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UN MÁRTIR POR CADA DÍA

27 de enero de 2020

Esta semana vamos presentando a los 13 Mártires Mexicanos, que van a ser Batificados este Domingo 20 de Noviembre, Fiesta de Cristo Rey, en el estadio Jalisco de Guadalajara, Jal.

José Sánchez del Río

Adolescente de 14 años, nacido el 28 de marzo de 1913 en Sahuayo, Mich.
Asesinado por “odio a la fe” el 10 de febrero de 1928.

Nació el 28 de marzo de 1913 en Sahuayo, Mich. Hijo de Macario Sánchez Sánchez, y de María del Río Arteaga. Fue bautizado seis días después de su nacimiento, en la parroquia de Santiago Apóstol. Hizo sus estudios en el colegio del pueblo. Rezaba el rosario diariamente, asistía a misa todos los domingos, cada día 21 del mes asistía al templo del Sagrado Corazón, a celebrar a San Luis Gonzaga y a recibir la sagrada Comunión, muy devoto de la Santísima Virgen de Guadalupe, asistía al catecismo.

El 31 de julio de 1926 se decretó la suspensión del culto público. José tenía 13 años y 5 meses. Su hermano Miguel decidió, junto con otros amigos, Adán y Guillermo Gálvez, tomar las armas para defender a Cristo y a su Iglesia. José, viendo el valor de su hermano, pidió permiso a sus padres para alistarse como soldado; su madre trató de disuadirlo pues, por sus pocos años, más bien iba a estorbar que ayudar. Cuando escuchó el argumento de su madre, José le dijo: “Mamá, nunca había sido tan fácil ganarse el cielo como ahora, y no quiero perder la ocasión”.

Su madre le dio permiso pero le pidió que le escriba al jefe de los Cristeros de Michoacán, don Prudencio Mendoza, para ver si lo admitía. José escribió al jefe cristero y la respuesta fue negativa. Era muy pequeño. Le daba las gracias por sus buenas intenciones. No se desanimó y volvió a escribir pidiéndole que lo admitiera, si no como soldado activo, sí como un asistente, al fin que no daría problemas y podía ayudar cuidando los caballos, quitando las espuelas a los soldados y hasta preparando comida pues “sabía cocer y freír frijoles”. Don Prudencio reconoció la grandeza del muchacho y le contestó diciendo: “Si tu madre te da permiso, te acepto”. Con la bendición de su madre, partió para los campamentos de Mendoza.

En el campamento se ganó el cariño de sus compañeros que lo apodaron “Tarcisio”. Su alegría endulzaba los momentos tristes de los cristeros y todos admiraban su gallardía y su valor, tanto los jefes como los compañeros. Por la noche dirigía el santo rosario y animaba a la tropa a defender su fe diciéndoles: “Hoy es fácil alcanzar el cielo”. Y entonaba el canto: “al cielo, al cielo, al cielo quiero ir…”

El 5 de febrero de 1928, al año y cinco meses de estar con los cristeros, participó en un combate, cerca de Cotija, Mich. Luego de varias horas de lucha, el caballo del general cayó muerto de un balazo. Al darse cuenta, José bajó de su montura con agilidad y le dijo: “Mi general, aquí está mi caballo, sálvese usted, aunque a mí me maten. Yo no hago falta y usted sí”. Entregó su caballo, pidió un fusil y parque y combatió con bravura. Al acabársele las balas, viéndose sin municiones, arrojó el arma sobre el enemigo, para ver si se descalabraba, como él dijo: “algún demonio”. Fue hecho prisionero y llevado ante el general callista quien lo reprendió por combatir contra el gobierno, a lo que contestó José: “Me aprehendieron porque se me acabó el parque, pero no me he rendido”.

El general, al ver su decisión y arrojo, le dijo: “eres un valiente, muchacho. Vente con nosotros y te irá mejor que con esos cristeros”. “¡Jamás, jamás! ¡Primero muerto! ¡Yo no quiero unirme con los enemigos de Cristo Rey! ¡Yo soy su enemigo! ¡Fusíleme!”.

