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Familia

Terremotos familiares

27 de enero de 2020

Si, hasta hace no mucho tiempo, raro era el mes en que no se producía en España algún atentado terrorista, ahora rara es la semana en que no se produce algún crimen familiar. Por otra parte, nos basta con echar una mirada al entorno familiar o parroquial para constatar cómo se cumple la estadística de que cada cuatro minutos se rompe un matrimonio en España. Así mismo, en el trato diario con alumnos niños, adolescentes y jóvenes, tenemos ocasión de comprobar la desastrosa influencia que sobre muchos chicos tiene la situación de deterioro de sus familias.

No es, pues, de extrañar que la solicitud pastoral de los Obispos les haya llevado a afrontar este gravísimo problema social, dando lugar a la publicación del Directorio de Pastoral Familiar. No sé cuantas personas habrán leído íntegramente sus doscientas cincuenta páginas, todo un libro, me imagino que muy pocas. E incluso me temo que muchos de los que lo han comentado públicamente no se hayan detenido a leerlo. Otros se habrán quedado, como casi siempre, con las frases más discutibles o polémicas o, simplemente, con los titulares más sensacionalistas que algunos medios han hecho de él. En un documento tan amplio y complejo, elaborado por tantas personas, no sería imposible encontrar alguna expresión poco feliz, si bien creemos que en este caso los detractores del mismo han sacado las cosas de contexto. Es una pena que ello conduzca a la descalificación global, porque, dejando a un lado esos supuestos puntos “discutibles”, se trata de un análisis muy valioso, certero y sincero de la situación familiar actual. Hay que estar muy ciegos para no ver que dicha situación es en muchos casos realmente preocupante y desastrosa. Podría poner ejemplos muy cercanos, casi dramáticos, pero no es el lugar para hacerlo.

Algo sabemos de malos tratos a mujeres. Hace aproximadamente quince años sugerimos a una comunidad religiosa de nuestra parroquia que se vio obligada a cerrar su colegio de enseñanza, que lo reconvirtiera, dedicándolo a mujeres maltratadas o con problemas. Nuestro “temor” era la falta de personas que necesitaran este tipo de ayuda. Decidimos enviar varias cartas a ayuntamientos y diputaciones, ofreciéndoles este servicio. La Diócesis de Astorga también se implicó en ayudar a salir adelante el proyecto. Poco a poco comenzaron a venir mujeres y niños de todas partes y hoy ya resulta difícil recordar los nombres de todas las personas que han pasado y siguen pasando por esta Casa de Acogida, porque se trata de muchos cientos, pasa del millar. Pero nos queda la satisfacción de saber que la Iglesia ha sido pionera en éste como en otros muchos campos, ayudando a solucionar muchos problemas de tipo social (ancianos, drogadictos, enfermos de sida, transeúntes… ).

Entre las causas que generan estas situaciones de violencia doméstica, a juzgar por lo que hemos ido conociendo en estos años, hemos llegado a la conclusión de que juega un papel muy importante el alcoholismo, la drogadicción y la ludopatía. Si miramos ahora el ambiente en que transcurre el fin de semana de muchos de nuestros jóvenes, no será difícil adivinar el futuro. Pero, evidentemente, también se dan otras causas, como es la inmadurez con que muchos se acercan al matrimonio, la falta de valores, la influencia perniciosa de los medios de comunicación, patologías como los celos, o el no ser capaz de asumir que tu pareja te abandone, etc…

Generalmente, al hablar de violencia doméstica, tendemos a culpabilizar siempre al varón o a referirnos solamente a la violencia física. También existe la violencia psicológica, que no es patrimonio exclusivo de ningún género. Hemos visto a más de un hombre bueno y trabajador llorar, hundido por los malos tratos psicológicos que le ha propiciado su compañera, llevándoles en algunos casos al suicidio. La psicología diferencial subraya que mientras el hombre es más fuerte físicamente, suele ser más débil psicológicamente. La existencia de mujeres maltratadas no debería hacernos olvidar que también hay hombres maltratados. En todo caso, que quede claro, nada de esto justifica ningún tipo de violencia.

Entre las frases más discutidas del documento episcopal, las únicas con las que se ha quedado la mayoría de la gente, están las referidas “revolución sexual” y al “lobby homosexual”. Creo que es preciso no sacarlas de contexto y no tomarlas por donde más queman.

No cabe duda que la llamada revolución sexual puede tener componentes muy positivos, en la medida en que puede enlazar con la más positiva y genuina visión bíblica de la sexualidad, creada por Dios para el bien de la persona y de la especie, a veces desvirtuada por ideologías ajenas al cristianismo, como ciertas corrientes gnósticas. Nadie puede negar la importancia de reconocer la igualdad de derechos del hombre y la mujer, la mayor valoración del cuerpo o la dimensión lúdica, relacional y humanizante de la sexualidad. Pero no seamos tan ingenuos como para pensar que el pansexualismo dominante o la banalización de la sexualidad no tiene sombras. Aunque se le llama a Alfred Kinsey el “padre de la revolución sexual”, no cabe duda que Siegmund Freud ha sido un importante precursor. Sin negar las aportaciones positivas de uno y de otro, no se puede aceptar ciega y dogmáticamente todo lo que han dicho. De hecho, muchos que en su día acogieron de manera entusiasta las teorías kinseyanas hoy están de vuelta, al ver algunas de sus patéticas consecuencias. Con razón dicen los Obispos que “la sociedad, cada vez más farisaica en este punto, ha querido ocultar la multitud de dramas personales que se han producido” por la extensión de algunas ideas de la revolución sexual. ¿Acaso no es verdad esto? ¿No es mejor intentar hacer frente a los problemas, ahondando en sus raíces que torcer la mirada hacia otra parte? ¿Acaso no han sido valientes los Obispos llamando a las cosas por su nombre?

Respecto al llamado “lobby gay” y su fuerte presión mediática, nadie pondrá en duda que se trata un hecho objetivo, fácil de constatar en los últimos tiempos. Es curioso que muchos de los que han dejado de creer en el matrimonio entre hombre y mujer, ahora tienen una fe muy especial en el matrimonio entre personas del mismo sexo. No los juzgo. Simplemente confieso que en este terreno, me considero muy tradicional y anticuado.

Finalmente, respeto a quienes discrepan con los Obispos en este terreno, pero, ¿realmente se han detenido a leer todo el documento?

Fuente/Autor: Máximo Álvarez Rodríguez

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