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Familia

Tiempo especial para cada uno

27 de enero de 2020

Una noche, cuando me disponía a dormir, me encontré en mi buró una nota de mi hijo adolescente de catorce años que decía así: Mamá: como las relaciones entre tú yo van de mal en peor, he decidido no volverte a hablar nunca jamás, sólo para lo estrictamente indispensable… firmado: tu hijo.

¡Ah caray!, me dije, ¡esto es una declaración formal de guerra!

Obviamente, el diálogo entre hormonas (las suyas adolescentes y las de mis cuarentas) no eran en ese momento el mejor caldo para encontrarnos en una mínima armonía. El estaba muy enojado, yo también, y ambos con mucho dolor.

¿Por qué las cosas llegaron a estos puntos tan álgidos?… No lo sé del todo. Se supone que los papás tenemos todas las respuestas, y si no, las inventamos. Pero la verdad, en nuestro caso, las cosas nos tenían hechos nudos. La falta de comunicación con mi hijo en esos momentos me confundía. Afortunadamente, de algo sí estaba segura: me dolía mi relación con él y me avergonzaba que mi esposo y nuestra hija respirasen en casa malos modos y contestaciones… Ahora ya sé que ese dolor y enojo no eran otra cosa que el sensor del mucho amor frustrado que ambos, mi hijo y yo, no dejábamos asomar.

Pero, ¿quién es el que no dejaba asomar el cariño? ¿Acaso mi hijo tenía la responsabilidad de cultivar el mío? ¿Qué el adulto era él y yo la que me hacía la lastimada?

Confieso que me resistía a contestar estas preguntas y, con mi ego dolido, mejor me iba a pasear por los cómodos y rebuscados terrenos de la racionalidad adulta. Así, me sumía deliciosamente en el océano interminable de las ‘explicaciones lógicas a lo que no es lógico’: Es que siempre fue un chico hiperactivo, inalcanzable en sus travesuras, había que estar deteniéndolo en temeridades o verborreas a veces excesivas… en serio, es agotador seguir su ritmo… debimos de haberlo mandado un año de interno para que nos extrañara… es que gruñe todo el día, siempre le quedamos a deber, todo es una injusticia… es que su fuerte impulso por iniciar su independencia de la autoridad la ensaya cruelmente con nosotros. … claro, mi esposo tiene su propio punto de vista y además él no la lleva del todo mal con nuestro hijo y sólo se fastidia de estar interviniendo ’entre dos fuegos’… ¿Cómo y qué hago? Si nunca he sido mamá de adolescentes, mis papás ya murieron, y además, yo también recuerdo haberles casi odiado en esa edad…, etcétera, etcétera, etcétera. Todo esto y muchas otras razones me tenían muy ocupada, pero en la realidad, poco me ayudaban a resolver el malestar que había llegado a niveles peligrosos en mi familia.

Es bien cierto que muchas veces, las especulaciones racionales de los papás más que todo lo que hacen es enunciar justificaciones autoritarias, acusar a nuestros hijos y propiciar que la relación se aleje, se enfríe o, en el peor de los casos, orille a dolorosas rupturas.

Sin embargo, y afortunadamente, paralelo a todo aquel círculo vicioso al que habíamos llegado, una gran nostalgia palpitaba también en mi corazón por el gran cariño vivido con mi hijo en muchos momentos de su infancia. Supongo que ese cariño comenzó a hablar y a aclarar mi mente; en este sentido, iba entendiendo que si se estiraba más la liga, el asunto no terminaría en buen fin, ni para él ni para ninguno en la familia. Comprendí que, como esposa y madre, estaba más en mí evitar la ruptura ya que, bien conocemos las mujeres que a nosotras se nos facilita más el ser tierra y base; que tenemos la casa en nosotras y que la vida nos ha dotado de singulares y valiosas herramientas para construir, rescatar, conservar y acrecentar la armonía familiar.

