvidaron decirme que debía ahorrar parte del dinero que ganaba. La maternidad no es barata; tienes que renunciar a tus ingresos y a tu derecho a los bienes y comodidades de que gozabas a los veintitantos, salvo que seas una de esas mujeres oprimidas que pueden confiar en un marido con sueldo alto. Las feministas nos hicieron demasiado listas y ricas por nuestro propio bien.

Pero aquí me tienen, a mis treinta y tantos, hipotecada hasta el cuello e incapaz de ganar el sueldo al que estaba acostumbrada, porque tengo un hijo al que siento que debo dedicar el mayor tiempo posible. Lo sé, se supone que las guarderías son la solución. Pero nadie me había contado lo terrible que es pensar que mi hijo pasa 48 horas a la semana con una puericultora –aunque sea excelente- y sólo una o dos horas al día conmigo. Se ha confundido todo. Las mujeres no deberíamos estar trabajando por el privilegio de poder pagar a otras personas con sueldos más bajos para que eduquen a nuestros hijos.

Y todas estas feministas de segunda generación son dignas hijas de sus madres. Mi propia madre vive a la vuelta de la esquina, y la gente me dice: Qué suerte tienes, seguro que está todo el tiempo contigo, ayudándote. Ojalá. Está demasiado ocupada para eso: come en restaurantes, trabaja 50 horas a la semana en un trabajo estresante, y ahorra todo lo que puede para poder retirarse antes de los 70 (la pensión de jubilación para madres solteras de esa generación que educó buenas feministas, es bastante escasa).

Me encanta ser madre. No es necesario tener una carrera universitaria e igualdad salarial para descubrir las maravillas de la maternidad. Clichés aparte, ser madre es verdaderamente increíble y realizador… pero las feministas tampoco nos lo habían dicho.

Fuente/Autor: Alex May – Masalto

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