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Proceso formativo de los discípulos misioneros

27 de enero de 2020

En preparación al X Conajum (Congreso Nacional Juvenil Misionero) en Tepic.

Aspectos y criterios generales: El proceso formativo de los discípulos misioneros

Ser discípulos misioneros en América Latina y El Caribe exige una gran responsabilidad. Por principio de cuentas, requiere sensibilidad y capacidad de discernimiento para poder descifrar los procesos sociales, culturales e incluso políticos por los que atraviesa la sociedad en la que nos encontremos insertos. Exige, asimismo, una gran fidelidad a la vocación cristiana a la que hemos sido llamados, pues podría ser relativamente sencillo desviar el rumbo de nuestro modo de responder al llamado que Jesús nos ha hecho. Por último, exige una formación sólida y permanente que nos ayude a saber descifrar los signos de los tiempos desde los cuales daremos el seguimiento a Jesús quien es el modelo a seguir, porque sólo Él se nos ha presentado como el camino, la verdad y la vida.

Kerygmática, integral y atenta a dimensiones diversas

Pero, ¿cómo sabemos que nuestra formación de discípulos misioneros está marchando bien? En primer lugar, debemos tener confianza en nuestros pastores: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y diáconos, que son personas preparadas que ya han recorrido una gran parte del camino del que busca seguir a Cristo Jesús. Ellos siempre están dispuestos a acompañarnos en nuestros primeros pasos en la fe. Y, en segundo lugar, debemos darnos cuenta de que nuestros obispos nos dan una gran orientación en el Documento de Aparecida para saber si nuestro proceso formativo como discípulos misioneros marcha bien.

“Integral” quiere decir que debe incluir todos los aspectos de la vida de un ser humano (físico, mental, espiritual, intelectual, afectivo). “Kerygmática” se refiere a la fuerza del primer anuncio de la Buena Nueva, es decir, la fuerza del Espíritu y la Palabra que contagia a las personas y las lleva a escuchar a Jesucristo”.

Debe ser atenta a dimensiones diversas. Esto quiere decir que tiene que acompañarnos en todas las áreas o dimensiones en que nos desenvolvemos en la vida diaria. Los obispos señalan cuatro dimensiones: a) La Humana y Comunitaria, b) La Espiritual, c) La Intelectual, y d) La Pastoral y Misionera. (Cfr. DA, n. 280).

Una formación personal

Lo que no se ha de perder de vista es el énfasis en la persona y en el tipo de formación que con ella ha de propiciarse. Ha de buscarse en la diócesis un proyecto orgánico de formación que tenga en cuenta todas las fuerzas vivas de la Iglesia particular, con la finalidad de que se ofrezca la visión de conjunto, así como la convergencia de las diversas iniciativas. El obispo es quien debe cumplir con su tarea de supervisar dichos procesos integrales.

Ha de vigilarse que la formación sea aquella que contemple el acompañamiento de los discípulos, y que esté consolidada en la espiritualidad de la acción misionera. Debe contemplar, asimismo, el acompañamiento de los discípulos. Nadie se forma como discípulo misionero a sí mismo; este largo camino debe hacerse en compañía de otros y también con la ayuda de otros.

Formándose en una espiritualidad de la acción misionera

Nuestra formación como discípulos misioneros debe enseñarnos a escuchar al Espíritu Santo, a obedecerlo y a ser dóciles a Él. De esta manera, somos impulsados a llevar a cabo en la práctica todo lo que hemos aprendido. Todo “discípulo misionero, movido por el impulso y el ardor proveniente del Espíritu, aprende a expresarlo en el trabajo, en el diálogo, en el servicio, en la misión cotidiana”. ¿Sabías que todos los que somos bautizados estamos llamados a participar de la vida y de la gloria de Dios Padre?

Jesús nos llama para que nos encontremos con Él; para que convivamos con Él, pues Él es quien nos elige para que estemos cerca de Él, aprendiendo y después enviarnos a predicar. ¿A ti no te gustaría ser parte de los discípulos de Jesús y participar en su misión?

La santidad es una invitación a actuar

Al participar en esta misión evangelizadora, el discípulo misionero camina hacia la santidad. ¡Pueden ver cuán fácil se puede lograr la santidad!; la santidad no es una fuga hacia adentro de nosotros mismos, hacia el individualismo religioso o hacia un mundo exclusivamente espiritual; sino que es una invitación a actuar ante los problemas que hoy se nos presentan en la realidad. Jesús nos invita a anunciar su Evangelio siendo santos discípulos misioneros.

Jesús, cuando empezó a predicar el Reino de Dios, fue conducido por el Espíritu Santo al desierto para prepararse para su misión (Cfr. Mc 1, 12s), oró y ayunó mucho para comprender lo que su Padre quería. Espíritu Santo, que actúa en Jesucristo, es también enviado a todos nosotros en cuanto

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