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Mundo Misionero Migrante

Resurge la población indígena en NL debido al fenómeno migratorio

27 de enero de 2020

Como en otras partes del país, muchos sobreviven de la mendicidad; son explotados y discriminados.

El gobierno estatal calcula que hay 30 mil; otros reportes indican que la cifra rebasaría 100 mil

En Nuevo León viven miles de indígenas que hablan 56 de las 62 lenguas que hay en el país. En la imagen, mazahuas asistentes a una asamblea de migrantes indígenas FOTO Afp
Monterrey, NL, 2 de septiembre. Exterminada por los conquistadores españoles y sus descendientes, la población indígena ha resurgido en Nuevo León, como resultado de la ola migratoria en el país.

Según el Censo General de Población y Vivienda, en el estado se hablan 56 de las 62 lenguas indígenas que hay en el país. En 2000 se informó que aquí viven 18 mil 873 indígenas, es decir, 0.5 por ciento de la población estatal, de 3 millones 834 mil 141 habitantes. Pero para el gobernador Natividad González Parás, esa cifra alcanzaría actualmente al menos 30 mil.

La misma presidenta del Consejo de Desarrollo Social, Alejandra Rangel, asume que hay un subregistro, porque muchos, para defenderse de la discriminación, no aceptan abiertamente su origen, o porque su estancia es temporal, como los huicholes, que sólo vienen a realizar algún trabajo o a vender sus productos y regresan a sus comunidades.

Pero hay cálculos de que la población asentada y la flotante podría ser hasta de 100 mil. Gustavo García Rojas, investigador de la Universidad Autónoma de Nuevo León, dice que los nativos de la entidad, que vivían como nómadas, sufrieron el exterminio, la esclavitud o, en el mejor de los casos, la “aculturación” con el dominio de la corona española.

Monterrey fue fundada el 20 de septiembre de 1596 por pioneros españoles, al tiempo que se inició el exterminio de la población indígena, cuya plenitud se dio en el siglo XIX.

A partir de ahí, sostiene García Rojas, autor del ensayo Migración y desmemoria. La ciudadanía étnica en Monterrey, una de las características que caracterizaban al regiomontano era su cercanía racial blanca, frente a la lejanía india e inclusive mestiza, identidad que después sería definida por la cercanía geográfica con Estados Unidos, “modelo de sociedad que las elites dominantes establecieron como meta del desarrollo”.

Pedro González Gómez, mixe de Oaxaca y miembro del Consejo Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indios (CDI), sostiene que la migración en la época contemporánea empieza básicamente en los años 40 con el programa Bracero, pero también fue en esos años cuando surgió la industrialización en las ciudades de Monterrey, Guadalajara y México, fenómeno que demandó abundante mano de obra, así que muchos indígenas abandonaron sus comunidades en busca de mejores oportunidades.

Así como en Estados Unidos los campesinos y migrantes mexicanos en general desempeñan los trabajos más rudos, sucios y mal pagados, que comúnmente rechazan los anglosajones, en la zona urbana de Monterrey los indígenas se ocupan de las tareas más pesadas y con los salarios más bajos: los hombres como peones de albañilería, jardineros o cargadores en los mercados, y las mujeres en el servicio doméstico. Los demás sobreviven con la venta de dulces, semillas o artesanías, y unos cuantos, sobre todo los más viejos o que tienen mayores dificultades con el idioma español, se refugian en la mendicidad.

En la colonia Héctor Caballero, municipio de Benito Juárez, al oriente de la zona metropolitana, se localiza un asentamiento de 65 familias de mixtecos, que lintentan reproducir los usos y costumbres de San Andrés Montaña, el pueblo que dejaron durante hace diez años en una de las tantas sierras de Oaxaca.

Por los patios de los terrenos y en las calles sin pavimentar, deambulan gallinas, guajolotes, perros y puercos; aunque sus lotes miden apenas 20 por ocho metros, en promedio, algunos utilizan la mayor parte para el cultivo de maíz, calabaza, chile y otras plantas que rodean sus pequeñas casas.

Mientras carga a uno de sus nietos, sentada frente a su jacal de láminas galvanizadas y tablas viejas, Lucía Vázquez denuncia que las autoridades municipales de San Pedro, Guadalupe, Benito Juárez y Monterrey no los dejan vender en las calles las bolsas de mano y figuritas de plástico de colores que tejen, porque lo prohíben los reglamentos municipales.

Víctimas de la extorsión de policías e inspectores de comercio, los mixtecos, como pueden, llevan el sustento a sus familias y aunque la vida es dura en Nuevo León, Lucía Vázquez pone rictus de alarma cuando se le pregunta si desearía volver a San Andrés Montaña.

“Sí extraño, pero ya no quiero recordar, allá no hay qué comer, se pasa mucha hambre, sólo te-níamos nopal y frijol, a veces arroz, aquí hay todo”, dice la mixtec, de 50 años, quien no obstante, confiesa que si hay dinero, van sólo de visita en alguna fecha especial como Navidad.

Su hija Beatriz se queja de que las autoridades del DIF estatal y de los municipios metropolitanos se ponen muy severos, porque no permiten que traigan a sus hijos con ellas, y hay varias madres a las que se los han quitado, para llevarlos a los denominados “centros Capullo” para atenderlos bien”.

Sucede que los de sistemas municipales de Desarrollo Integral de la Familia (DIF) desconocen la cultura indígena y campesina, donde los niños prácticamente desde que empiezan a caminar se inician en el trabajo, realizando labores de acuerdo con su edad, explica la coordinadora del CDI, Carmen Alvarez Juárez.

En el mismo municipio de Benito Juárez, pero en la colonia Arboledas de los Naranjos, se han asentado 40 familias nahuas, mientras en las colonias Genaro Vázquez y Lomas Modelo, del municipio de Monterrey, existen 220 unidades familiares de la etnia otomí, que reciben apoyo político y de gestoría del Partido del Trabajo.

Hay también 63 mazahuas residentes en las colonias Emiliano Zapata y La Amistad, en los municipios de Escobedo y Monterrey, respectivamente, informó Alejandra Rangel Hinojosa, presidenta del Consejo de Desarrollo Social del gobierno de Nuevo León.

Para el investigador Abrahan Nuncio, autor del libro El Grupo Monterrey, una radiografía de la clase empresarial regiomontana, la situación que sufren los indígenas en la ciudad es un fenómeno similar al que ocurre con nuestros “paisanos” en Estados Unidos.

Si este proceso no ha sido estudiado lo suficiente, dice, es porque “aquí no tenemos antropólogos”, y ello indica “el poco interés de las autoridades por fenómenos que no embonan con su idea de progreso de primer mundo, de clase mundial… Para las buenas conciencias regiomontanas, los indígenas son seres invisibles y simplemente útiles en lo que representa su fuerza de trabajo, son incómodos desde luego, y siempre lo serán por su color, por sus usos y costumbres; los verán como ajenos”.

En la colonia Héctor Caballero, del municipio de Benito Juárez, se construirá un Centro Social Comunita- rio que beneficiará a la población mixteca, con inversión de 10 millones de pesos aportados por la Oficina de Representación para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, a cargo de Xóchitl Gálvez.

En el citado centro habrá aulas para la enseñanza de la lengua mixteca (no educación formal), espacio para talleres productivos, una sala polivalente para eventos de la comunidad y una guardería para los hijos de las familias, porque tantp hombres como mujeres trabajan.

Fuente/Autor: DAVID CARRIZALES CORRESPONSAL – La Jornada

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