“La comunión es la fuente de la cual el alma saca el agua que sube hasta la vida eterna”.

Beato Juan Bautista Scalabrini
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QUE ALGUIEN ME ESCUCHE

27 de enero de 2020

Que alguien me escuche

Cuando tenemos la Convivencia de Pascua, usualmente presentamos una serie de sociodramas; y hay algunos como éste de “¡Qué Alguien me Escuche!” que llama particularmente la atención por su naturaleza, y porque a veces hay que “echar un volado” para ver quien representa a la mamá y a la novia de la obra, que tienen un papel decisivo en la historia. Este sociodrama se me ocurrió hace mucho tiempo, una vez que me sentía incomprendido y que pensaba que nadie me escuchaba.
Para ser sincero, queridos JSF, nunca llegué a pensar en el auge que este sociodrama tendría, ni los efectos que produciría no solamente en la Convivencia, sino que ha sido presentado en algunos grupos juveniles con resultados similares.
Pero no estamos aquí para hablar del éxito o no del sociodrama, porque no ganó ningún premio ni era esa su finalidad, sino que el tema del sociodrama me parece un tema muy actual. Tenemos un serio problema en este mundo, bueno, tenemos muchos; pero hay uno que me preocupa: no sabemos escuchar.

OÍR Y ESCUCHAR SON DOS REALIDADES DISTINTAS

Aunque hijos de un mismo padre: el oído, son totalmente diferentes. Uno conlleva al otro aunque no sean correlativos. Es decir, se puede oír sin escuchar, pero escuchar presupone oír.
Durante el día, somos “bombardeados” por una gran cantidad de estímulos auditivos. Ahora mismo al estar escribiendo este artículo, puedo percibir el ruido de los pájaros en una jaula cercana a mi oficina, como el ruído de la podadora de pasto que Toño, nuestro jardinero, maneja con habilidad, mientras le da “una manita de gato” al jardín. Dentro, mi oficina está impregnada por la melodiosa voz de Cindy Lauper en un disco con canciones de Blues que ella grabó últimamente. A estos tres sonidos se unen una serie grande de otros, los cuales apenas percibo o me niego a percibir. Esto es lo que hace la diferencia: Uno elige cuáles sonidos desea escuchar. Uno elige a cuáles quiere uno prestar atención.
El ruido de la podadora no tiene nada que ver con el canto melodioso o con la música de los pájaros. Y yo puedo dejar de prestar atención a ese ruído. Sin embargo, cuando la podadora se acerca a la oficina, el ruido absorbe los otros dos y solamente se escucha el monótono zumbido de la maquina.
En nuestra vida pasa igual. Hay sonidos que de por sí, sobresalen sobre otros. Hay sonidos, voces o ruidos que captan más nuestra atención. Hay otros que nos aturden, otros que nos confunden. Otros sonidos tiene la particularidad de cautivarnos por lo dulce, o armonioso, o melódico, y se vuelven un deleite para nuestros oídos.

LA VOZ DE DIOS ES DULCE Y FUERTE

La Voz de Dios tiene una particularidad: es una voz melodiosa, armónica que nos habla de su amor, de la bondad, de la belleza. Es una voz que nos cautiva, que nos atrapa, que va impregnando nuestro oído y que nos mueve a un segundo paso: llega al corazón.
Ahí la historia cambia: no solamente la oímos, pero somos llevados a escucharla. Entonces nuestra vida se mueve en otra dirección. Ahí, nuestra vida puede cambiar de rumbo, y la Voz misma de Dios parece tomar otro matiz: se vuelve un llamado fuerte. Ya no nos habla solamente de la bondad, del amor y de la belleza. Nos habla del dolor de nuestros hermanos y hermanas, del sufrimiento, del hambre, de la violencia, de la guerra, de la migración, de la pobreza.
Entonces la Voz de Dios se vuelve pesada, se hace fuerte, cambia de tono. Nos pide una respuesta. Esto encierra una nueva actitud: entonces tratamos de “escuchar” otras voces. Seleccionamos una nueva “pista” que no nos incomode tanto, que no nos exija tanto y que no nos llame a comprometernos.
Y nuestro mundo y sociedad están más que puestos para ofrecernos una serie de melodías más armoniosas, o una serie de ruidos que nos mantengan como en un trance ilusorio que evita que la Voz de Dios “lastime” los oídos de la comodidad, del individualismo, del egoísmo, del hedonismo, del bienestar. El movimiento es muy fácil: basta subir el volumen de estas voces para callar la Voz de Dios.

