La juventud es un tiempo bendito para el joven y una bendición para la Iglesia y el mundo.

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01/27/2020
TEMAS EJERCICIOS CUARESMALES JÓVENES 2007
01/27/2020

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TEMAS EJERCICIOS CUARESMALES JÓVENES 2007

27 de enero de 2020

Vamos editando en esta sección cada día uno de los 5 Temas

TEMA 4
DISCÍPULOS DE JESUCRISTO, CAMINO, VERDAD Y VIDA

OBJETIVO:
Que los jóvenes contemplen a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida para que renueven su disponibilidad a la llamada que les hace a ser sus discípulos y así tengan vida plena en Él.

ORACIÓN INICIAL:
 En un clima de recogimiento invitar a los jóvenes a hacer un acto de fe: “El Señor nos ha convocado y estamos ante Él”. Se puede entonar un canto.
 Hacer la siguiente oración a dos coros o por dos jóvenes (él y ella).

Quien preside:
Señor nuestro, que nos has reunido como familia
durante estos días de Encuentro,
te damos gracias por la inmensa confianza que nos manifiestas al escogernos
para ser tus discípulos y misioneros.
Sácanos de nuestras comodidades y de nuestra pasividad
ante la gran tarea que nos pides realizar.
Que el eco de tu palabra: “¡Vengan!”, “¡Vayan!”,
despierte nuestras mejores energías para que,
en comunión contigo y con la Iglesia,
nos pongamos al servicio del anuncio de tu Evangelio
y de los signos transformadores del Reino,
a lo largo y ancho de nuestros ambientes, y más aún, del mundo entero.
Que tu Santo Espíritu ilumine nuestra mente,
mueva nuestro corazón y guíe nuestros pasos. Amén.

A dos coros:
1. Soy joven, Señor, y quiero vivir con fuerza y alegría.
Soy joven y quiero conocerme y llegar hasta el fondo.

2. Soy joven y la verdad, a veces, Señor, no sé lo que es vivir.
Soy joven y busco caminos, aunque no he encontrado el sendero cierto.

1. Quiero vivir y buscar mi libertad en lo que hago.
Quiero sentir y aprobar hasta lo más profundo lo que es la vida.

2. Quiero tocar, palpar, hacer mío todo lo que encuentre en mi camino.
Quiero, Señor, dar sentido a esta vida que tengo.

1. Hay cosas, Señor, que no vale la pena volver de nuevo a ellas.
Hay cosas que, al tocarlas se marchitan entre las manos.
Hay sabores que son agradables sólo por un momento.

2. Hay colores que atraen y ciegan como la luz a la mariposa.
Hay experiencias que, al final me dejan solamente con la sensación.
Hay momentos fuertes que me dejan vacío, desilusionado y roto.

1. Yo quiero vivir y no morir. Yo quiero vida y no muerte.
Yo quiero encontrarme con la felicidad y no consigo saber dónde está.
Yo quiero sentirme sereno, tranquilo, bien, pero no sé cómo lograrlo.

2. Aquí me tienes en busca de razones que den sentido a mi vida.
Aquí me tienes, llamando de puerta en puerta, sin encontrar respuesta.
Busco y no encuentro. Mi corazón me pregunta: ¿Sabes el camino?

1. Tú amas la vida, Señor, Jesús, y quieres al joven en pie, firme.
Amas la vida y resucitando has roto las ataduras de la muerte.
Tú, tienes palabras de vida eterna para el corazón del hombre y la mujer.

2. Señor de la Vida, quiero vivir desde el centro de mi ser.
Señor de la Vida, quiero crecer, superarme, abrir camino.

1. Señor de la Vida, quiero ser feliz y mantener mi dignidad de persona.
Señor de la Vida, quiero escucharte y seguirte muy de cerca.

1 y 2. Señor de la Vida, quiero enraizar mi vida en ti, que eres Amor.
Señor de la Vida, anhelo con todo mi corazón permanecer junto a Ti.

