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Mundo Joven

Falta de sentido religioso lleva a los jóvenes a creer en los «elfos»

27 de enero de 2020

«Al ‘otorgar poder’ a estas figuras, los adolescentes se esclavizan, convirtiéndose ellos mismos en sus propios enemigos», afirma el Sr. Canónigo Mons. Hermión Aranda de Alba.

Los «elfos» y «hadas» son muñecos de plástico, ataviados al estilo de los duendes, que se han puesto de moda entre niños y jóvenes, quienes los llevan a todas partes, ya sea colgados al cuello, por dentro de la ropa o entre sus pertenencias. Estos juguetes «exigen» de su dueño cuidados especiales: alimento, atención, afecto, obediencia…

Convertidos así en amuletos, han puesto en jaque a maestros y padres de familia, quienes no saben cómo controlar la dependencia en la que caen los jóvenes. Al respecto, Mons. Hermión Aranda opina: «Es muy peligroso, porque esas cosas los esclavizan y, con ciertos temores, los niños hacen lo que supuestamente los muñecos les dicen. Los jóvenes creen que esos muñecos hablan y que tienen, por una parte, comunicación con el más allá, y por otra, comunicación con supuestos poderes superiores a ellos. Más aún, a veces llegan a sentir que esas figuras tienen contacto con poderes superiores a Dios. Llegan a creer tanto en ellos, que sienten que ni Dios puede liberarlos de eso», advierte el Canónigo, promotor de justicia de la Curia Diocesana de Guadalajara.

Entre la imaginación y la falta de identidad

Por su experiencia y fama en el tratamiento de temas difíciles, padres de familia y algunos sacerdotes se han acercado a Mons. Aranda para pedirle consejo sobre los «elfos». «Me platicaron de unos muchachos que tenían cuatro muñecos y decidieron entregarlos a alguien o tirarlos para deshacerse de ellos, y sucede que en la noche, cuando llegaron a su casa, otra vez estaban ahí “formaditos”. Los «elfos» les decían que si volvían a hacer una cosa semejante, se la cobrarían con algo que a los muchachos les doliera. Ésas son las supuestas amenazas que reciben quienes tienen «elfos», pero –yo creo– tenerlos es la manera de responder a un temor que ellos mismos se crean, fundado en la necesidad que sienten de escuchar una voz interna; por eso se les figura que los muñecos hablan. Y uno les pregunta: “¿Tú crees que los monitos hablan?” y responden: “No sólo creo, es una realidad, los estoy oyendo”.

»Los chicos creen que estos muñecos tienen capacidades más allá de lo natural; es decir, sobrenaturales o preternaturales, y esto está fuera de todo límite; estarían ya a la altura del plan de Dios, en el plano divino o, al menos, en un nivel sobrehumano», lamenta el sacerdote.

¿Sugestión o puerta abierta al mal?Falta de cariño y atención.

Al poner su fe en el «elfo», los jóvenes faltan al Primer Mandamiento, «amar a Dios sobre todas las cosas»: «Tienen una fe fingida, poco clara, y los jóvenes buscan creencias que les agraden más y les exijan menos».
Los jóvenes prefieren creer en algo más acorde con su tiempo, «cosas fundadas en la psicología del adolescente, que sufre carencias como la presencia de los padres en el hogar. Ellos necesitan un afecto que haga presencia, y en esos muñecos ellos encuentran, de alguna manera, ese satisfactor. Pero ese cariño los somete y los pone un tanto en contra de sus padres, porque ven que sus papás no tienen tiempo para ellos y los muñecos sí; entonces, sienten que estas figuras les hacen más caso que sus padres», puntualiza el Sr. Canónigo.

Ausencia de Dios en la familia

Los padres no transmiten a sus hijos suficiente fe en Dios. «Hace falta una fe presente en la vida de las familias. No hay diálogo entre padres e hijos, menos en cuestiones de creencias, que los ayuden a profundizar en los dogmas. Poseen una fe inmadura e inestable. Los papás tienen muchas dudas que transmiten a los hijos y, por tanto, no son capaces de dar respuestas; así, cuando los chicos encuentran algo que responde a sus inquietudes, es fácil que caigan, porque no existe una concreción de la doctrina, no hay una fe presente en sus vidas. Los papás se asustan ante las dudas de sus hijos y, cuando éstos les preguntan, incluso hasta los regañan, y nunca tienen tiempo de conversar con ellos y penetrar en estos temas».

Falta educación.

La escuela y lo que en ella se aprende, no sólo de los académicos, sino mediante la convivencia entre los niños y jóvenes, influye en las «modas» que ellos adquieren, pues es por medio de éstas que buscan la aceptación como parte del grupo: «En ocasiones, los programas educativos son vacíos, y muchas veces están en contra de Dios. Quitan a los niños y jóvenes la poca fe que tenían, les siembran muchas dudas y los mandan a sus casas aun medio deprimidos; una respuesta a esas depresiones, son modas como los «elfos», asegura Mons. Hermión Aranda.

Según la experiencia de Mons. Hermión Aranda, los muchachos refieren que el «elfo» les «pide» una hada, y el hada les pide un «elfo»; «o sea, quieren multiplicar sus vínculos esclavizantes, y esto nos lleva a pensar en un plan demoníaco».

El que no conoce a Dios, a cualquier «elfo» se le hinca.

El fenómeno de los elfos puede equipararse a las prácticas idólatras que diversas culturas en todos los tiempos han seguido. Al respecto, el número 844 del Catecismo de la Iglesia Católica señala: «En su comportamiento religioso, los hombres muestran también límites y errores que desfiguran en ellos la imagen de Dios: con demasiada frecuencia los hombres, engañados por el Maligno, se pusieron a razonar como personas vacías y cambiaron el Dios verdadero por un ídolo falso, sirviendo a las criaturas en vez de al Creador. Otras veces, viviendo y muriendo sin Dios en este mundo, están expuestos a la desesperación más radical».
Los ídolos tienen tanto poder, que hacen que quienes les dan culto no se den cuenta de que están atados a ellos.

Fuente/Autor: Juan José Cruz y Sonia Gabriela Ceja – Semanario de Guadalajara

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