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PASCUA ES LIBERACIÓN

27 de enero de 2020

Los Judíos celebran y celebraban desde los tiempos de Jesús y antes de ello, la Pascua, es decir el momento en el que fueron liberados por Dios de la esclavitud de Egipto y fueron conducidos a través del Mar Rojo hacia la Tierra Prometida. Esto sucede en una de las escenas más bellas del Antiguo Testamento en el que el poder del Dios de Israel quedó de manifiesto logrando lo que era la liberación de su pueblo para establecer posteriormente una alianza de fidelidad para siempre.
Sin embargo, a diferencia de las películas en las que todo ocurre rápido, la liberación y la alianza con Israel no ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, fue necesario un proceso de liberación, y al mismo tiempo un proceso de purificación para que Israel estuviera listo para establecer la Alianza con Dios que se dio más tarde en el Monte Sinaí.
Cuando Jesús de Nazaret murió en la cruz, había establecido una relación personal con un grupo de personas que lo seguían y con los que compartía a diferentes niveles sus enseñanzas. Jesucristo tuvo también la vivencia de la Pascua, pues murió por nuestros Pecados y Resucitó a la Vida para darnos vida a nosotros. Su Pascua se volvió nuestra Pascua y nos liberó de las ataduras del pecado y de la muerte.
Sus apóstoles y sus discípulos necesitaron también de un proceso de purificación y asimilación de la experiencia vivida para entender su propia Pascua y su propia Liberación para seguir adelante.
Necesitaron abrirse a una experiencia de Dios que se dio en Pentecostés para poder vivir el Mensaje de Cristo y lanzarse a la predicación no solamente del Mensaje sino también de su propia experiencia de Dios y convencer a otros de querer vivir una experiencia similar.

Tenemos nuestras propias ataduras

En nuestra vida, nosotros hacemos pocas veces conciencia de nuestras ataduras reales; como hijos e hijas de nuestra época, vivimos un mundo de realidad virtual en el que nuestras ataduras reales se ven ocultas por ataduras más super-ficiales que no nos permiten llegar al fondo de nuestra realidad.
El Pueblo de Israel en su Éxodo hacia su liberación se quejó muchas veces de la falta de alimento, del sol, del cansancio, como si esto fuera la realidad más dura de su peregrinar sin enfrentar
de fondo su propia atadura y su dificultad para establecer una alianza con un Dios que permanece siempre fiel a su Palabra. En nuestras vidas, las ataduras no nos permiten acercarnos a la experiencia de este Dios que quiere liberarnos pues es preferible vivir en la comodidad de nuestras decisiones que enfrentar una búsqueda profunda de liberación y vida nueva.
Nos sentimos atados al dinero, a la comodidad, al lujo, a la mediocridad, a la superficialidad, a la posición social, al prejuicio, a la falsedad, a la mentira, a la corrupción, al egoísmo, a la falta de optimismo, a la apatía, y a un sin fin de cosas, que no nos gustan, pero que caminamos atados a ellas.
La gran mayoría de los casos, no nos damos cuenta de estas ataduras. Nos parecen tan obvias que difícilmente las reconocemos, y por ende, difícilmente es que queremos cortarlas. Y es que una característica de las ataduras es que se han vuelto tan parte de nuestra vida que pasan desapercibidas. Tal parece que no existen, nos envuelven tan bien que no nos damos cuenta de lo que pesan en nuestra vida.