MOTIVACIÓN:
El joven en busca de sentido
Somos buscadores y peregrinos. En lo más hondo de nuestro ser, hay hambre de amor y de justicia, de libertad y de verdad, de belleza y de paz, ansias de hogar y fraternidad; deseos de vida y felicidad. Lo que buscamos supera en mucho las dimensiones y la posibilidades de la vida en este mundo. Buscamos el amor y la paz en su plenitud, pues las ofertas y propuestas que el mundo ofrece no pueden saciarnos. Somos buscadores del sentido pleno de la vida, y nuestras búsquedas son la vocación al encuentro con Dios que es el Amor, la Paz y la Felicidad.
Sin embargo, tanto la historia de la humanidad como la historia personal nos muestran que ese anhelo profundo de paz, justicia y plenitud no se alcanza ya que la búsqueda de la realización de la vida se hace fuera de la órbita del bien y la verdad; y así de hecho se extravían y nos extraviamos, persiguiendo su cumplimiento por caminos errados.
Cuando el desconcierto generalizado nos hace difícil reconocer nuestra vocación y sus caminos, emerge la Palabra de Dios como una poderosa luz que orienta a los que buscan y son peregrinos. Jesucristo, Revelación del Padre, viene a nuestro encuentro para iluminar los anhelos más profundos que hay en nuestros corazones, y no sólo eso, sino para llevarlos a plenitud. Jesucristo es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6).

 Abrir un dialogo con los muchachos –sea en pleno o en pequeños grupos- en base a estas preguntas u otras:
– ¿Cuáles son mis mayores anhelos?
– ¿Qué es lo que busco en la vida?
– ¿Qué le da sentido a mi vida?
– ¿Dónde busco respuestas a mis anhelos más profundos?
– ¿A quién le pregunto?
– ¿Quiénes son mis maestros más solicitados?

 Después de escuchar a los jóvenes introducir al momento de la Iluminación: presentando a Jesucristo como Salvador y Maestro que lleva a plenitud todo lo que nuestros corazones anhelan desde lo más profundo.

ILUMINACIÓN:
Jesucristo responde a nuestras búsquedas de justicia y fraternidad, invitándonos a construir con su ayuda el reino de la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz. Él es el Camino, la Verdad y la Vida.
Ante la experiencia de ser amados por Dios (lo reflexionado en el primer día) brota la alegría y el agradecimiento que son movilizadores y nos ponen en marcha… y Jesús nos sale al encuentro (lo reflexionado en el segundo día) y nos dice: “¡Sígueme!” (Mt 4,18-22; Mc 3,7-22; Lc 5,1-11; Jn 1,35-51). Un seguimiento que tiene como primer paso la conversión del corazón, dejar de… para comenzar a… (lo reflexionado en el tercer día). Si Jesús rompe las cadenas es para hacernos caminar hacia Él. Nos ha llamado para ser sus discípulos y sus mensajeros.

