“Hay que hacer el bien, todo el bien posible, y hacerlo de la mejor manera posible”.

Beato Scalabrini
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TESTIGOS

27 de enero de 2020

En preparación al DOMUND ((Día Mundial de las Misiones), que se celebra el Domingo 23 de Octubre, publicamos cada día en esta sección de nuestra Página Web unas REFLEXIONES, que nos ayuden a prepararnos adecuadamente a esta cita misionera, que nos atañe a todos.

Las primeras seis partes las pueden encontrar abajo en el listado.

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Ser testigo es una gracia para todo creyente. Testigo del amor de Dios, de Jesucristo y de la fuerza transformadora del Espíritu. Tu testimonio a favor de Jesús supone que el Dios de Jesucristo te ha transformado, haciéndote una criatura nueva. Se lo debes, por tanto, a él, pero estás llamado a experimentarlo en tu vida. A medida que tu vida va siendo transformada por la fe, sientes que algo nuevo germina dentro de ti mismo. Tu testimonio no es un simple comportamiento externo, que tú consigues echándole coraje a la vida. No es el simple compromiso esforzado con una causa que te ha convencido. Eso ya llegará. Tu testimonio es, ante todo, la expresión sencilla de un encuentro personal: el que ha acontecido entre Dios y tú. El Dios que Jesús te ha dado a conocer, y que tú manifiestas casi sin darte cuenta; así: “como si nada”, “como que no quiere la cosa” con la misma espontaneidad con que vives. Ya sabes: “de la abundancia del corazón, habla la boca”. Por eso tu testimonio no es palabrería. Cuenta con la palabra, pero con aquella que ha madurado en tu corazón a base de experiencia. Nosotros hablamos de lo que hemos visto, y anunciamos aquello que hemos palpado del Verbo de la Vida.

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Fíjate qué amor tan grande el de Dios para llamarte hijo suyo, pues lo eres. Ésa ha sido la gran obra de Jesús en ti: te ha hecho hijo como él. Gracias a su Espíritu, tu corazón y tus labios pueden llamar a Dios “padre”; más aún, “papá” (abbá). Deja tus miedos y tus desconfianzas. Eres hijo de Dios, no su esclavo. Ahí está él: más cercano y más íntimo a ti mismo que lo puedas estar tú. “Como niño en brazos de su madre”. Toda tu vida queda transformada por esa realidad personal que te envuelve, abrazándote. Vive como hijo. Gózate en el amor de tu Padre-Dios. No recaigas en el temor. Sus brazos están siempre abiertos. Si tu historia con Dios está sembrada de perdón, lo amarás mucho más. Más grandes aún serán las maravillas que está haciendo contigo y por ti. “¿Quién podrá separarte del amor de Dios?” Nada ni nadie, porque él te ha encontrado y tú te has dejado encontrar. Déjate sorprender: no eres sólo su criatura, eres su hijo. Tu testimonio lo es siempre de esta realidad que ha transformado tu vida, dándole un sentido que nunca hubieras sospechado. Vives una vida nueva: la vida de Dios, y la transmites desde la alegría de verte envuelto en una “vida en abundancia”.

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Tu testimonio es el parecido que tienes con tu Padre-Dios. “Ser como Dios” es tu tentación de criatura; pero, “ser como Dios es también tu vocación de hijo. Tienes a quien parecerte. Si fueras huérfano, te faltarían referencias. Pero como tienes Padre, se te abre un camino insospechado de imitación. En tu vida tienes que reflejar la imagen de Dios. “Que por mi causa no queden defraudados los que esperan en ti, Dios mío”. Tu falta de testimonio defrauda. No porque tú quedes mejor o peor ante la gente, sino porque no manifiestas tu parecido con el Padre. En definitiva, es él quien queda mejor o peor parado. En tu testimonio está en juego la imagen de Dios y la acogida y acercamiento de mucha gente. Con tu vida proclamas quién y cómo es el Dios en quien crees y al que anuncias en tu tarea de evangelizador. En tu vida, habrás dicho algunas veces, queriendo justificarte: “no me miréis a mí; mirad al Dios a quien predico”. ¡Que te miren a ti, para que “viendo tus buenas obras, glorifiquen al Padre que está en los cielos”! Si eres hijo, no es una osadía que te atrevas a decir desde tu unión con Jesús: “quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Fue un testigo quien dijo: “vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Desde esa transformación en Cristo, Pablo fue apóstol y evangelizador.

