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27 de enero de 2020

De hoy hasta el Domingo 20 vamos presentando a los 13 Mártires Mexicanos, que van a ser Batificados el Domingo 20 de Noviembre, Fiesta de Cristo Rey, en el estadio Jalisco de Guadalajara, Jal.

LUIS PADILLA FLORES: Joven Laico y Mártir Mexicano
(1899-1927)

Luis Padilla Gómez nació en la ciudad de Guadalajara el 9 de diciembre de 1899.
Hijo de Dionisio Padilla y Mercedes Gómez, fue, con su hermanito gemelo que murió y dos hermanas, el último vástago de su familia acaudalada. De figura delicada y mística, brilló por su talento y su virtud. Siendo niño, falleció su padre que dejó en la orfandad a Luis y a sus dos hermanas.

Estudió primaria en el colegio particular del señor Tomás Fregoso. Una fecha que Luis siempre recordó fue la de su primera comunión: el 24 de septiembre de 1908.

Pasó a cursar los estudios superiores en el Instituto San José de los padres jesuitas, en donde recibió una educación vigorosa y profunda.
Le gustaba mucho el teatro al que asistía con relativa frecuencia, lo que constituyó para Luis un recuerdo amargo y negativo de su vida porque le había impedido desde joven remontar el vuelo hacia las cumbres. Por eso destruyó el diario en el que estaban consignados sus recuerdos y sus primeros ensayos literarios. Y empezó un nuevo diario “Recuerdos e Impresiones”.

El 1° de noviembre de 1915 ingresó a la Congregación Mariana de los padres jesuitas y fue el inicio de su apostolado seglar. Un año después, el mismo 1° de noviembre, conoció al Padre Othón León Romero a quien debió su entrada al seminario conciliar de Guadalajara y en el que permaneció cinco años, hasta el 1° de noviembre de 1921, fecha en que abandonó la carrera sacerdotal por no estar seguro de su vocación. Sin embargo, Luis nunca dejó el deseo de consagrarse a Dios; él seria siempre un hombre inquieto, en búsqueda de las cumbres.

Según un compañero suyo que, después de la muerte de Luis, en 1929 trazó un “Esbozo de una biografía del mártir Luis Padilla”, Luis tuvo en los años del seminario las más profundas experiencias religiosas, aunque mezcladas de extrañas y persistentes angustias. El mismo seminarista Luis nos dejó unos brevísimos apuntes que él mismo llamó “Místicas”. Rebosa en ellos su amor a Dios y a la Virgen, y su admiración por sus condiscípulos llamados al sacerdocio:

“El Corazón de Jesús me ama; ¡que pensamiento más dulce, más grande, más suave! … Aquel Corazón, formado por el Espíritu Santo, me ama y no con un amor cualquiera, sino con amor de Padre, de amigo.”

“María, antes que el mundo fuera, Tú ya estabas en la mente del Altísimo, pura como la luna. Tú, en tu concepción sin mancha, vencedora del dragón. Tú, en tu nacimiento, esperanza del Mesías. Tú, en el templo, modelo de vida oculta. Tú, en la Encarnación, punto de unión entre la humanidad divinizada y el Dios humanizado. Tú, en Belén, primer altar del Niño Dios. Tú, en el calvario, supremo sacerdote que ofreces a tu propio Hijo Divino. Tú, en el cielo, nuestra única esperanza. Tú, ¡Siempre Madre!”.
“Para ser sacerdote se necesita vocación. La vocación no es otra cosa que lo que literalmente significa: llamamiento”.

La vida espiritual de Luis tenía dos grandes polos: la devoción a la Virgen y la constante meditación. El sabía que la personalidad de un hombre se mide siempre por su vida interior, y esta vida interior se alimentaba con una gran confianza y abandono en María, la Madre de Dios, y en la Eucaristía.

“Soy un débil, soy un muerto lejos de Jesús Eucaristía que es la fuerza de los débiles y la vida”.

En 1920, Luis terminó brillantemente el curso de filosofía en el seminario de Guadalajara y los superiores le propusieron ir a Roma, al Colegio Pío Latino, para estudiar la teología y licenciarse en alguna materia específica. Luis no aceptó esta oportunidad tan halagüeña porque se sentía todavía incierto de su vocación y prefirió retirarse del seminario.

Luis era socio de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) desde que se fundó en Guadalajara. Ahora fuera del seminario, se dedicó más que nunca a promoverla, dictando conferencias en los círculos de estudio, distinguiéndose como presidente diocesano de la misma. Era un asceta y un místico.