Jesucristo: Camino, Verdad y Vida
Jesucristo, Hijo de Dios, por el misterio de la Encarnación se hizo nuestro hermano y salvador. “Pues todas las promesas de Dios se han cumplido en él” (2 Cor 1,20). Por su muerte y resurrección venció al demonio que nos separa de la realización de nuestra vocación verdadera y de los anhelos que le dan aliento y la acompañan. Cristo derribó el muro de la enemistad y es nuestra Paz (Cfr. Ef 2,13-22). Nos ha hecho experimentar el amor de Dios. Él es nuestro Camino hacia el Padre, y sin descanso nos amó, hasta el extremo de dar su vida por nosotros. Con su sangre selló la alianza y nos reconcilió con Dios y con los hermanos. Él es la Verdad, y sacia nuestra sed de verdad sobre Dios y sobre el hombre, siendo el rostro del Padre vuelto hacia la humanidad, y el rostro de los hombres en conversación con el Padre y colmado de bondad para los hermanos.
Él sacia nuestra sed de amistad, siendo nuestro hermano y llamándonos no siervos, sino amigos. Nos encamina hacia la contemplación de Dios, enseñándonos ya en este mundo, a descubrir el resplandor de la belleza de Dios en todo lo creado.
Él nos concede por su Espíritu Santo alcanzar el anhelo de ser libres y vivir en la libertad de los hijos de Dios (Cfr. Rom 8,21). Por la incorporación a Él se revela como nuestra Vida. Participando de su vida divina, somos semejantes a Él (Cfr. Rom 8,29), también en el servicio a los hermanos, que nos confiere la felicidad de darnos y de dar (Cfr. Hech 20,35).
En una palabra, en virtud de su Encarnación y de su Pascua, Jesucristo sacia nuestra sed de felicidad y nos otorga ya ahora, en la esperanza, la dignidad de ser “ciudadanos del cielo” (Cfr. Flp 3,20), de permanecer en su amor al Padre y entre nosotros -especialmente en los más pobres y necesitados-, y de recibirlo en la Eucaristía como alimento de vida eterna y pan bajado del cielo para la vida del mundo.
Por el encuentro con Él, los seres humanos sabemos quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Y por eso, el mejor servicio que podemos hacer al mundo contemporáneo es dar testimonio de Él y anunciarlo vivo, resucitado y presente, a Él que con su Espíritu dirige la historia hacia el cumplimiento de sus promesas.

¿Qué buscamos?
El descubrimiento de la realidad de Jesús es la meta de toda búsqueda. San Juan en las primeras páginas del Evangelio (Jn 1,35-42) escrito por él, nos narra la llamada de los primeros discípulos:
Juan el Bautista señala a Jesús diciendo: “Éste es el Cordero de Dios”, y dos de sus seguidores van tras de Jesús al oír tan importante revelación. Y Jesús viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué buscan?”. Ellos le contestaron: “¿Dónde vives, Maestro?”. Él les dijo: “Vengan a ver”. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día.
“¿Qué buscan?” Pregunta fundamental de Jesús para el cristiano, para todo joven; juntamente con una clara y tajante respuesta de su parte: “¡Vengan y lo verán!”.
El primer paso para cualquier discípulo de Jesús es conocer bien lo que busca y estar decidido y abierto a vivir lo que encuentre. Seguir a Jesús “a donde quiera que vaya” (Ap 14,4b). Sólo así el cristiano no podrá perderse ni desviarse, pues sabrá bien adonde ir y aquello de lo que debe hablar. La seguridad la da el mismo Jesús que llama, acompaña, enseña, instruye y envía.
No podemos ser discípulos si no estamos con el Señor, y no podemos ser misioneros si no somos enviados por él. Es necesario tener la experiencia del discípulo, quien se pone en una actitud de escucha y de disponibilidad ante cualquier requerimiento que el Señor pudiese hacerle. El Señor llamó a los que él quiso para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar (Cfr. Mc 3,13-14). Toda experiencia religiosa suscita un deseo de Dios que corre el riesgo de desaparecer, si no existe cercanía con Aquel que la ha suscitado. Si no se permanece a los pies del Maestro (comunión con Él) su seguimiento será sólo un deseo, un sueño, una ilusión.
Somos discípulos y misioneros de Jesucristo cuando nuestra vida, nuestras palabras, nuestro testimonio y nuestra misión se realizan verdaderamente por Él, con Él y en Él, que es nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida (Jn 14,6).

