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Editorial

Una meta que vale la pena vivir: La santidad

27 de enero de 2020

Una meta que vale la pena vivir: La Santidad

Tener consciente en nuestra vida: que en el huerto del Señor no sólo hay las rocas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas.

Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desestimar su vocación: Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está escrito de él: Nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad» (San Agustín, Sermón 304).

En nuestros días, nuestras sociedas viven sin sentir la vida, todo lo experimentan con una facilidad y una permisividad que los lleva a estar como si vivieran fuera de sí, para cuando se dan cuenta de la realidad es por que las dificultades de la vida ya los atrapó y los tocó severamente, por lo que debemos revisar cómo estamos viviendo nuestra vida.

El texto de San Agustín que leíamos al inicio del artículo nos da a entender que nadie está excluido de buscar la santidad. Nadie. Y aquí es donde todos solemos hacernos esa pregunta que muchas veces nos martillea el alma: ¿cómo puedo ser santo? Porque muchas veces nos perdemos con mil cosas, mil caminos y propuestas. Lo intentamos… y nada. Y buscamos un camino relativamente sencillo. O, por lo menos, más claro: ¿qué es lo esencial de la santidad?

Permítanme aquí transcribir la respuesta que el Papa Benedicto XVI hizo a esta misma pregunta en la audiencia general que nos regaló el pasado 13 de abril de 2011. Dijo así el Papa: «¿Cómo puede suceder que nuestro modo de pensar y nuestras acciones se conviertan en el pensar y el actuar con Cristo y de Cristo? ¿Cuál es el alma de la santidad? […] ¿Qué es lo esencial? Lo esencial es nunca dejar pasar un domingo sin un encuentro con Cristo resucitado en la Eucaristía; esto no es una carga añadida, sino que es luz para toda la semana. No comenzar y no terminar nunca un día sin al menos un breve contacto con Dios. Y, en el camino de nuestra vida, seguir las “señales de tráfico” que Dios nos ha comunicado en el Decálogo leído con Cristo, que simplemente explicita qué es la caridad en determinadas situaciones. Me parece que esta es la verdadera sencillez y grandeza de la vida de santidad: el encuentro con el Resucitado el domingo; el contacto con Dios al inicio y al final de la jornada; seguir, en las decisiones, las “señales de tráfico” que Dios nos ha comunicado, que son sólo formas de caridad. “Por eso, el amor a Dios y al prójimo es el sello del verdadero discípulo de Cristo” (Lumen gentium, 42). Esta es la verdadera sencillez, grandeza y profundidad de la vida cristiana, del ser santos».

¡Se puede decir de otra manera, pero no más claro! ¿Queremos ser santos de verdad? El Papa nos propone aquí un camino seguro: la misa del domingo, la oración (por lo menos al inicio y al final del día) y el cumplimiento de los mandamientos por amor. Con razón decía el Beato Juan Pablo II que la santidad «es precisamente la alegría de hacer la Voluntad de Dios» (Audiencia del 18 de enero de 1981).

Que este inicio de año sea, por lo tanto, un buen momento para trazarnos muchas metas. Pero que todas estén, de alguna manera, subordinadas a la búsqueda de la santidad en el día a día de mi vida y con un corazón que quiera amar profundamente a Dios. Porque quien no ama a Dios (habiéndose antes sentido amado por Él), nunca podrá ser santo. Así lo resumía el mismo San Agustín en otro lugar: «Nuestro fin debe ser nuestra perfección; nuestra perfección es Cristo» (Comentario al Salmo 69).

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