El general lo mandó encerrar en la cárcel de Cotija, en un calabozo oscuro y maloliente. José pidió tinta y papel y le escribió una carta a su madre. He aquí el texto: “Cotija, 6 de febrero de 1928. Mi querida mamá: Fui hecho prisionero en combate en este día. Creo que voy a morir, pero no importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios. No te preocupes por mi muerte, que es lo que me mortifica; antes diles a mis dos hermanos que sigan el ejemplo que les dejó su hermano el más chico. Y tú haz la voluntad de Dios, ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre. Salúdame a todos por última vez. Y tú recibe el corazón de tu hijo que tanto te quiere y verte antes de morir deseaba. – José Sánchez del Río”.

Juntamente con José fue aprehendido un joven llamado Lázaro. Ambos fueron trasladados de Cotija a Sahuayo. Con los brazos amarrados los metieron a la parroquia, que el diputado Rafael Picazo había convertido en caballeriza y gallinero, donde albergaba a sus gallos de pelea y donde tenía también frecuentes orgías sacrílegas.

Esto le causó a José profunda tristeza. Esa misma noche luchó por deshacerse de sus ligaduras y una vez libre de ellas, se dedicó a matar los gallos del diputado. Después se recostó en un rincón y se durmió tranquilamente.

Al día siguiente, al saber lo que había sucedido, Picazo se presentó iracundo y, enfrentándose a José, le dijo: “¿Qué has hecho, José?”. “La casa de Dios es para venir a orar; no para refugio de animales”, le contestó el niño. Picazo lo amenazó y José le dijo con decisión: “Desde que tomé las armas estoy dispuesto a todo. ¡Fusíleme!”

Poco después sus familiares le llevaron el almuerzo. Lázaro no quiso comer, pero José lo animó diciéndole: “Vamos comiendo bien. Nos van a dar tiempo para todo y luego nos fusilarán. No te hagas para atrás. Nuestras penas duran mientras cerramos los ojos”.
Por la tarde sacaron a Lázaro para ahorcarlo y José fue obligado a estar junto al árbol de la ejecución. Colgaron a Lázaro y un cuarto de hora después, creyéndolo muerto, lo bajaron y lo arrastraron al cementerio, donde lo abandonaron. Pero Lázaro se reanimó y huyó trabajosamente.
Mientras tanto el papá de José quiso rescatarlo con dinero. El diputado Picazo le pidió cinco mil pesos, pero el afligido padre no podía reunir tan enorme suma, así que le ofreció su casa, muebles y cuanto tenía. Picazo vociferó entonces, que de todos modos, con dinero o sin dinero “en las barbas de su padre lo mandaría matar”. Al saberlo José, pidió que no se pagara por él ni un solo centavo.

Llevado de los ardientes deseos que tenía de que llegara el momento de derramar su sangre por Cristo, se acercó a los soldados y les dijo: “Mátenme”. Y como si temiera que para ellos fuera un obstáculo el verlo de frente, les vuelve la espalda para que le disparen.

El viernes 10, como a las 6 de la tarde, lo sacaron del templo y lo llevaron al cuartel del Refugio, que antes era mesón. Al saber la cercanía de su muerte, consiguió papel y le escribió a una de sus tías, hermana de su papá, la siguiente carta: “Sahuayo, 10 de febrero de 1928. Querida tía: estoy sentenciado a muerte. A las 8 y media de la noche llegará el momento que tanto he deseado. Te doy las gracias por los favores que me hiciste tú y Magdalena. No me encuentro capaz de escribir a mi mamá.

Dile a Magdalena que he obtenido el permiso de verla por última vez (para que le llevara la sagrada Comunión) y creo que no se negará a venir. Salúdame a todos y tú recibe, como siempre y por última vez, el corazón de tu sobrino que mucho te quiere y verte desea.

¡Cristo vive, Cristo reina, Cristo impera! ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe! –José Sánchez del Río, que murió en defensa de la fe. No dejen de venir. Adiós”.

A las 11 de la noche llegó la hora suprema. Le desollaron los pies con un cuchillo, lo sacaron del mesón y lo hicieron caminar a golpes hasta el cementerio. Los soldados querían hacerlo apostatar a fuerza de crueldad, pero no lo lograron. Dios le dio fortaleza para caminar, gritando vivas a Cristo Rey y a Santa María de Guadalupe.