A la escucha del Maestro: Ser discípulos de Jesús
Todo creyente que ha respondiendo con generosidad a su llamamiento, aceptando compartir su vida y su doctrina es considerado discípulo de Jesús (Hech 6,1; 9,1).
Discípulo es quien se adhiere de corazón al mensaje de su Maestro y a su testimonio, e incorpora ese mensaje a su proyecto de vida. El discípulo se encuentra con el Maestro Jesucristo, escucha su Palabra con corazón abierto y agradecido, se deja encantar por el Maestro, se adhiere al Maestro, cree en Él, se deja transformar por Él, y de ahí en adelante lo sigue hasta las últimas consecuencias tomando sobre sí la cruz.
El discípulo de Cristo es alguien que ha recibido al Señor lleno de asombro y estupor. Como en Belén lo recibieron María, José, los pastores, los Magos…
No es el discípulo quien escoge al Maestro. Siempre ha sido Jesús el que ha llamado al discípulo y lo ha invitado a seguirlo (Cfr. Mc 3,13-19). En efecto, Jesucristo es el que elige y llama. Es una llamada personal, llama por su nombre al discípulo (Cfr. Jn 10,4). El discípulo experimenta que la elección manifiesta gratuitamente el amor de predilección de Dios. “Él nos amó primero” (1 Jn 4,19). Esta elección amorosa da fuerzas al discípulo para que pueda seguir a Cristo, conformar su vida con Él y ponerse a su servicio para la misión.
La elección y llamada de Cristo pide oídos de discípulo (Cfr. Is 50,4), es decir, oídos atentos para escuchar y prontos para obedecer. Hoy, en una sociedad tan ruidosa, se está perdiendo la capacidad de escucha y de obediencia. El llamado de Cristo es una invitación a centrar toda nuestra atención en Él, y a pedirle de corazón, como el joven Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,10), para percibir en lo profundo de nuestros corazones la llamada que nos invita a seguirlo muy de cerca.
A la elección y llamada de Jesucristo el discípulo responde con toda su vida. Se trata de una respuesta de amor a una llamada de amor. A la elección amorosa de Jesús, el discípulo responde, por gracia de Dios, con la fidelidad hasta la cruz y el testimonio de la Resurrección, al grado de estar dispuesto a dar la vida por los demás.
El discípulo entra en comunión de vida y de misión con Jesús. Ha sido llamado para estar con Él; para que así “todos sean uno, lo mismo que lo somos tú y yo, Padre. Y que también ellos vivan unidos a nosotros” (Jn 17,21). Además declara su amistad con ellos: “Ustedes son mis amigos” (Jn 15,14). Con esta profunda amistad de vida, Jesús también implica a “sus amigos” en su propia misión: los envía a anunciar el Evangelio a todos los pueblos (Cfr. Mc 16,15). Para que esta comunión con Él fuera cada vez más plena, Jesucristo se entregó a sus discípulos como el Pan de vida eterna y los invitó, en la Eucaristía, a participar de su Pascua. “Como el Padre que me envió posee la vida y yo vivo por Él, así también, el que me coma vivirá por mí” (Jn 6,57).
Sus discípulos con frecuencia llaman Maestro al Señor. Se tiene una profunda admiración por su sabiduría y autoridad. Arde su corazón cuando les explica las profecías y las parábolas. De Él aprenden las Bienaventuranzas, el camino de la Pascua y, en todo, la sabiduría del Espíritu.
Como Buen Pastor Jesús precede a sus discípulos y los incorpora a su camino. Ser discípulo será entonces “ir detrás de” Jesús, para aprender su nuevo estilo de vivir y trabajar, de amar y servir para adoptar su manera de pensar, de sentir y de actuar, al punto de experimentar que “no soy yo sino que es Cristo que vive en mí”. “Discípulo” no es sinónimo de “alumno”. El discípulo dice relación a una persona cuyos pasos sigue sin reserva, por amor, asimilándose a su estilo de vida y a su proyecto.
La meta de la formación del discípulo de Jesucristo es la identificación con Él hasta llegar a tener “los mismos sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús” (Fil 2,5). Experimentando la estrecha amistad de Cristo y con la ayuda de su gracia, el discípulo avanza por el camino de la santidad. Éste es el fundamento de la moral del discípulo.
Jesús llama a sus discípulos en grupo, y el grupo es el lugar privilegiado de los discípulos. “Llamó a doce”. El llamado y el amor de Jesucristo por sus discípulos, crea entre ellos la comunión fraterna, una comunidad unida en Cristo. “Te pido que todos sean uno lo mismo que lo somos tú y yo, Padre” (Jn 17,21). “Donde están dos o tres reunidos, en mi nombre, allí estoy en medio de ellos” (Mt 18,10). Estas palabras son nuestra fuerza, nosotros nos reunimos en su nombre. Somos comunidad, porque nos ha llamado Él. Nadie vino por su cuenta y nadie se salva solo.
En la vida sacramental el discípulo de Jesús encuentra la presencia y la acción salvífica de Jesús, y con ellas la fuerza para vivir con fidelidad el seguimiento, y para realizar con entusiasmo la misión que le es confiada.
La Eucaristía es “fuente y cumbre” del encuentro del discípulo con Jesucristo Vivo y, expresa y realiza la unidad del Pueblo de Dios (Cfr. LG 11). Precisamente en la Santa Misa es donde los cristianos viven de manera particularmente intensa la escucha de la Palabra, y reviven la experiencia que tuvieron los apóstoles la tarde de la Última Cena.
En María, la primera y más perfecta discípula, encontramos todas las características del discipulado según el corazón de Dios: la escucha amorosa y atenta (Cfr. Lc 1,26-38;11,27-28), la obediencia sin límites a la voluntad del Padre (Lc 1,38), la fidelidad hasta la cruz (Cfr. Jn 19,25-27), continuó fielmente junto a la comunidad de los apóstoles, animando su oración y su unidad, e implorando con ella la venida del Espíritu Santo (Cfr. Hech 1,14). (Contemplaremos detenidamente a María, en el siguiente encuentro).
Los discípulos han visto, oído y permanecido con el Maestro, ahora están capacitados para seguirlo, hacer suyo el proyecto del Reino y la suerte de Cristo, es decir, hacer suya la disposición y prontitud para testimoniar el amor del Padre hasta entregar la propia vida en comunión con la muerte y resurrección de Jesús. El discípulo es ahora otro Cristo y puede por tanto vivir la misma vida de Cristo. (Sobre el testimonio de lo vivido junto a Jesús se reflexionará en el siguiente encuentro).

