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27 de enero de 2020

En preparación al DOMUND ((Día Mundial de las Misiones), que se celebra el Domingo 23 de Octubre, publicamos cada día en esta sección de nuestra Página Web unas REFLEXIONES, que nos ayuden a prepararnos adecuadamente a esta cita misionera, que nos atañe a todos.

Pueden encontrar las primeras dos partes en el listado de abajo.

TERCERA PARTE

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La unidad que estás llamado a mantener en tu trabajo pastoral y la comunión desde la que debes trabajar no son una simple estrategia, para ser más eficaz o para que te rinda más lo que haces. Antes que la unidad que tú consigues con tu esfuerzo y con tu colaboración está la comunión que Dios regala. Esa comunión, regalada por Dios, es tu Iglesia, tu comunidad. Fíjate: nada menos que una participación en la unión-comunión del mismo Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¡Casi nada!: tu comunidad es una especie de imagen de la comunión de la misma Trinidad. Por eso, trabajando por la comunión y la unidad, estás trabajando por la existencia misma de tu comunidad cristiana. Estás haciendo que se manifieste en la vida lo que ya somos por gracia del Señor.

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Pero ser una comunidad unida no significa ser una comunidad “uniformada”. La uniformidad es algo externo (la misma forma=uniforme); la unidad es interior. La unidad que promueves se parece a la unidad del cuerpo: son muchos y diferentes los miembros que forman un solo cuerpo. Todos ellos necesarios y complementarlos. Pero no todos tienen la misma función, aunque todos tienen alguna. No tener función alguna es no responsabilizarse de nada en la marcha de la comunidad. Ese es el mayor pecado de omisión en contra de la unidad. Si todos tomáramos esa actitud, ¿qué miembros habría para formar un solo cuerpo? Siéntete necesario y complementarío en el conjunto del trabajo de tu parroquia, movimiento, comunidad o asociación apostólica. No pongas excusas, intentando convencerte de que es poco lo que puedes aportar. Tu aportación no se mide por la cantidad. Lo que cuenta es tu espíritu de entrega y la ilusión, el esfuerzo y la calidad que intentas poner en tu trabajo.

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Y piensa que antes que la unión en una misma tarea está la unión en una misma vida. Por las venas de cada uno de los creyentes es como si circulara la misma sangre: el Espíritu del Señor, derramado en cada uno de nosotros para formar un solo cuerpo. Los lazos de unión, comprensión, amistad, perdón y ayuda mutua que de ahí se derivan son muy fuertes; a veces, más fuertes que los mismos lazos familiares. Realiza esa experiencia de fraternidad en el Señor y gustarás la alegría de vivir los hermanos unidos. La vida de los creyentes se ha podido comparar a la vida de una familia. Con tu tarea evangelizadora colaboras a la “unión de la familia de los hijos de Dios”. No regatees esfuerzos. Pide constantemente al Señor un corazón disponible para la fraternidad y apasionado por la unidad.

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No podrás colaborar bien a la unidad del cuerpo, si tienes en tu cabeza la idea de un “cuerpo mutilado”. Dicho sin imágenes: difícilmente colaborarás a la unidad de tu propia comunidad, si no tienes una idea clara de todo lo que ella es y de cual es la totalidad de su misión y de todo lo que se necesita para llevarla a cabo. Si pensaras que lo que tiene que hacer tu parroquia o tu comunidad cristiana es sólo celebrar el culto y prestar dignamente los servicios religiosos; añadiendo sólo la catequesis de los niños para que puedan hacer la primera comunión; o, a lo sumo, piensas que también es necesaria Cáritas para atender los casos de mayor necesidad…, estás achicando su misión, y, por eso, no te cuadra que haya otro tipo de preocupaciones y de actividades. Celebrar la fe, transmitir la fe y vivir la fe, transformando con su fuerza la vida personal y social, abre un abanico inmenso de necesidades y tareas, todas ellas necesarias para ser fieles a la encomienda del Señor. Ten una visión amplia de la misión de la Iglesia y tendrás el ámbito justo para trabajar por la unidad, sin estrechez de miras y sin descalificaciones precipitadas de personas y grupos.