Ya en el panteón, preguntó cuál era su sepultura, y con un rasgo admirable de heroísmo, se puso de pie al borde de la propia fosa, para evitar a los verdugos el trabajo de transportar su cuerpo. Acto seguido, los esbirros se abalanzaron sobre él y comenzaron a apuñalearlo. A cada puñalada gritaba de nuevo: “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!”. En medio del tormento, el capitán jefe de la escolta le preguntó al niño mártir, no por compasión, sino por crueldad, qué les mandaba decir a sus padres, a lo que respondió José: “Que nos veremos en el cielo. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!”. Mientras salían de su boca estas exclamaciones, el capitán le disparó a la cabeza, y el niño cayó dentro de la tumba, bañado en sangre, y su alma volaba al cielo. Era el 10 de febrero de 1928.

La conmoción de los católicos de Sahuayo fue tal, que el cementerio estuvo todo el día custodiado por los soldados, pues todos querían recoger sangre del mártir. Sin ataúd y sin mortaja recibió directamente las paladas de tierra y su cuerpo quedó sepultado, hasta que años después sus restos fueron inhumados en las catacumbas del templo Expiatorio del Sagrado Corazón de Jesús. Actualmente reposan en el Templo Parroquial de Santiago Apóstol, en Sahuayo, Michoacán.

Ángel Darío Acosta Zurita

Presbítero de la diócesis de Veracruz, nacido el 13 de diciembre de 1908 en Naolinco, Ver.
Asesinado en Veracruz el 25 de julio de 1931, tres meses después de su ordenación sacerdotal.

Nació el 13 de diciembre de 1908, (el acta de nacimiento dice que el 20) en Naolinco, Ver., hijo del Sr. Leopoldo Acosta y de la Sra. Dominga Zurita. Fue bautizado en la iglesia parroquial de San Mateo Apóstol, el 23 de diciembre, con el nombre de Ángel Darío.

El ambiente familiar era cristiano y sencillo y su infancia transcurrió tranquila. Su padre se desempeñaba como carnicero, era trabajador y honrado. Su madre, mujer cristiana y de gran fortaleza, supo transmitir la fe con su ejemplo y se preocupó de que recibiera una buena instrucción cristiana. Recibió la primera Comunión a la edad de seis años y posteriormente el sacramento de la Confirmación.

Desde niño conoció las limitaciones y los sacrificios, ya que en las revueltas armadas por la revolución, su padre perdió el ganado que poseía y los medios económicos necesarios para el sostenimiento de su familia, enfermó de gravedad y al poco tiempo falleció. La joven viuda tuvo que hacer frente a la situación de extrema pobreza en que quedó. Darío la ayudó en el sostén de sus cuatro hermanos.

Desde pequeño, se distinguió por su carácter noble, tranquilo y reflexivo, dócil y servicial, bondadoso y responsable, sociable y extrovertido, cariñoso con su madre. Fue muy notable su atractivo por las cosas de la Iglesia, gozaba ayudando de acólito y manifestaba una devoción especial y una piedad firme.

Mons. Guízar y Valencia realizó una visita a Naolinco en busca de vocaciones para su Seminario y Darío asistió invitado por unos amigos, experimentando con toda certeza el llamado de Dios a la vocación sacerdotal; pero al final del preseminario, el Obispo no lo seleccionó entre los elegidos porque estaba todavía muy chico y por considerar que su madre viuda lo necesitaba, por ser en su familia el mayor de los hijos varones. Por ese motivo, Darío manifestó profunda tristeza y su madre, con gran generosidad y empeño, buscó el apoyo del Sr. Cura Miguel Mesa, y llevó a su hijo a Jalapa con el Sr. Obispo, para suplicarle que lo recibiera en su Seminario, logrando que lo aceptara; primero como alumno externo; y al poco tiempo, que le consiguiera una beca, por su excelente aprovechamiento y óptima conducta.

Eran tiempos difíciles para la Iglesia por la revolución y las continuas luchas por el poder que asolaban el país, y Mons. Guízar decidió trasladar su Seminario a la ciudad de México. Darío se ganó muy pronto la simpatía de sus superiores y condiscípulos, por su carácter ecuánime y caritativo, su dedicación al estudio y sólida piedad. Darío tenía fama de ser un excelente deportista, le gustaba mucho el fútbol y fue el capitán del equipo por varios años. Tenía un carácter bondadoso y servicial.