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No “haces” de testigo; “eres” testigo. Tu testimonio no es función o estrategia. Es una manera nueva de ser hombre o mujer. No se reduce a unos actos de tu vida. No tiene que ver sólo con los momentos en los que “ejerces” de evangelizador. El testimonio no es como un gorro que te pones o quitas a discreción. Es más, el testigo no busca serlo; lo es sin darse cuenta (¡tanto ha asimilado su nueva condición de hijo!). Cuando el testimonio es sólo externo, te cansa. Son esos momentos en los que te entran ganas de tirar la toalla. Cuando el testimonio te sale de dentro, no puedes dejar de darlo. Allí donde estés, y hagas lo que hagas, serás testigo. En la medida en que des unidad a tu vida, tú mismo te sentirás más feliz y contagiarás a los demás. El testimonio interior lo recibes del Espíritu, que, en lo más íntimo de ti mismo, te da las razones más hondas para creer, esperar y amar, haciendo de tu vida un don para los demás. Porque tú mismo recibes del Espíritu el testimonio a favor de Jesús, puedes ser testigo de él ante los demás. Y el mismo Espíritu da testimonio a favor de Jesús para los demás a través de tu testimonio sencillo y constante. También en el testimonio eres obra del Espíritu. No lo das por tu propia cuenta. Es Él quien lo da a través de ti.

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Es verdad que te ha tocado ser testigo en tiempos difíciles. Tu testimonio va contra corriente de muchos comportamientos de la gente. Los valores del Evangelio no están hoy al alza. Es más, a veces, hasta puedes pensar que eres un bicho raro y que, viviendo conforme al evangelio, “haces el primo”. Puedes llegar, incluso, a pensar que en un mundo tan competitivo como el nuestro, necesitas vivir como “cualquier hijo de vecino”, si quieres “levantar cabeza”. Y, así, te haces a la idea de que tu fe no tiene por qué meterse en tu vida; que es algo perteneciente a tu intimidad y no tienes por qué manifestarla públicamente, ni tienes por qué aplicarla a las “cuestiones de la vida”: familia, educación, trabajo, política… Es lo que se llama la privatización de la fe, que está tan en boga en nuestros días. Si piensas y actúas así, tu tarea evangelizadora se quedará a medio camino y estarás preparando cristianos que jamás darán testimonio de su fe en la construcción de una sociedad más cercana al plan de Dios, en la línea de la filiación y la fraternidad. Meterás a Dios en la intimidad de las conciencias, y no harás de su acogida y confesión una fuerza de transformación del pequeño o grande mundo en el que vives y trabajas.

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La fuerza de tu testimonio debe ayudarte a superar cualquier respeto humano; el “qué dirán” que tantas energías resta a tu vida de apóstol. El testimonio es fruto de la valentía apostólica que necesitas para “anunciar el evangelio con ocasión y sin ella”. Quien ha sido “agarrado por el Evangelio” en la totalidad de su vida, respira evangelio en todo lo que dice y lo que hace. No queda rincón en su vida sin iluminar por su estrecha unión con el Señor. Incluso en momentos difíciles, percibirás que “tienes que obedecer a Dios antes que a los hombres”. El respeto que toda persona te merece hará que no seas impositivo e intolerante, que tu testimonio no sea arrogante, pero nunca te debe retraer de ofertar a los demás “lo que has visto y oído, lo que tus propias manos han tocado del Verbo de la Vida”. Piensa que tu propia experiencia de Dios y de su salvación es un medio privilegiado por el que el Señor quiere llegar a los demás. No tengas miedo a compartirla. Estás diciendo con sencillez y alegría “lo que el Señor ha hecho contigo”. Sentirás que “la palabra se ha vuelto en ti como un fuego devorador; intentarás sofocarla, pero no podrás” incluso en los momentos en los que, desanimado, hayas llegado a decirte a ti mismo: “no pensaré más en Él; no hablaré más en su nombre”.