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Lo que no quiere decir que tú lo tengas que hacer todo. Pero sí debes tener una clara visión del conjunto, de la totalidad de la misión de tu parroquia o de tu comunidad cristiana, incluso para saber descubrir lo que aún falta por hacer, o lo que se hace mal. Pero en la tarea diaria, cada uno concretamos nuestro cometido, teniendo en cuenta nuestras posibilidades, nuestras habilidades y aquello para lo que el Señor nos ha dado una inclinación preferente. Eso sí, ¡atento a pensar en tus posibilidades y en tu disponibilidad en función de las necesidades, y no al revés!; ¡atento a no descalificar otras opciones distintas a la tuya, a no perder nunca la visión global de la acción de tu parroquia, movimiento, comunidad o asociación apostólica! Un buen evangelizador siente como propia la tarea del resto de los evangelizadores; está disponible al encuentro, al diálogo, a ver la realidad del mundo y la respuesta de la parroquia o de la comunidad cristiana desde otros puntos de vista y desde otras preocupaciones eclesiales complementarlas con las propias. Promueve y participa en encuentros y reuniones para programar juntos la acción pastoral del conjunto; da vida, con tu participación activa y estimulante, a los canales de comunión y participación de la propia parroquia (Consejos de Pastoral, Foros de comunicación y diálogo…), haciendo todo lo posible para que no queden reducidos a instituciones simplemente de nombre.

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Estimulado por el espíritu de comunión tienes que salir del ámbito, siempre reducido, de tu propia asociación o movimiento, y del ámbito de tu propia parroquia. Las parroquias no son instituciones sociales para competir unas con otras; son todas ellas comunidades cristianas en las que, por necesidades geográficas (la diseminación en el mundo rural) o de densidad de población (en los núcleos urbanos mayores), se hace presente la comunidad eclesial matriz, que es la diócesis o Iglesia particular. Presidida por el Obispo, sucesor de los Apóstoles, ella es la Iglesia de Jesucristo en nuestro territorio. La unidad que estamos llamados a promover dentro de nuestra Iglesia diocesana no es puramente administrativa. Forma parte de lo que somos como Iglesia. Antes que feligreses de tal o cual parroquia, antes que miembros de tal o cual movimiento o asociación, somos parte viva de nuestra Iglesia diocesana y tenemos en el Obispo nuestro genuino Pastor. El conjunto de sacerdotes que forman nuestro presbiterio diocesano son como su prolongación para el cuidado pastoral de toda nuestra Iglesia. No son “sacerdotes de nuestra parroquia”; son “sacerdotes de nuestra Iglesia diocesana” al servicio de nuestra parroquia, de nuestra asociación o movimiento. Cuando el evangelizador no vive con esta amplitud de miras, tiende a apropiárselo todo en beneficio de su propia parcela, despreocupándose de las necesidades de otras comunidades.

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En la responsabilidad pastoral que tiene el Obispo sobre toda la Iglesia diocesana está el origen y fundamento de su preocupación porque todos avancemos conjuntamente en la respuesta evangelizadora que tenemos que dar al momento presente. Las líneas pastorales diocesanas, los proyectos diocesanos comunes deben ser “tus líneas pastorales” y “tus propios proyectos”. Como buen evangelizador, no puedes “pasar” de ellos, haciendo tu propia batalla. La necesidad de concretarlos, de darles realismo, de adaptarlos a las condiciones específicas de la situación o del sector en los que trabajas no significa que trabajes pastoralmente por tu cuenta, como un francotirador valeroso, pero solitario. En la pastoral no hay “trabajadores autónomos”, todos somos “trabajadores por cuenta ajena”. Armonizar tu propio trabajo no sólo en la parroquia, sino en el arciprestazgo, significa buscar en él un ámbito más amplio que el estrictamente parroquial, o de tu propio movimiento o asociación eclesial, y es ya un paso importante de comunión y apertura a la realidad de la Iglesia diocesana. Trabajar arciprestalmente unidos es respetar las características de la zona pastoral y responder a ellas con coherencia y con comunión de criterios.

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A través de tu Obispo, que es también obispo de la Iglesia universal junto a todos los obispos del mundo, presididos por el Papa, obispo de Roma, formas parte de la comunión universal de la Iglesia, una, santa católica y apostólica. En un evangelizador, esa comunión no es sólo afectiva, sino efectiva. Se traduce en una atención perseverante a no romperla nunca, desde “estrecheces provincianas” doctrinales o prácticas. Sentirte solidario con todas las Iglesias, el servicio misionero, compartir con las Iglesias más necesitadas, conocer y apoyar a las Iglesias que tienen que hacer frente a problemas sociales y humanos de especial envergadura…, todo ello va haciendo universal tu corazón de evangelizador e imprime en toda tu actividad pastoral un talante de apertura, capaz de contagiar un amor sin fronteras.

