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¡Vámonos a casa!

27 de enero de 2020

“No se ha de llorar al que se nos adelanta, sino tratar de alcanzarlo”. Esta frase de San Cipriano, un escritor cristiano que murió mártir en el 258, me viene a la mente todos los 2 de noviembre. Me recuerdo de mis familiares difuntos. Mi abuela, mi abuelo; mi prima Andrea que murió tan solo con 1 año; mi hermana Lucía que murió de leucemia a los 2 añitos; mis tíos Carlos y Enrique; Irma, mi nana de siempre, etc. Todos se me han adelantado. Todos ellos han corrido más rápido, han llegado a la meta. Ahora me queda a mí alcanzarlos.

Siempre me he preguntado sobre mi vida cuando miro a la muerte. Hago un balance para comprobar que el tiempo es corto, y que corremos cuesta abajo. Hago recuento sabiendo que el verdadero fiscal será la muerte y que conozco su veredicto de antemano. Compañera final e inevitable. Pero ¿amiga o enemiga?

Enemiga, y más que enemiga rival, cuando nos aparta a los seres queridos. ¡Qué tremenda e injusta es la muerte, que no nos mata a nosotros sino a los seres que amamos! Me recuerdo la muerte de mi hermanita. Dos añitos y consumida por el cáncer. La muerte de un joven es injusta, pero ¿qué decir de la muerte de una niña de 2 años?

Con el paso de los años, cada 2 de noviembre, cuando le llevo flores, me queda siempre claro, que al morir un niño ya nada me separa a mí de la muerte. Si esta criatura apenas perfumó la vida de mis padres, y se deshojó como las amapolas en medio de un vendaval, ¿cómo puedo pretender la muerte no puede estar cerca de mí?

Hay personas que mueren para ser recordadas y amadas más. El amor que nos unió a ellos siempre permanecerá vivo. ¿Son estas, apenas, consolaciones? ¿Son triunfos sobre la muerte? ¿O por el contrario engrandecen su poder?

Y cuando salgo del cementerio, me subo a mi carro y pongo la última canción de U2 para olvidar todas estas preguntas, pero siempre me parece sentir la voz de la muerte: ‹‹Te engañas, lo que fue ya no es››. Le respondo: ‹‹Te engañamos, lo que fue no sólo sigue siendo, sino que existe más que nunca, porque lo amamos, y porque Él lo ama, y porque su amor es más fuerte que la muerte››. Ella se ríe de mí y me desafía a pensar en mi muerte, en la realidad de mi propia desaparición, de mi regreso al polvo de donde vengo. Me espolea a vivir el minuto y el segundo, a intentar vivir también la vida que mi hermana no pudo vivir.

Cuando llego a mi casa, sigo turbado hasta que releo la poesía que mi abuelo compuso a mi hermanita el día en que le dimos no el “adiós”, sino el “hasta pronto” como le gusta decir a mi madre:

“No ha muerto: duerme”. Vedla sonreída.
Ayer, en esta alcoba silenciosa,
Feliz soñaba el sueño de la vida;
¡Hoy goza de otra vida aún más dichosa!
Murió en la paz y ahora en dulce calma.
La ilumina el reflejo de otro mundo
que al morir se entreabrió para su alma.
Vivió en la tierra una existencia pura
Y ahora junto a ella el espíritu sorprende
la santa eternidad de otra hermosura.
Vio, al expirar, a su Jesús tan adorado,
y abrió los ojos al fulgor del cielo,
Y Él le dijo: “El sacrificio ha terminado:
¡Ven! ” y tendió el vuelo”.

Fuente/Autor: Juan Carlos Mari

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