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Familia

Sin temor al futuro de los hijos

27 de enero de 2020

Debemos confiar en que germine el amor que damos a nuestros hijos. Sin desfallecimientos y sin miedos.

El temor es lo más habitual en nuestro mundo. Tras una careta lenguaraz y comediante se oculta un estremecimiento que muy pocos reconocen. Se prefiere no pensar con exceso, acelerar el paso de nuestras entrampadas vidas, agarrarse bien al propio bolsillo y dejar el alma en hibernación. Llegamos a creernos inexpugnables. Pero nada más lejos de la realidad.

Porque la verdad es que las circunstancias -su trasfondo- nos infunden un extraordinario pavor. En tantas cosas seguimos siendo los mismos niños que se embozaban entre las sábanas y se creían así a salvo de extrañas criaturas nocturnas. Ahora nuestros miedos han cambiado, pero siguen existiendo. El imprevisible futuro, la oscuridad del menosprecio, poner coto a los caprichos, la enfermedad de los más cercanos, la soledad rotunda o el dolor en exclusiva.

Aunque en la jerarquía del miedo universal quizá lo que más se tema sea el envite de la muerte -contra la que no cabe preservativo alguno- y la radicalidad del mal. De la primera somos más o menos conscientes todos. Del segundo quizá no tanto, embutidos como estamos en el cinemascope del escaparate consumista. Además ya saben que todo es relativo y según. No vayamos a exagerar con tretas cristianas. Por ejemplo.

El caso es que el mal existe. Hay señales ciertas de su presencia. Desde la violencia hasta la mentira como entidad crónica, pasando por el aborto, el racismo, el terrorismo, la compraventa de mujeres o el tráfico de órganos, de droga o de armas. Sin olvidarnos de los espurios espiritismos o de las sectas vicesatánicas. Ya lo creo que el mal existe, y se procrea en el pecado, en el olvido o desprecio de Dios y de nuestros semejantes.

Es por eso por lo que no pocos padres andamos muy preocupados por lo que nuestros hijos se pueden encontrar ahora mismo en la calle, y en esa gran avenida que es su porvenir. Escucho comentarios pesimistas de familias que temen por la salud espiritual de niños que están dejando de ser niños.

¿Qué hacer?

Apostar por la mejor educación que podamos darles. No sólo académica, se entiende. Pues los idiomas y la informática son punta de lanza en nuestra sociedad (prima la competencia), pero no suplen la solidez de virtudes como la sinceridad, la fortaleza, la lealtad, la templanza o la laboriosidad, fundamentales para edificar desde los cimientos ese estado del alma que hemos dado en llamar felicidad. Posible, pese a los agoreros solemnes de siempre.

Padres, yo conozco gente buena, como vosotros los conocéis. El mundo no está del todo podrido. Hay gente que entrega su vida por los demás, sin alboroto. Personas como Carina, madre y padre de familia al mismo tiempo, o como Romy. Personas como Antonio o Miguel, poetas que desbrozan el misterio. Personas como Cristina o Carmelo, periodistas. Personas como Diego y su madre, o María, que trabajan para los enfermos. Personas como José Luis o Fernando, padres conscientes de serlo. Y tantos y tantos más. Convenceos: no hay mayor inteligencia que la bondad.

Debemos confiar en que germine el amor que damos a nuestros hijos. Sin desfallecimientos y sin miedos. En él está el meollo de toda verdadera educación.

Fuente/Autor: Guillermo Urbizu | Fuente: Catholic.net

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