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Tú, comerciante de droga…

27 de enero de 2020

Tú, comerciante de drogas, donde quiera que te encuentres, tú, que has envilecido a la juventud por ganar dinero, reflexiona un momento por favor, y ve tu obra.
Tienes llenas las cárceles, los hospitales, las correccionales, los manicomios y… los panteones; pero todo eso es poco comparado al sufrimientos que ocasionas.

Tal vez esta carta creas que llegue un poco tarde, pues todos sabemos que quien se mete as la mafia, está marcado y es muy difícil, casi imposible, salir vivo de ahí. Pero así como has hecho tanto daño, puedes hacer una buena obra en tu vida.

¡Detente!, por favor, que al final caerás en la cárcel, en alguna “tranza”, y todos dicen que era la última vez.

¿Nunca has visto a un padre de familia, cuando se da cuenta que su hijo es drogadicto? Es un hombre acabado, derrotado moralmente, y dan ganas hasta de matar.

¿Nunca has visto cuando los jóvenes luchan para arrancar el vicio de las drogas, y no pueden, porque tú, tú los tienes atrapados en las manos? Estás ganando día a día miles de dólares que gastas en las cantinas, o en mujeres, o probablemente en las mismas drogas para callar tu conciencia. ¡Sientes que el dinero te quema en las manos!

No, no te pido que denuncies a tus colegas, ni tampoco voy a denunciarte yo. Sólo estoy llamando como llama un hombre con lágrimas en los ojos y odio en el corazón, porque tú, tú viciaste a mi hijo, y quiero creer que me comprendías, que no te dabas cuenta en ese momento del mal que hacías.

No te puedes imaginar las amarguras que sufrimos, que he pasado, y la confusión y vergüenza de la familia; lo que ha llorado mi esposa al ver a su hijo de sólo 15 años convertido en zombie, con los ojos rojisos, greñudo, sucio del cuerpo y del alma, la barba cayéndosele, sin voluntad, como sonámbulo, con la vista perdida y hablando incoherencias.

Le rogamos con la comida y no quiere; su organismo le pide más droga. No me obedece, ni siquiera escucha mis súplicas: ahora te obedece a ti; es como una marioneta y eres tú quien maneja sus hilos. Sé que jamás se va a recuperar; era el mejor estudiante, el más popular de la escuela, mi único y sobre todo mi mejor amigo.

Por Dios, no sigas viciando a los demás. No seas cruel: ningún daño te hemos hecho, y tú nos has causado demasiado mal. Si llegara el día de tenerte en frente a mí y saber quien eres, te diría que hubieras preferido mil veces que lo hubieras matado y no enviciado, como lo hiciste, y de verdad.

¡Has acabado con la felicidad de mi familia!

Ante Dios lo has hecho.

Ante Dios, hermano: ¡Te perdono!

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