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Reflexión de Navidad

27 de enero de 2020

01. Dios se encarna en lo humano

“Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Jn 1)

Humano es amar. Con pasión, con locura, con deseo. Y aprender a ir haciendo de ese amor una historia. Y aprender que el amor se ofrece primero, y lo das (aunque no te lo acepten), pero no exige nada a cambio. Humano es llorar, cuando se te tuercen los días o las dificultades son grandes; pero humano es también confiar en que alguien acunará tus zozobras y abrazará tus desvelos.

Humano es recorrer todos los lugares, y aun así seguir aspirando a algo nuevo. Es humano alzar la vista, invencible, aunque todo invite a la rendición. Es humano, en fin, el latido de un corazón capaz de vibrar con otros. Un corazón como el que empieza a latir en una noche fría, que atravesada por la Vida se hace noche buena.

¿Qué es lo más pequeño insignificante de tu vida?
¿Quiénes son las personas que “pintan” menos en tu horizonte cotidiano?
¿Te atreves a pensar que quizás ellos son quienes mejor te pueden hablar de Dios?

02. Dios se encarna en lo pequeño

“Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo, el cual, siendo Dios, se despojó de su rango y se hizo uno de tantos…” (Flp 3)

Lo pequeño a los ojos de este mundo es, sin embargo, inmenso en Dios. Una cuadra, un pesebre, los pastores, el hogar de un carpintero en un país ocupado, una familia pobre…

Lo pequeño es lo que pasa desapercibido, el gesto sencillo, el regalo anónimo, el cariño puesto en las historias cotidianas, el afán de superación, la atención a los rotos, la visita inesperada a quien se siente solo, la broma que alegra una tarde muerta, el desvelo para acompañar a quien está un poco roto. Lo pequeño es enorme en Dios.

¿Qué es lo más pequeño insignificante de tu vida?
¿Quiénes son las personas que “pintan” menos en tu horizonte cotidiano?
¿Te atreves a pensar que quizás ellos son quienes mejor te pueden hablar de Dios?

03. Dios se encarna en lo herido

“Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio en la posada” (Lc 2, 6-7)

Lo vulnerable (y vulnerado) es visitado por Dios. Aquello que a veces duele más. La historia que acabó mal. El desengaño. El fracaso. La pérdida que nos dejó sin saber qué hacer. Las vergüenzas y complejos que atenazan la vida. Los reproches que aún duelen.

Las fuentes de lágrimas amargas. Los miedos que impiden vivir a fondo. La melancolía que pone sordina al gozo. Las soledades vacías. En todas esas estancias se hace carne un Dios que viene a traer sanación (que eso es la salvación, ¿no?). ¡¡¡GLORIA!!!

¿En qué heridas te hace falta Dios?

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