Fue ordenado sacerdote el 25 de abril de 1931, de manos del Excmo. Sr. Guízar y Valencia y cantó su primera Misa el día 24 de mayo, en la ciudad de Veracruz. Fue notable la honda emoción que lo embargó durante su ordenación sacerdotal y su primera Misa. El 26 de mayo, Mons. Guízar lo nombró vicario cooperador de la parroquia de la Asunción, en la ciudad de Veracruz, donde se desempeñaba como párroco el Sr. Cango. Justino de la Mora. También estaban ahí de vicarios el P. Rafael Rosas y el P. Alberto Landa.

Desde su llegada a Veracruz, fue notable para la gente su fervor y bondad, su preocupación por la catequesis infantil y dedicación al sacramento de la reconciliación. En sus predicaciones había expresado: “La cruz es nuestra fortaleza en la vida, nuestro consuelo en la muerte, nuestra gloria en la eternidad. Haciendo todo por amor a Cristo crucificado, todo se nos hará más fácil. Si él sufrió tanto por nosotros en ella, es preciso que también nosotros suframos por Él”

El vendaval de la persecución rugía con gran violencia, y el párroco llamó en varias ocasiones a sus vicarios para manifestarles la gravísima situación en que se encontraba la Iglesia y el peligro constante que corrían sus vidas, por el simple hecho de ser sacerdotes, dejándoles en absoluta libertad de ocultarse, si así lo consideraban; o de irse a sus casas, si así lo deseaban. La respuesta que obtuvo de los tres fue siempre: “Estamos dispuestos a arrostrar cualquier grave consecuencia por seguir en nuestros deberes sacerdotales”. La disposición al martirio era manifiesta y constantemente renovada en aquellos días en que el perseguidor mostró todo su odio a Dios y a la Iglesia católica, al promulgar el decreto 197, Ley Tejeda, referente a la reducción de los sacerdotes en todo el Estado de Veracruz, para terminar con el “fanatismo del pueblo”, como lo había publicado unos días antes el gobernador, Adalberto Tejeda, en el diario El Dictamen, amenazando con la muerte a quienes no se sometieran. Además, de parte del gobernador, fue enviada a cada sacerdote una carta exigiéndoles el cumplimiento de esa ley. Al P. Darío le correspondió el número 759 y la recibió el 21 de julio.

El P. Darío era consciente del peligro que corría su vida, sin embargo, manifestó en todo momento una gran tranquilidad y una serena alegría.

El sábado 25 de julio de 1931, muy temprano, recibió el P. Darío la visita de su madre, que llegó a Veracruz en el momento en que su hijo celebraba la Eucaristía, a la que asistió conmovida y llena de gratitud. Era la primera vez que se veían después de su ordenación sacerdotal.

Ese mismo día, 25 de julio, era la fecha establecida por el gobernador para que entrara en vigor la inicua ley. Era un día lluvioso, y en la parroquia de la Asunción todo transcurría normal. Las naves del templo estaban repletas de niños que habían llegado de todos los centros de catecismo, acompañados por sus catequistas. Había también un gran número de adultos, esperando recibir el sacramento de la reconciliación. Eran las 6.10 de la tarde, cuando varios hombres vestidos con gabardinas militares entraron simultáneamente por las tres puertas del templo, y sin previo aviso comenzaron a disparar contra los sacerdotes. El P. Landa fue gravemente herido, el P. Rosas se libró milagrosamente, al protegerse en el púlpito y el P. Darío, que acababa de salir del bautisterio, en donde había bautizado a un niño, cayó acribillado por las balas asesinas, bañado en su propia sangre, cayó muerto instantáneamente, alcanzando a exclamar: “¡Jesús!”.

Todo era confusión y caos, gritería de los niños y de las personas mayores, que de manera atropellada, trataban de refugiarse bajo las bancas o corrían buscando la puerta de salida. Al escuchar los disparos, salió de la sacristía el Sr. Cura de la Mora pidiendo que a él también lo mataran, pero los asesinos ya habían huido. El Sr. Cura se acercó para darle los últimos auxilios al P. Darío. El cadáver fue conducido a la Cruz Roja para seguir los procedimientos legales.

Fuente/Autor: CEM – Conferencia Episcopal Mexicana

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