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No te extrañe que la gente reclame tu testimonio. Te puede poner nervioso que te exijan más que a los demás. Pensarás que mucha gente lo hace para justificar su falta de compromiso, transfiriendo a ti las exigencias que ellos no son capaces de asumir. Aunque esta estratagema procediera de mala voluntad, agradécelo, porque es una buena manera de recordarte tu fidelidad. Como evangelizador te debes a la gente. Y ya sabes: “el mundo de hoy cree más a los testigos que a los maestros; y si cree a los maestros es porque son también testigos”. El testimonio es el primer paso en una buena evangelización. Cuando suscites la pregunta: “¿por qué esta persona es así?” estarás sembrando la primera semilla de tu anuncio del Reino. Si por el contrario, tu falta de testimonio da pie a pensar que no será tan importante lo que anuncias, cuando tú no lo cumples, estarás cerrando el corazón de mucha gente a la acogida del evangelio. No te canses hasta que puedas decir: “sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo”. Esa es la mayor fuerza de tu testimonio. No lo podrás decir de la noche a la mañana. Pero lo podrás decir algún día, si no cierras tu corazón a la gracia.

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El testimonio abarca toda tu vida. No puedes hacer en ella compartimentos, viviendo el evangelio a trozos. Si lo haces así, ni tú mismo te sentirás a gusto. Tendrás muchas veces la sensación de que no eres sincero, y eso mismo quitará fuerza de convicción a tu tarea. No quiere esto decir que tengas que esperar a ser santo para ser evangelizador; pero sí, que los santos son los que mejor evangelizan. Es verdad que el evangelio nos supera a todos y que, muchas veces, el Espíritu actúa “a pesar nuestro”. Pero lo normal es que actúe a través de sus testigos. Tu propia tarea es una llamada a tu fidelidad: ser fiel no sólo en los momentos y en los aspectos en los que “haces” de evangelizador. “Eres” evangelizador desde tu vida, transformada por el Señor. No vale que te reserves parcelas de tu vida para ti mismo, viviéndolas de espaldas a Jesús y su evangelio. Aquí tienes una tarea personal de respuesta y conversión, que forma parte de tu propio itinerario de vida interior. Tus “trabajos por el evangelio” no pueden mermar la necesidad de “velar por ti mismo” en un permanente camino de fidelidad y de entrega.

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En Jesús de Nazaret tienes el modelo de tu testimonio. Él es el “testigo fiel”. Te sentirás feliz, cuando tú mismo puedas decir: “sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo”. Él te da la posibilidad de hacer tuyos su vida y sus sentimientos. Tienes que conocer la vida de Jesús. Pero el conocimiento no basta. No conoces ni admiras a un personaje del pasado, al que imitaras sólo por fuera. Vives la misma vida de Jesús, que el Espíritu te comunica a través de los sacramentos, especialmente de la eucaristía. Por eso, tu testimonio no es algo distinto de tu vida sacramental. Sacramentos y vida no son como dos raíles paralelos. Los sacramentos alimentan tu testimonio; y tu testimonio da credibilidad a los sacramentos. Cuando no vives esta armonía, celebrarás los sacramentos como meros ritos externos, y tu testimonio no pasará de ser un esfuerzo ético, digno de alabanza, pero desgajado de la raíz que lo alimenta y lo hace “testimonio cristiano”. Une vida y sacramentos y proclamarás con tu testimonio la fuerza que viene de Dios y que se realiza en tu propia debilidad. No te asuste llevar tesoro tan grande en tu vasija de barro.

