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SIDA

27 de enero de 2020

Ninguna medicina puede sustituir al cariño.

En toda vida humana llegan momentos y noticias inesperadas. Ocurre lo imprevisto. De repente, el guante que somos se da la vuelta y nos encierra la sorpresa. Isabel Mínguez es madre de familia y su vida está cambiando. Le han notificado que su hijo, su querido y amado hijo, además de esos tiernos títulos, es ahora un enfermo de Sida.

Isabel vive un giro de página, un cambio de rumbo. Exteriormente todo sigue igual, pero los valores se invierten. Amor y dolor, juntos y de la mano, hacen que su mundo y sus cosas cambien de color. “La noticia me ha dolido profundamente, te lo puedes imaginar… En mí no hay lugar para reproches; sólo existe la esperanza para poder ver la luz entre las sombras, y el dolor; y que no me ciegue el mal”.

Ante este nuevo azote todo pesa menos y se vuelve secundario. ¡Qué ridículas e insulsas tantas ilusiones, tantas cosas del momento! Ahora sólo cuenta lo esencial: la lucha por la vida y la felicidad de los seres amados.

A su hijo le quedan pocos meses de vida. Ahora sobrevive entre tubos, sueros y mil cuidados de hospital. Ahora son las máquinas y la tecnología quienes vigilan su corazón y custodian su sangre. Será difícil aceptarse. Las miradas de las visitas, de los mismos doctores a veces duelen, porque no comprenden y juzgan. No siempre el Sida es fruto del pecado. ¿Y en este caso…?

Me gustaría que Dios me concediera un deseo. Le pediría el milagro de ver las cosas, a las personas y toda la realidad que me rodea como Él las ve. Con esa mirada de Padre, comprensiva, prudente y sabia, que conoce la intimidad de cada corazón. Ese mirar que penetra el barniz de las apariencias y desactiva las intenciones más secretas. Y le pediría también a Dios por todos los hombres y mujeres de mi mundo. Por todos los que viven engañados y juegan con su cuerpo sin saber que es propiedad privada. Por los causantes y por las víctimas; por los culpables y por los inocentes; por los afectados, por todos.

El testimonio de Isabel reaviva la esperanza e infunde nueva sangre. No hay palabras de odio ni de reproche: “Te pido por Dios, hijo mío, que no hagas con otros lo que han hecho contigo, que no infectes el cuerpo de nadie, que es templo de Dios; que perdones al causante de tu situación, a ese jefe tuyo…; que no te sientas un desgraciado, porque tienes un Padre que perdona todo y todo lo puede”.

Es difícil y costoso aceptar esta nueva situación. Volver a ser madre y nodriza de su niño travieso, herido por la vida. Por cuna, una cama de hospital de cuidados intensivos. No hace falta mucho más.

Ser madre será para Isabel verle sonreír, no tener prisas, acompañarle, porque cada minuto junta su hijo enfermo será sagrado. Y comentarán la liga de fútbol y el precio del café. Y antes de despedirse, después de la breve visita permitida, le susurrará un: “Te quiero más que nunca”. Ella no teme el contagio. Y al regresar a casa, Isabel tendrá que soportar las miradas y los comentarios disimulados de los vecinos y conocidos. Y responder lo de siempre a las preguntas de siempre: “Está mejor… Platicamos…”.

Y todos los días la misma rutina. De la casa al hospital, del hospital a la casa. “Hacer nada”, haciéndolo todo, porque eso es el verdadero amor. Y rezar y dar aliento a su hijo contagiado del mal de nuestro siglo. Y amarle sin culparlo, sin reproches.

“Te quiero más que nunca, hijo”. Menos mal que hay familias, padres y madres que saben abrir las compuertas de su corazón y acoger. Ante el flagelo del Sida no hay ninguna otra medicina que pueda sustituir al cariño en fase terminal.

Fuente/Autor: Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma | Fuente: Catholic.net

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