¡QUÉ ALGUIEN ME ESCUCHE!

Entonces Dios toma la iniciativa y parece lanzar esta exclamación: ¡Que alguien me escuche! Que haya jóvenes capaces de escuchar en medio de tanto ruido y de tanta confusión el llamado de Dios a la vida y a la construcción del Reino.
Dios sabe que vivimos un nuevo Babel, que no sabemos escuchar porque nos hemos acostumbrado a ir recibiendo estímulos auditivos y visuales sin hacer una elección de lo mejor para llevarlo a cabo.
Es muy interesante cuando asisto a alguna reunión y que comienzan los malentendidos, y sobre todo cuando muchos de ellos suceden porque no escuchamos. Entendemos una cosa por otra, contestamos con algo diferente y quien no nos escucha, interpreta otra cosa, y así vamos hasta que terminamos sin saber “quién le pegó a Lucas.”
Con Dios nos pasa igual. Entendemos su mensaje de forma muy distinta, luego le respondemos con algo totalmente diferente, y ahí vamos, en medio de la confusión.
Para muchos jóvenes y muchas jóvenes, la voz de Dios se vuelve tan monótona y molesta como el zumbido de la podadora que hace 15 minutos que dejaron de usarla y todavía siento el zumbido en los oídos. Entonces tenemos que recurrir a otros medios para alejar la Voz de Dios de nuestras vidas. Y entonces vienen actitudes de indiferencia, de desinterés, de alejamiento, o tratamos de hacer un ruido más fuerte que aquello que consideramos amenazante. O tratamos de usar “orejeras” que eviten que el ruido de la Voz de Dios “llegue a nuestro corazón.”

ESCUCHAR PUEDE CAMBIAR NUESTRA VIDA

Ciertamente, cuando asimilamos algo, lo hacemos nuestro. Escuchando las canciones que Cindy Lauper está cantando, mientras escribo este artículo, me mueve interiormente, y me descubro riendo con algunas de ellas o me mueve hacia diferentes emociones. Esto es porque al prestar atención a la letra o al timbre de su voz, me siento afectado por lo que escucho, entonces me muevo hacia un sentimiento y hacia un juicio de respuesta: puedo apagar el aparato o puedo seguir escuchando para disfrutar de la melodía.
Lo que decida hacer afectará de alguna forma mi existencia aunque sea en este momento. Así sucede con la Voz de Dios. Si decido escucharla atentamente y me dejo envolver por ella, va a afectar mi vida y me llevará a responder de forma adecuada a las necesidades de mis hermanos y hermanas, y sobre todo intentar ser portador de esta voz para que otros la escuchen.
Si dentro de todo descubro la dulzura del llamado como lo he hecho en este primer año como sacerdote, entonces el deseo de compartirla se vuelve mucho más grande y me impele a hacer acciones concretas para que muchos jóvenes y muchas jóvenes puedan sentir sus oídos ser movidos por esta voz.
Si decido apagar el sonido, esto no solamente “afectarᔠmi vida, sino que será capaz de afectar la historia, pues las necesidades de las personas continuarán, y yo seguiré ajeno a ellas. Por ello, te invito a ti JSF que lees este artículo que prestes atención a la Voz de Dios que pide ser escuchado, que dejes que esta Voz dulce y fuerte toque no solamente tu oído, sino tu corazón y que respondas del modo que crees que Dios quiere para la instauración del Reino.
Recuerda que no estás solo, ni sola. Hay muchas personas de buen corazón que pueden ayudarte a discernir la Voz de Dios entre tanto ruido.

Fuente/Autor: Padre Chan, cs

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