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Mundo Misionero Migrante

Un padre recorrió el desierto palmo a palmo en busca de su hija

27 de enero de 2020

Sin poder contener las lágrimas, Cesario Domínguez recuerda el momento en el que encontró los restos de su hija Lucrecia, abandonada por los coyotes que la transportaban en una de las regiones más apartadas del desierto de Arizona.

“Los pies me temblaron, no podía acercarme. Ahí estaba mi hija, lo que quedaba de ella”, dijo el inmigrante entre sollozos.

Durante un mes, Domínguez -con la ayuda de algunos familiares- recorrió palmo a palmo el desierto de Arizona, siguiendo las indicaciones de su nieto Jesús Abraham Buenrostro Domínguez, hijo de la inmigrante y quien fue la última persona en verla con vida.

“Lo único que quería era encontrarla, no podía soportar la idea que de sus huesos quedaran para siempre en este lugar, sin tener una tumba donde poder llorarle y llevarle sus flores”, dijo Domínguez en entrevista con EFE.

Los coyotes que transportaban a Lucrecia y a dos de sus hijos le habían llamado a México para alertarle que “algo había salido mal” y que la inmigrante junto con su hijo Abraham se habían quedado en el desierto.

Lucrecia, de 35 años, dejó a mediados de junio su pueblo de Sombrerete en Zacatecas (México), junto con su hijo Abraham de 15 años y su hija Nora de siete, con el propósito de reunirse con su esposo Jesús Buenrostro, quien esperaba por ellos en Fort Worth (Texas).

Después de caminar por tres días por el desierto en los que Lucrecia se había quejado de constantes dolores de cabeza, el 23 de junio la inmigrante dijo a uno de los tres coyotes que guiaba al grupo de 22 personas que no podía seguir, por lo que los traficantes optaron por dejarlos atrás, en medio de la nada cerca de la población conocida como Tres Puntos.

Antes de partir, los coyotes sugirieron al joven que se quedara con su madre y que pidiera ayuda a la Patrulla Fronteriza.

“Para mi nieto fue muy duro, se quedó ahí horas y horas junto con su madre esperando que alguien les pudiera brindar ayuda”, dijo Domínguez.

El inmigrante mexicano indicó que por lo menos los coyotes se llevaron consigo a la pequeña Nora, quien ya se encuentra con su padre.“Si no lo hubieran hecho, quizás la tragedia hubiera sido mayor”, dijo.

Después de un día de espera, Abraham se dio cuenta de que su madre ya no le respondía, su cuerpo estaba flácido y fue cuando concluyó que Lucrecia había muerto.

Tras cubrirla con una cobija a cuadros amarillos, el joven tuvo que abandonar el cuerpo de su madre para buscar ayuda.

El joven caminó por más de tres días y solamente se alimentó del corazón y del agua proveniente del cactus conocido como “cholla”.

Cuando fue rescatado por la Patrulla Fronteriza, el joven se encontraba en pésimas condiciones y apenas podía pronunciar palabra y por su confusión no pudo indicar con claridad donde había dejado el cuerpo de su madre.

Jesús Abraham fue deportado el 26 de junio.

“A pesar de lo que me dijo mi nieto, yo tenía la esperanza de que alguien la hubiera encontrado, que la hubieran ayudado, llevado a un hospital”, dijo Domínguez, de 57 años, quien tras enterarse de la desaparición de su hija de inmediato viajó a Tucson.

Aún con la esperanza de encontrarla con vida, Domínguez acudió a las autoridades locales, pero nadie le pudo dar información sobre el paradero de su hija.

Sin importarle las temperaturas de más de 116 grados fahrenheit, él mismo comenzó a buscar a su hija en el desierto.

Desde las 5 de la mañana y hasta las 6 de la tarde, Domínguez caminó por el desierto, recorriendo las rutas utilizadas por los traficantes.

“Yo tomaba fotografías de los lugares y se las llevaba a mi nieto que me esperaba en Nogales, México, y me decía si reconocía el lugar”, narró.

En su desesperada búsqueda, Domínguez encontró los restos de otras tres personas, dos hombres y una mujer.

“Al ver el desierto, poco a poco me fui haciendo a la idea que mi hija ya estaba muerta y lo único que quería era encontrar su cuerpo”, dijo Domínguez, quien cuenta con una visa temporal de trabajo.

Domínguez recuerda el dolor que sintió en su corazón, cuando la mañana del sábado pasado a lo lejos vio una cobija amarilla.

Debido al avanzado estado de descomposición, la inmigrante fue identificada por unos zapatos de color blanco que traía, así como tres anillos de oro y una pulsera.

La causa oficial de la muerte, aún no ha sido dada por el forense, pero se cree que fue por deshidratación.

Los restos de Lucrecia serán entregados a su padre este viernes y se espera que sean transportados a México la próxima semana.

El consulado de México en Tucson le ha dicho a Domínguez que cubrirá todos los gastos por el traslado del cuerpo.

“Siento un gran dolor, pero a la vez una gran paz, me llevo conmigo a mi hija, a nuestro pueblo, donde siempre la tendremos cerca”, finalizó Domínguez.

Fuente/Autor: AP

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