Estoy convencida de que el parteaguas que marcó el inicio de la relación cariñosa y articulada que hoy disfruto con mi hijo de dieciocho años partió desde lo siguiente:

Por un lado, mi esposo y yo fuimos formados en la idea de que el matrimonio y la familia son para toda la vida y de que nada ni nadie se debe meter entre nosotros (sea lo que sea: dinero, enfermedad, parientes, amistades, etc.). Comprendemos que en las crisis no se valen golpes bajos y que en las ocasiones en que el agua sube a riesgos de derramarse, es válido acudir a los padrinos de boda u otro profesional para que nos aclaren las cosas. Tenemos la certeza de que la única salida a cualquier problema, etapa o crisis, no es hacia los lados, sino únicamente hacia delante y que, en un momento dado, cuando se pudiesen desfasar las partes en una familia, se debe cambiar de etapa, mas nunca de pareja o de familia. También, estamos convencidos de que fuera de la familia todo puede estar aún peor y, por todo esto, para remedio de todo mal, no hay mejor recurso que el afecto al interior de la familia.

Sumado a lo anterior, hemos tenido el inmenso regalo y privilegio de haber sido cultivados en el valor de la pareja y de la familia por nuestros padrinos de boda, verdaderos maestros de vida. Ellos, con gran cariño y valores sólidamente cimentados en el amor cristiano, nos siguen aportando un esencial instrumental de relación humana y crecimiento personal el cual ha sido invaluable para nuestra familia… ¡oro puro para el corazón!

Sobre estas bases, estaba en mí iniciar la construcción de una nueva etapa en la relación con mi hijo, y para ello me dije: una nueva etapa, no un nuevo hijo o nueva mamá. Esto significaba que era necesario encontrar otro ámbito de relación. Con todo el apoyo de mi esposo y mi corazón de madre, hice lo siguiente:

Lo primero era acercarme a mi hijo, no como autoridad, sino desde mi propio sentimiento de amor hacia él, procurando ver únicamente lo positivo que sí conocía en él, que era mucho, y compartiéndole mi deseo vehemente de eliminar de la convivencia lo que había estado haciendo yo para propiciar esas tensiones familiares. Es decir, para comenzar acepté que el adulto era yo y no él, y que las bases de nuestra relación las había impuesto yo, sin preguntarle mucho a él. También acepté que algo en todo esto no estaba funcionando, pero que en realidad, no me interesaba mucho averiguar exactamente qué era ese algo, sino más bien ponerme a trabajar en los cimientos de una nueva relación.

Entonces, también le escribí a mi hijo y dejé esa noche en su buró la siguiente nota:

Mijodemicorazón:
Te quiero mucho, eres mi hijo varón, mi primer hijo y esto es lo que más me importa. Sé que me quieres mucho y por eso te duele que estemos alejados, y la prueba de esto es que te tomaste el tiempo y tuviste la iniciativa de escribirme tus sentimientos y dejarlos en mi buró, cerca de mi corazón.
No sé exactamente que es lo que nos ha alejado, pero sé que es algo en la casa y también en mí que no me había dado cuenta y que desde hoy voy a comenzar a cambiar. Sé que ya no quieres hablar conmigo y respeto tu decisión. Estoy segura de que te duele mucho haber llegado a eso y quiero que sepas que a mí también me duele. Sin embargo, me gustaría que nos fuésemos tú y yo a platicar a otro lugar que no sea en la casa… quiero conocerte más. Sí te parece bien, te invito a comer; tú dime a dónde quieres y cuándo. No te preocupes, mijo, ese lugar y tiempo van a ser sagrados, sin regaños, rollos o consejos de mamá educadora. Sólo quiero escucharte y platicar un poco.
Te quiero mucho,
Tu mamá

En ningún momento sentí que por ser honesta con mis sentimientos estaría humillándome ante mi hijo o perdiendo su respeto, ¡por supuesto que no! Lo que estaba intentando era apostarle a un nuevo acercamiento en diferente contexto porque en la casa algo viciado estaba gestando muchas tensiones y frustraciones de las que todos éramos víctimas.

A la mañana siguiente de que leyó la nota, se acercó, me dio los buenos días amablemente y me dijo que sí aceptaba la invitación. Fue la mejor muestra de que creyó nuevamente en mí y de la nobleza y cariño que tenía en su corazón. Esto me conmovió profundamente y me hizo concluir que a los hijos les duele mucho más el no sentir el cariño de sus papás, pues somos nosotros el principal y todavía único afecto incondicional que tienen. Me hice desde entonces el propósito de cumplir lo que había escrito: ese nuevo espacio entre mi hijo y yo sería sagrado, tiempo especial de los dos; nada ni nadie lo interrumpiría y nada habría para mí más importante en ese momento.

