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Familia

Un excesivo amor a los padres

27 de enero de 2020

Mi madre siempre me inculcó desde pequeño que el amor a los padres es fundamental. Me llevaba a visitar a mis abuelos para las grandes fiestas del año: en la Navidad o en sus cumpleaños. Me insistía mucho que los llamase de vez en cuando, para hacerles ver que me preocupaba de ellos. Nunca faltaba la pelea al querer llevarme a su casa: aquel día siempre estaba lleno de planes.

Así mi madre me enseñó a amar a mis abuelos de un modo sencillo, no muy exigente, manteniendo mi vida y, paralelamente, la vida de ellos… pero no haciendo más de lo normal.

Nunca entendí el motivo de todo esto. Siempre respondía que me comportase así porque era un mandamiento o, sencillamente, porque era un derecho para los padres. Pero el tiempo pasa y la edad comienza actuar en las personas.

De ese modo, un buen día, mi abuelo comienza a cansarse más de la cuenta. No tiene fuerzas para mantenerse de pie y comienza a perder la memoria. El doctor nos dice que poco a poco el Alzheimer está comiéndoselo y que olvidará las personas hasta que llegue el día en que se olvide de respirar.

Fueron tres meses de intensa agonía y sufrimiento para toda la familia. Mi madre todos los días después de su trabajo, que terminaba a las 4.00 pm, viajaba dos horas para cuidar de mi abuelo por la noche. Ella “dormía” en una silla junto a él. Muchas veces mi abuelo se despertaba a media noche o en la madrugada y comenzaba a conversar cosas sin sentido o del pasado.

En ciertos momentos la pulmonía lo aquejaba y era un constante susto cómo tosía. Momentos de lucidez y de inconsciencia se alternaban en la vida de mi abuelo. Mi madre, con mucha fortaleza, resistía mientras contemplaba cómo su padre se iba apagando poco a poco. En la mañana ella salía a las 5.00 am de la casa de mis abuelos: otras dos horas hasta el lugar de trabajo. Así fueron tres meses de intenso sacrificio y donación.

Ahora sé qué significa amar a los padres. Lo aprendí del ejemplo silencioso, entregado de mi madre. «¿Cómo lo haces mamá?» le preguntaba al ver que me quedaba solo en casa con mi padre. Respuesta: «yo sigo a Alguien que me enseñó que amar es morir en la cruz».

Ahora más que nunca puedo decir que en el amor, en un cierto exceso de amor a los propios padres, está la mayor virtud.

Fuente/Autor: Luis Esteban Peiret, L.C.

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