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Testimonios

El apóstol de los curas

27 de enero de 2020

El padre Toñito, un sacerdote humilde, bondadoso, pobre, de acendrada vivencia espiritual y mística. Su proceso ya está en Roma, con muy buenas posibilidades de salir adelante.

Con esa timidez con la que los viejos manipulan casi al escondido sus escasos denarios ahorrados, el padre Nicanor sacó del cajón de la mesa de noche un sobre y me lo entregó.

-Es para que me hagas el favor de dar esta limosnita en la colecta que se está haciendo esta semana para la canonización del padre Toñito.

-Explíqueme, tío, de qué se trata, ya que no sé quién es el padre Toñito, ni que vaya camino de los altares, ni que haya que dar plata para que lo canonicen. Ustedes los curas suponen muchas veces que la gente sabe lo que para ustedes es tema manido y, como no es así, o los fieles no los entienden o, hablando de una colecta, como es el caso, no se sienten motivados.

-Hasta razón tendrás, hijo, pero no me vengas ahora con esa cantaleta. Mira, te explico. El Arzobispo autorizó para que se realizara entre el 19 y el 26 de este mes una colecta especial en las parroquias de la ciudad, con el fin de recabar fondos para sacar adelante en Roma la causa de beatificación del padre Jesús Antonio Gómez, un santo sacerdote diocesano que tiene todos los méritos para engrosar, junto con el padre Marianito y la madre Laura, el santoral de arriería de la Antioquia católica. El padre Toñito, que así lo llamaban, dedicó casi toda su vida a la dirección espiritual de seminaristas y sacerdotes y por eso es considerado como el apóstol de los curas.

-Ya veo, aunque usted está hablando hoy en términos muy clericales y eso a ratos no les gusta a mis lectores. Pero le respeto el tono y el talante; al fin y al cabo usted es sacerdote. Me gustaría conocer algunos datos más sobre el personaje, pero antes de que me absuelva la duda de por qué plata para que lo canonicen, explíqueme eso de apóstol de los curas. ¿Luego los sacerdotes también necesitan de un apostolado sacerdotal? ¿No hay como una contradicción ahí?

-Pues, sobrino impertinente, si yo estoy hablando muy a lo clérigo, tú estás dando muestras de esa preocupante ignorancia que a menudo acusan los católicos. Si alguien necesita de dirección espiritual, de ahondar en el misterio, de constante oración, de profunda vivencia sacramental, sobre todo en la misa y en la confesión, somos los curas. Y para eso se requiere la ayuda de otro sacerdote. Tal fue el carisma de santidad del padre Toñito, a lo largo de su vida, pero sobre todo durante los veinte años en que fue director espiritual del seminario. Somos los curas los que más necesitamos de un acompañamiento sacerdotal que no sea de simple colegaje.

-¿Y es que los curas también se confiesan?

-Ya sé lo que estás pensando: si un cura se confiesa es porque tiene grandes pecados. Puede ser. Todos somos pecadores. Pero es que lo importante de la confesión no es esa especie de contabilidad de pecados, como muchos creen, sino la humilde confrontación de la miseria humana, la mía, la biográfica, con la misericordia de Dios.

-No nos metamos en honduras, padre. Déme, entonces, para terminar, algunos daticos biográficos del padre Jesús Antonio Gómez.

-El padre Toñito era un campesino que nació en El Santuario en 1895 y murió en Medellín en 1971. Se ordenó en 1922. Como director espiritual del Seminario Conciliar de Medellín entre 1936 y 1956, fue el forjador de numerosas generaciones de sacerdotes diocesanos. Fundó y dirigió la revista “Sé apóstol”, que muchos tal vez recuerden de cuando eran jóvenes. Muchas cosas más hay por decir, pero no hay espacio. El confesionario y la dirección espiritual del clero y de varias comunidades religiosas, fueron su distintivo eclesial. Su vocación específica. Su apostolado esencial.

-Y era un santo…

-No hay duda. Un sacerdote humilde, bondadoso, pobre, de acendrada vivencia espiritual y mística. Su proceso ya está en Roma, con muy buenas posibilidades de salir adelante.

-Y para eso se necesita plata, ¿cierto?

-Pues sí. La postulación de una causa de canonización es una empresa que exige emolumentos significativos para resolver instancias jurídicas, de investigación, de estudio de milagros, etc.

-Pero, tío, ¿un nuevo santo para qué?

-Vos querés tirarte en mi sermoncito, ¿no? Pues aunque no sea sino para recordarnos a los curas, como enseñó el padre Toñito, que no tenemos otra opción que la de ser santos. Que al final de la vida la única tristeza, como decía León Bloy, es la de no haber sido santos. El gran milagro de un santo, de una santidad, es rescatar a la condición humana un sentido de esperanza, de trascendencia. Que la vida sí tiene sentido.

Fuente/Autor: Catholic.net

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