Se inscribió en la Unión Popular de Jalisco donde pronto lo nombraron secretario. El se empeñó en difundir la U. P. en giras de propaganda por los pueblos de Jalisco y aceptaba con gran paciencia tanto las críticas de los católicos como las acusaciones de los adversarios. Con celo incansable intentaba formar a los muchachos y a los jóvenes deseosos de ingresar en ella, recibiéndolos en su hogar y enseñándoles, con la palabra y el ejemplo, lo mejor de la doctrina religiosa y social de la Iglesia.
A diferencia de su amigo Anacleto, a Luis no le gustaba escribir en los periódicos, aunque era muy amante de las letras y de la poesía y con gusto daba clase de literatura en el seminario conciliar de Guadalajara. Si Anacleto tenía el aire de tribuno, Luis tenía el corazón de un pastor sabio y santo.

El deseo de ser sacerdote no se había apagado en él, al grado que el 28 de agosto de 1926, al mes de haber sido cerrados los templos, decidió regresar al seminario. Pero ya no pudo; los sacerdotes y los seminaristas se habían dispersado.

En su diario, Luis nos recuerda un diálogo entre tres seminaristas:

-Hoy -decía uno- se nos ha dicho que el día más feliz de la vida es el día de la primera comunión. Y esto es cierto.
-No -dijo el segundo- yo pienso que el día más feliz es el día de la ordenación sacerdotal cuando uno tiene en sus manos a Jesucristo mismo.
-Aún hay un día más feliz -dijo el tercero.
-Imposible -dijeron los dos primeros.
-Sí, y es el día del martirio.

Escribe proféticamente Luis:

“Siento que algo solemne va a ocurrir en mi vida, ¿Qué será de mí? ¿Debo de ofrecer el sacrificio de mi vida, sin más realidad que la sanación de un pasado inútil? ¿Destrozaré el corazón de mi madre, o escucharé una vez más la voz de mi egoísmo? ¿Cuál es mi deber? Pregunta de vida o muerte, de gloria o de ignominia, de redención o de estúpida resignación”.

Y concluye escribiendo:

“No le he de escatimar mi sangre a Dios”

A principios de enero de 1927, en los Altos de Jalisco la guerra cristera ha comenzado y todos están dispuestos a jugar su vida por Cristo y por la Iglesia.

El 4 de febrero Luis estaba en Ameca, Jalisco, en una gira de propaganda para apoyar a los cristeros que ya se habían levantado unos meses antes. A principio de marzo Luis regresa a Guadalajara a trabajar al lado de su amigo Anacleto.

La tarde del 31 de marzo de 1927, Luis, como de costumbre, se había retirado temprano a su cuarto. A las dos de la mañana su casa fue rodeada por agentes de la policía encabezados por el mismo general Jesús María Ferreira. Entraron a su casa y se lo llevaron junto con su madre, la señora Mercedes y su hermana, María de la Luz.

Las mujeres, después de un interrogatorio en la inspección general de la policía, quedaron libres, mientras que a Luis lo llevaron primero a la zona de operaciones militares y después al Cuartel Colorado, donde estaban Anacleto González Flores y los hermanos Jorge y Ramón Vargas González.

El general Ferreira tenía órdenes superiores de acabar pronto con los jefes intelectuales de la rebelión cristera y quiso cumplirlas con celo y exactitud, porque estaba de por medio su carrera. Hizo un juicio sumario y los llevó al paredón de fusilamiento.

Anacleto, como líder que era, seguía exhortando a sus compañeros, y cuando el místico y escrupuloso Luis manifestó el deseo de confesarse, el Maestro Anacleto le contestó:

“No, hermano, ya no es tiempo de confesarse, sino de pedir perdón y perdonar. El que nos espera es un Padre, no un juez. Tu misma sangre te purificará”.

Los cuatro, en voz alta y arrodillados con los brazos en cruz, rezaron el acto de contrición, interrumpidos por los disparos.

Por la noche el cuerpo de Luis fue velado en su casa, que resultó pequeña para tanta gente que fue a despedir y a dar el homenaje al mártir de Cristo.

En 1952 los restos mortales del Siervo de Dios Luis Padilla Gómez fueron trasladados a la cripta del templo de San Agustín y finalmente en 1981 se llevaron a la iglesia de San José de Analco, en Guadalajara.

Fuente/Autor: www.oremosjuntos.com

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