SITUACIÓN EN QUE VIVIMOS:
La búsqueda de la verdad, la felicidad, el sentido de vida, la plenitud, y con ella de los comportamientos éticos, sen ve afectados directa o indirectamente por el cambio cultural o de época que vivimos. ¿Cuál es el criterio de la verdad, de la bondad, de la belleza, de la felicidad?
Cada vez se van generalizando más ciertos criterios que se imponen como “verdad” con la pretensión de liberar al hombre, de hacerlo feliz, de alcanzar su plenitud; pero que en realidad son mentiras que lo esclavizan:
– Criterio de satisfacción. Lo verdadero y bueno es aquello que satisface mis necesidades y emociones subjetivas. Lo que para mí es bueno, lo es y punto. No hay “la” verdad, sino “mi” verdad.
– Criterio de utilidad. Verdadero es aquello que produce resultados prácticos y redituables con o sin respeto de la dignidad de las personas y del ser de las cosas. Lo que me hace sentir bien emocionalmente es lo que cuenta.
– Criterio de relativismo. Moral o inmoral es una acción según el cálculo de las consecuencias que traiga. Una acción en sí misma no es ni buena ni mala. La bondad o malicia se determina por lo pragmático y conveniencia.
– Criterio de los consensos: Lo bueno y lo verdadero se determina por la mayoría en acuerdos y votos. Si la mayoría aprueba algo como bueno es “bueno”.
– Criterio de lo actual. Las decisiones y los compromisos no tienen importancia sino únicamente para lo presente. No hay preocupación por el futuro. Vivir a tope el presente.

