“Hay que hacer el bien, todo el bien posible, y hacerlo de la mejor manera posible”.

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TENGO MIEDO A DECIRTE QUE SÍ, Señor,

27 de enero de 2020


porque… ¿a dónde me vas a llevar?…

Tengo miedo a arriesgarme,
a firmarte en blanco,
de darte un SÍ,
que genere una reacción de “sies” en cadena;
y sin embargo…
¡no tengo paz!

Tú me persigues, Señor,
me acechas por todas partes.
Me aturdo con ruido
porque temo oír tu voz;
pero Tú te infiltras en el silencio.
Me desvío del camino al verte,
pero cuando llego al fondo del sendero,
¡ALLÍ ESTÁS TÚ!

¿Dónde podré esconderme
si te encuentro siempre?
No, no hay modo de esquivarte.

… Pero, es que tengo miedo de decirte que SÍ, Señor.
Tengo miedo de alargarte la mano,
porque la aferras en la tuya…

Tengo miedo de encontrarme con tu mirada,
porque me seducirás…

Tengo miedo de tus exigencias,
porque eres un Dios celoso…

Apuntas hacia mi, pero esquivo el blanco.
Me aprisionas, pero me resisto.
Y sigo combatiendo, sabiendo que estoy vencido.

Pero… es que, de veras, ¿se te puede resistir?…
Señor, para que llegue tu Reino y no el mío,
ayúdame a decir que SÍ.

Ayúdame a decir que SÍ,
para que se haga tu voluntad y no la mía.

Gracias, Señor, porque me ayudas a romper mis cadenas.
Me conoces por dentro y por fuera
y sabes muy bien todo lo que me ata
y me impide seguirte por entero, sin condiciones.

Tú quieres habitar en mi corazón.
Has llamado, has entrado
y me has dicho: «Conmigo lo puedes todo».
Algo dentro de mí empieza a cambiar
y mi alma, que sin ti estaba muerta,
comienza a revivir al sentir tu presencia.

¡Qué bueno eres conmigo, Señor!
¡Con qué cariño me mimas! ¡Con qué amor me miras!
A pesar de alejarme tantas veces de ti,
tú no dejas de estar a mi lado.
A pesar de despreciarte en múltiples ocasiones,
tú no te alejas ni un solo momento de mí.
A pesar de todo, Señor, a pesar de todo,
siempre estás conmigo.

Aunque yo parezca más fuerte que tú,
tu bondad y tu amor pueden conmigo.
A veces parece imposible que pueda cambiar,
pero ahí estás tú, Señor, rompiendo mis cadenas.
Rompiendo todas las ataduras que me alejan de ti.
Por eso, Dios mío, te puedo decir con el corazón en la mano
que aquí estoy, todo tuyo.

Contigo estoy vencido, Señor.
Por más que luche, tú acabas conquistándome.
Contigo nunca me perderé.
Por más que ame lo que tú no amas,
cuando te siento en mi alma
termino amando lo que tú amas.

Tu mano poderosa me va cambiando por dentro.
Soy todo tuyo.
Tu brazo poderoso me aleja de las vanidades que me rodean.
Soy todo tuyo.
Tu mirada profunda, llena de amor, me arrastra hacia ti.
Soy todo tuyo.

Poco a poco, sin que me dé cuenta,
vas ganando terreno en mi alma
y acabas venciéndome y liberándome a la vez.

Y, ahora, Señor, que estás dentro,
puedo decirte que tu presencia es más dulce que la miel,
más dulce que cualquier placer.
Ahora, Señor, que estás dentro,
puedo decirte que tu presencia es más íntima
que mi misma intimidad;
más grande que cualquier grandeza;
más hermosa que cualquier hermosura.

Aquí estoy, sólo para ti,
porque me haces libre de verdad;
porque rompes todas las cadenas que me atan;
porque me has traspasado el corazón
y te he amado,
porque te he gustado
y ardo en deseos de tu amor.

Aquí estoy, sólo para ti, mi Dios.
Aquí estoy, sólo para ti, porque eres mi Señor.
Aquí estoy, sólo para ti. Eres mi Salvador.
Aquí estoy, todo tuyo, sólo para ti.

Por nuestra propia vocación

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