Difícil es la nueva experiencia de liberación

Pienso que al Pueblo de Israel no le asustaba tanto haber dejado Egipto como aparentan las la-mentaciones en el camino por el desierto, sino el temor de enfren-tarse a lo desconocido. No es tanto el temor de lo que vamos a dejar al liberarnos sino el temor de no saber qué va a pasar si enfrentamos una vida nueva.
Platicando con jóvenes es muy triste descubrir a nivel voca-cional que el miedo no es a dejar lo que se tiene más grande del miedo a lo que vendrá. Este temor de no saber qué más hay que arriesgar y dejar, el temor de ya no caminar por lo seguro, sino por un nuevo camino de compromiso es lo que no permite afrontar las decisiones vocacionales, cualesquiera que ellas sean.
Muchas veces la atadura principal son los papás. La autoridad de los papás sobre los hijos para la decisión vocacional es muy grande. Desilusiona encontrar un joven o una joven que depende afectiva, emocional, social y humanamente de su papá o su mamá. Papás o mamás que “toman” decisiones por los hijos o hijas sin que ellos puedan romper esta atadura.
Y cuántas veces el miedo de enfrentar decisiones propias es el que los frena, los reprime y los lleva a vivir una vida artificial con una falsa alegría y realización vacía.
La experiencia de liberación aterra porque no sabemos qué vamos a hacer con nuestra nueva condición de personas libres capaces de optar por aquello que queremos y que sabemos que nos va a realizar. Aterra pensar que hay que enfrentar no solamente convencionalismos sociales o parámetros establecidos de conducta, sino saber que hay que enfrentar nuestros propios fantasmas, nuestros miedos e inseguridades.

¿Para qué resucitaste, Señor?

Esta pregunta no surge como una reclamación sincera de contraponer el Plan de Dios sino como el clamor de quien se siente incapaz de enfrentar procesos de cambio y resurrección en su propia vida. La pregunta no encierra el cuestionamiento del Plan de Dios sino las consecuencias de liberación que este cambio encierra.
La Resurrección de Jesús cuestiona y reta nuestra propia resurrección. La Resurrección de Jesús más allá de ser un hecho fundacional de nuestra religión, es una invitación a nuestra adhesión a su Vida, su nueva Vida y un llamado a nuestra misión.
La invitación de Jesús a Magdalena no fue la de solamente alegrarse por el hecho de la resurrección sino el llamado a una nueva misión: “Ve a tus hermanos y diles que los veo en Galilea” (cfr. Mc 16:7) En ese momento María Magdalena quien había escuchado su nombre como la afirmación de una nueva vida salió presurosa a buscar a los discípulos para dar la Buena Nueva.
Los discípulos de Emaús confrontados por la Resurrección de Jesús “regresan” a Jerusalén para compartir la experiencia con los demás, luego de experimentar un nueva vida y verse liberados de sus propios temores de haber vivido una experiencia efímera en el acompañamiento a Jesús en su vida. María Magdalena tuvo que asumir su nueva condición, de ser una seguidora de Jesús, y sanada por Él al liberarla de siete demonios, a anunciadora de la Resurrección. Enfrentó su pasado y su liberación.

La Resurreción de Jesús es nuestra liberación

Más allá del mensaje que escuchemos en la Iglesia en la Vigilia Pascual que nos hablará de este paso de nuestra experiencia de muerte y pecado a la experiencia viva de quien ha querido manifestarse delante de nosotros como el Señor de nuestras vidas, la Pascua debe volverse una experiencia de encuentro con nuestra vida, de experiencia de nuestras ataduras llamándolas por su nombre, de tocar el fondo de nuestra vida, es decir de hacer experiencia de muerte y dejar que Jesús con su Vida corte las ataduras para darnos una nueva misión.
Vocacionalmente, esta Pascua nos invita a caminar en la vida nueva, la vida de liberación en Cristo. La Pascua nos invita a salir de nuestros sepulcros, muy bien fabricados y remover las piedras que los cubren para “ir a Galilea” a encontrarnos nuevamente con Jesús. Él, que ha resucitado a la Vida, nos dará la vida para testimoniar su amor.
Esta Pascua tiene que ser experiencia viva de resurrección, no la repetición de ritos sin dejar que penetren nuestra vida, rompan nuestras ataduras y nos impulsen a la misión: la de anunciar a un Cristo Resucitado que ha resucitado en nuestra vida y nos ha hecho resucitar a un nueva experiencia de Dios.

Padre Chan, cs

Fuente/Autor: Padre Chan, cs

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