Estos criterios se filtran entre los creyentes y le quitan novedad y validez a las exigencias de una vida nueva surgida del Evangelio. Los medios por los cuales se hacen llamativos y atrayentes son, entre otros, la música moderna, las diversiones, las formas de esoterismo, los mcs, etc. Son muchos los “maestros” que con bandera de “verdad” se presentan ofreciendo caminos de sentido, de paz y de bienestar…

 ¿Quiénes son los “maestros” más solicitados por los jóvenes?
 ¿A quién escuchamos, a quién seguimos, a quién imitamos…?

Ante ello la Iglesia proclama con fuerza y con gozo que Jesucristo ha venido para salvarnos del error y del pecado y a abrirnos la puerta de la felicidad. Él es el camino y la verdad. En Él Dios nos revela su rostro y revela a la humanidad lo humano en plenitud. Por eso nos urge permanecer a los pies del Maestro para después anunciar su Evangelio, como un mensaje de esperanza, como la Buena Noticia de salvación.

COMPROMISO:
En medio de la crisis de valores que se ve hoy, del desgarro por la seducción de modelos engañosos y fugaces y la frustración por la incapacidad de alcanzar el bienestar, mediante su vida y su palabra el discípulo tiene que señalar hacia la esperanza que ofrece Jesucristo. En medio de los intentos salvajes del mercado que pretende convertir a todos en sujetos consumidores, los discípulos de Jesucristo son llamados a vivir y proponer otro camino: el de la dignidad humana, y la libertad, la participación, la solidaridad y la austeridad de vida, la gratuidad y el servicio a los demás en un amor obediente y oblativo, aprendido en el continuo seguimiento de Jesús, su Maestro.
Nuestros jóvenes necesitan testigos, claman por hombres y mujeres que con su vida y sus palabras hablen de Jesús, Esperanza y Camino para las búsquedas de amor, paz y trascendencia. ¿Por qué no ser nosotros mismos, lo que llevemos a los demás jóvenes hacia Jesús, a través de nuestras palabras y sobre todo a través de nuestra vida cotidiana? Puesto que siendo buenos discípulos de Jesucristo vivimos ya su misma vida. Recordemos que nadie da lo que no tiene.

 Lluvia de ideas sobre acciones y actitudes concretas que como jóvenes podemos emprender desde ahora. Para ello hacer esta preguntas:

 Las acciones concretas que quiero realizar, a partir de hoy, para ser un auténtico discípulo de Jesús, son:

COMPROMISO PERSONAL:
 Dar la siguiente recomendación a los jóvenes antes de la oración final.

“Esta noche antes de dormir dedica un momento de oración-contemplación para estar con Jesús, nuestro Maestro, y platicar con Él de lo que más nos haya llamado la atención de este cuarto día de Ejercicios. Hablarle y escucharle”.

ORACIÓN FINAL
 Proclamar la siguiente oración.
 Finalizar con un canto vocacional o misionero.

Nos concediste, Jesús,
la honra de ser llamados para ser tus discípulos.
Nunca nos cansaremos de agradecerte.
Tu llamado fue completamente generoso,
pero sí nos pediste que estuviéramos
totalmente disponibles para dejarnos educar por Ti.
Nos ponemos, Señor, en tus manos amorosas,
con la misma radicalidad y fidelidad
con que Tú lo hacías en las manos del Padre,
para que nos conduzcas por los caminos
de maduración en el seguimiento que recorrieron tus apóstoles.
Que tu Madre María, discípula fiel, oyente y comprometida,
nos enseñe a abrirnos al mismo Espíritu
que te formó en su vientre y en su corazón. Amén.

Fuente/Autor: Pastoral Juvenil – Arquidiócesis de Guadalajara, Jal.

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