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La fuente viva de la comunión en la Iglesia es la eucaristía. Por ella nace y crece la Iglesia. Participando del mismo pan, todos nosotros formamos un solo cuerpo. Los distintos trabajos, servicios y ministerios que realizamos en nuestra tarea pastoral reciben de la eucaristía la fuerza de cohesión necesaria para ser realmente “trabajos por el evangelio”. La eucaristía es, además, una fuerte exigencia de salida hacia el mundo. La muerte y la resurrección de Jesús, realmente presentes en el pan y el vino compartidos, son un regalo de vida entregada para la salvación de todos. La celebración de la eucaristía dominical debe ser, en tu parroquia, una expresión gozosa de acogida y de compromiso. Como evangelizador, debes encontrar en ella la fuerza de tu comunión y entrega “para la vida del mundo”. En la eucaristía no son comunes sólo los dones del pan y el vino, son también comunes todos los ministerios, carismas y servicios que en ellos se alimentan y se traban en comunión fraterna.

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La comunión de unos con otros es por sí misma evangelizadora. Jesús pidió al Padre que los apóstoles y nosotros fuéramos “uno”, para que el mundo crea. No llevamos entre manos una comunión cerrada; no pretendemos construir con ella un “Iugar cálido” donde refugiarnos de la inclemencia de la intemperie. La comunión en la misma confesión del Señor, en la misma vida del Espíritu, en los mismos sacramentos, en la misma tarea evangelizadora… es para ofrecer al mundo un mismo mensaje esperanzador: en Jesús el hombre puede salvarse. Cuando los evangelizadores nos dividimos o dividimos a nuestras comunidades, cuando vivimos una comunión fría, más jurídica que personal, cuando no rezumamos el gozo de la fraternidad, es muy difícil que nuestro anuncio contagie. La comunión es un don de la misión y para la misión. Sólo cuando produce admiración (“mirad cómo se aman”) tiene fuerza misionera.

OBJETIVOS:

1. Percibir la comunión eclesial como un don que nos urge en la tarea diaria. La comunión es gracia y tarea, y tiene como efecto la corresponsabilidad y la coordinación cordial de todos nuestros trabajos en torno a los criterios evangelizadores de nuestra Iglesia.

2. Tomar conciencia de la totalidad de la misión que tiene que realizar la parroquia, evitando los grupos cerrados y enquistados.

3. Promover un “afecto colegial” en todos los evangelizadores, que se manifieste en la disponibilidad para un trabajo conjuntado. Crear conciencia de que, entre todos, llevamos la responsabilidad de una misión común, por encima de la necesaria “parcelación del trabajo”.

PARA LA REFLEXIÓN:

1. ¿Descubro en la comunión de unos con otros un regalo, o la veo como una “imposición juridica”? ¿Percibo y vivo las diferencias en tareas y trabajos como complementarias o como excluyentes? ¿Tengo tendencia a pensar que sólo lo que yo hago tiene importancia?

2. ¿Percibo la raíz de nuestra unidad en el hecho de que todos participamos del mismo Espíritu de Jesús? ¿Soy sensible y me muestro disponible a reconocer y ayudar el trabajo de los otros? ¿Tengo una visión del conjunto de todo lo que hay que hacer como Iglesia, o me reduzco a lo que yo hago? ¿Descalifico el trabajo de los demás, porque no lo hago yo? ¿Colaboro en la puesta en práctica de los planes pastorales parroquiales, arciprestales y diocesanos?

3. ¿Me siento unido a la Iglesia universal? ¿Cómo concreto mi preocupación universal? ¿Qué sentido de universalidad doy a la celebración de la Eucaristía; o busco su celebración con egoísmo personal o de grupo? ¿Me doy cuenta de la importancia que tiene para la tarea evangelizadora vivir la comunión eclesial? ¿Cómo promuevo en la práctica esa comunión: uno, enfrento, recelo, sospecho, critico…?

ORACIÓN:

Señor Jesús, que dejaste en la unidad de tus discípulos un signo visible de la verdad de tu mensaje, haz que, superando nuestras divisiones y enfrentamientos, demos el testimonio de hermanos que se quieren, se perdonan y se ayudan; que no actuemos llevados por nuestros intereses personales o de grupo, que sepamos construir la comunión, superando nuestras visiones parciales, y sintiendo pasión por la comunión en tu Iglesia. Quita de nuestro corazón los prejuicios que nos cierran, haznos abiertos al trabajo de los demás, y disponibles a la tarea común que nos encomiendas. AMEN.

Fuente/Autor: Pedro Jaramillo, Vicario General de la Díocesis de Ciudad Real, España

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