Aprovechando que tenía mi hijo un especial interés en aprender a manejar, le entregué las llaves del coche y me dejé sentir su dama. Nos fuimos a comer a uno de sus restaurantes favoritos y él se sintió complacido con ese comienzo de libertad. ¿De qué platicamos en el restaurante? De nada y de todo, ligerito; mi hijo hablaba, yo lo escuchaba y seguía y, si por algo se presentaba algún silencio prolongado, procurábamos los dos romperlo sutilmente con un dame una probadita… o ¿quieres tantito pastel? Nada negativo se diría en mis palabras, (aunque lo hubiese en el ambiente: la mesera, el servicio lento, el pan quemado, el calor… etcétera; las mujeres muy fácilmente ponemos el altavoz a nuestro cerebro); y sobre todo: nada se aclaró, nada se aconsejó y nada se educó, pues éste no era el momento para esas cosas.

¿Cuánto esfuerzo de ambos hubo en aquella primera ocasión? El necesario. Mi hijo marcó la pauta en esto también. Fue tan gratificante para los dos el saber que sí podíamos reencontrarnos en otro espacio, que decidimos hacer lo mismo todos los miércoles.

¿A dónde íbamos? A donde él sugería. Hasta que un buen día, él mismo comenzó a decirme: Mamá, hoy vamos a donde tú quieras. ¿Cuánto tiempo duraban las salidas a comer?… A veces una hora, a veces cuarenta y cinco minutos, a veces dos horas; él decía a qué hora había qué regresar, yo apoyaba. Poco a poco comenzamos a hablar de todo y empezó a compartirme su mundo, sus amistades y hasta llegó a preguntarme mi punto de vista sobre algunas situaciones.

A partir de ese día, y por varios años, salimos mi hijo y yo a comer juntos todos los miércoles. Los dos esperábamos con gusto ese día y definitivamente, estos momentos de calidad han sido la mejor inversión para nuestra actual comunicación.

Esto se prolongó hasta que él quiso, pues obviamente entraron en su vida otros intereses y yo no forcé el compromiso. Sin embargo, pasó suficiente tiempo de miércoles juntos para que esta actividad dejara bien cimentada en nosotros una nueva y sana relación que ahora podemos disfrutar. Hoy en día, mi hijo, ya adulto, me invita al cine, a conciertos y hasta en ocasiones cortésmente me acompaña a algunas de mis ocupaciones. Platicamos muy a gusto, y sobre todo, los dos sabemos que él cuenta conmigo y yo con él.

Esto es un triunfo definitivo de vida. ¿Que cómo comenzó?, ¿si cuando él aceptó?, ¿si cuando yo lo propuse? Es lo de menos. Lo que importa es que en mi familia ahora todos sabemos cómo se puede construir e integrar un nuevo espacio vital a nuestra convivencia, y también, cómo ese nuevo espacio permea de salud a todos los demás espacios familiares.

Nuestros miércoles también marcaron otro parteaguas en la familia, sumando a nuestra hija a la idea e inaugurando los jueves con ella. A su vez, mi esposo confirmó también sus espacios y tiempos especiales para cada uno de nosotros en la familia, los cuales nos han dado a todos una seguridad diferente, más madura y libre, de lo mucho que nos queremos, y la certeza de poder encontrar un nuevo espacio de afecto y apoyo cuando se enfrente una crisis, nunca hacia los lados, sino siempre hacia delante.

Resumo todo lo aquí dicho en una sola idea: La familia es el mejor espacio de crecimiento para el ser humano, cuya construcción es un camino cotidiano hacia adelante, en donde: lo verdaderamente efectivo es lo afectivo.

¡Ánimo, mamás! A ratos nos duele mucho a todos la dolescencia, pero se puede construir bastante desde ella. En nosotras está el iniciarlo. Recordemos que no hay otra matriz física ni emocional más que en la mujer porque:

… la mujer está en este mundo para ser espacio de salvación!

Fuente/Autor: María Elena Hernández de Chávez

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