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Sé un río

27 de enero de 2020

El río corre solo. Va siguiendo su camino. No necesita que lo empujen. Para un poco en los remansos, se da prisa en los deslizamientos, se precipita en las cascadas, se desliza mansito en las bajadas, pero en medio de todo eso vas para el frente.
El río no sabe echarse para atrás. Su camino es seguir al frente y victorioso, abrazando a otros ríos, va llegando al mar. El mar es su realización. Es llegar al punto final, es haber hecho un camino, es haber realizado su destino.

La vida de nosotros debe ser llevada del mismo modo que el río.
Dejar que corra como debe correr: sin apresurar, sin detener, sin tener miedo de calmarse y sin evitar las cascadas.

Correr del mismo modo que el río, en la libertad que da la vida, sabiendo que hay un punto de llegada. La vida es como un río. ¿Para qué apresurarse? ¿Por qué correr si no hay necesidad? ¡Por qué empujar la vida? ¿Por qué querer llegar antes de haber comenzado?

La naturaleza no tiene prisa, va siguiendo su camino. Así es el árbol, así con los animales. Todo lo que es hecho con prisa pierde el gusto y el sentido. La fruta forzada a madurar antes del tiempo pierde el gusto. Los animales engordados apresuradamente, pierden el sabor.

Todo tiene un ritmo, todo tiene su tiempo. Y entonces ¿por qué apresurar la vida de la gente?
Desea ser un río, libre de los empujones de los otros y de los míos propios.
Libre de las contaminaciones ajenas y de las mías.

Río original, limpio y libre. Río que escogió su propio camino.
Río que sabe que tiene un punto de llegada.
Sabe que el tiempo no interesa, no interesa haber nacido a mil o un kilómetro del mar. Lo importante es decir: “¡Llegué!” Y porque llegué, estoy realizado.

¡Cómo es bueno vivir del modo que hace un río!

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