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Valores que valen

27 de enero de 2020

Me han golpeado las historias que me han contado hace poco sobre dos jóvenes. Cada una con un mensaje capaz de estremecer a cualquiera.

El primero –¡qué misterio!– decidió secuestrar, sin motivo aparente, a un grupo de niños en una escuela de su ciudad. Era lunes. El ambiente que se respiraba en el instituto parecía el mismo de cada día. En medio de esta ordinariedad comenzaron las clases, cuando, de pronto, el joven entró violentamente en uno de los salones. Todos quedaron paralizados: ¡era el comienzo de una pesadilla de largas y angustiosas horas!

Después de un tiempo, un agente de policía logró acercarse a la puerta del aula. Desde ahí, dialogaba con el secuestrador. El joven pedía dinero y la posibilidad de escapar. Pero el oficial luchaba por hacerle entrar en razón y percibir la absurdidad de la propuesta. Con serenidad, dominio y calma logró que el joven se rindiera sin dañar a nadie.

¿Qué le movió a tan espantosa acción? El mediador dice que el deseo de granjearse una fama fácil y de salir de la ingente masa de jóvenes con una vida gris. ¡Sólo eso!

La segunda historia es distinta. Tiene por protagonista a un joven llamado Javier, que a los 17 años era un buen jugador de golf -sólo tenía 5 de handicap-. Comenzaba a tener la ilusión de dedicarse al deporte profesional, pero un acontecimiento cambió su vida.

Un día sintió que algo no iba bien en sus ojos. Acudió al doctor, que, después de un examen, le reveló una noticia tremenda: ¡un cáncer se había desarrollado en sus nervios ópticos! El tratamiento de radiación fue inmediato, por lo que el tumor se pudo erradicar. Pero la vista no resistió, quedando en penumbra para siempre.

Javier -podríamos pensar- tenía todo el derecho para quejarse de las “injusticias” de la vida, para abandonarse ante lo incompresible de un sufrimiento inesperado. Pero escogió un camino más apasionante: el de la lucha. Así, a los dos años de este triste acontecimiento se lanzó a jugar golf otra vez, supliendo sus ojos por la orientación de su caddie. Ahora, con 29 años, es un exitoso abogado y planea fundar una escuela de golf para invidentes.

Dos casos límites. Pero creo que en el fondo la vida de los hombres se distingue sólo en pocas cosas. Una de ellas son los valores que cada uno aprecia; valores éstos que nos orientan para tomar las decisiones más profundas de la vida, como la de Javier. Por eso él permaneció fiel a sus ideales, luchando por alcanzarlos a pesar de tener mucho en contra; supo ser sincero consigo mismo, afrontando con valentía y alegría la enfermedad; es causa de unidad para su familia; y goza de la amistad de muchas personas.

Este año puede ser la oportunidad para revisar nuestra escala de valores. Un año para descubrir aquello que está bien, y cambiar lo que se puede mejorar. Es una oportunidad más para poner en orden nuestra vida, dando prioridad a lo que realmente vale.

Fuente/Autor: Adolfo Güémez

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