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El testimonio llevó a Jesús hasta la muerte: “siendo hijo, aprendió lo que significa obedecer”. La voluntad del Padre es la pasión del testigo. Como hizo con Jesús, el Padre te quiere para entregarte a los demás. Tu vida es un regalo que Dios hace a los hombres, porque los continúa queriendo apasionadamente. Especialmente a quienes, a través de toda la historia, fueron los destinatarios privilegiados de su amor: los pobres. Jesús fue enviado de manera preferente a los pobres y pecadores, a los que estaban lejanos y excluidos. El testimonio de su predilección por ellos causó el escándalo que le acarreó la muerte. No podrás dar testimonio de Jesús, si no colocas en el centro de tu corazón de evangelizador los rostros e historias concretos de los más pobres y marginados, de los excluidos de la sociedad. El mensaje que llevas entre manos les pertenece de manera privilegiada. Con tu estilo evangelizador se lo debes devolver. Tú mismo sabes que sólo en la medida en que experimentas y vives tu propia pobreza eres acogedor sencillo y transmisor fiel de la salvación. Que no te asuste tu pobreza. Alégrate de no saber otra cosa que Cristo crucificado. Tendrás entonces la sabiduría de Dios que tantas veces desconcierta.

OBJETIVOS

1. Que se perciba la necesidad del testimonio por parte del evangelizador. Testimonio que brota espontáneo del estilo de vida evangélica, y no es buscado por estrategia. El evangelizador no está “obsesionado” de que su testimonio siempre sea percibido y acogido como tal.

2. Preparar al evangelizador para dar testimonio en tiempos difíciles. La situación cultural en que vive lo empuja a la “privatización de la fe”.

3. Ayudar a vencer los respetos humanos y el “qué dirán” tan frecuentes en muchos evangelizadores. La mejor manera es meter muy dentro de la propia vida el mensaje que se ofrece.

PARA LA REFLEXIÓN

1. ¿Voy consiguiendo que el testimonio de vida cristiana me salga de manera espontánea? ¿Experimento la alegría del amor que mi Padre-Dios me tiene y procuro parecerme a Él, para que, viéndome a mí, la gente se dé cuenta de cómo es Él? ¿Qué diferencias veo entre “hacer” de testigo y “ser” testigo? ¿Por donde va mi propia experiencia personal en este sentido?

2. ¿Qué dificultades más importantes encuentro, hoy, para dar un testimonio sencillo, pero coherente de mi fe? ¿Tiendo a “esconder” mi fe, como si fuera un asunto privado, que sólo me vale para mi intimidad personal? ¿Me enfada la gente que reclama mi testimonio personal? ¿Hay mucha gente que esperaría otra cosa de mí?

3. ¿Abarca mi testimonio toda mi vida, o lo reduzco a los momentos en que me encuentro ejerciendo la tarea? ¿Conozco bien a Jesús, para saber a quién me tengo que parecer? ¿Me parezco a Él en la inclinación preferente por los pobres?

ORACIÓN

Señor Jesús, Tú eres el Testigo fiel, que nos has mostrado el rostro de Dios, metiéndolo en nuestra propia vida como rostro de Padre. Haz que nos parezcamos a Dios, para que, desde la novedad de nuestra vida, vayamos diciendo lo hermoso que es ser hijos de tal Padre. Que no nos asusten las dificultades, ni nos hagan meter debajo del celemín la luz que tú has encendido en nuestro corazón. Danos valentía para proclamar con sencillez y audacia lo que tú has realizado en nuestras vidas, y, así, podamos dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pida. Haz que, teniéndote por modelo de nuestro testimonio, nos entreguemos con preferencia a los más pobres y marginados. Ellos son los que más urgentemente reclaman nuestra vida y nuestra entrega.

AMEN.

Fuente/Autor: Pedro Jaramillo, Vicario general de la Diócesis de Villa Real, España.

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