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Mundo Misionero Migrante

Obligados a trabajar para sobrevivir

27 de enero de 2020

Cientos de familias del sur del país llegan cada temporada de cultivo y cosecha a los campos de Sinaloa. Debido a su situación precaria, los menores tienen que ayudar con la manutención.

Lunes 30 de abril de 2007

CULIACÁN, Sin.

Para Otilia Hernández Medina, una madre de la zona mixteca de Oaxaca que junto con su familia es contratada para trabajar en los fértiles valles agrícolas de Sinaloa, el salario de su hija Luz María, de 11 años, constituye una parte importante del sustento del hogar. La menor, quien ha venido a trabajar desde hace tres años, aporta 462 pesos semanales al ingreso de los suyos.
En esta ocasión, con motivo de la cosecha de los cultivos de invierno, Luz María trabajó casi medio año en la entidad.

El gasto semanal de esta familia, sólo en alimentos, varía entre los 700 y 960 pesos. Y es que en el comercio donde le fían a Otilia, los precios de los productos son muy caros, de ahí que es obligación que todos los mayores de ocho años de este núcleo de parientes trabajen para solventar los gastos, además de ahorrar para “tener un pequeño guardadito”.

Sin la participación económica de Luz María, una chica de baja estatura y cuerpo frágil que la hace aparentar menos edad, el sacrificio que realizan estos migrantes oaxaqueños cada año en Sinaloa, seria efímero. Sin la aportación de la niña, según narra la madre, no podrían cubrir su estancia aquí y juntar algo de dinero adicional que les permita volver a su pueblo con cierto capital.

Esta familia sureña, cuyo padre se quedó en Oaxaca, se aloja en humildes galerones, construidos de madera y láminas de cartón, en la sindicatura de Villa Juárez, en el municipio de Navolato. Esta demarcación concentra el mayor número de asalariados del campo, quienes, cada temporada de cultivo y cosecha de legumbres de exportación, arriban a la región a laborar en los surcos.

Al ser entrevistada, la mujer mixteca se muestra orgullosa de que la más pequeña de sus hijos trabaje desde hace tres años.

Cuenta que como sus dos hijos casados se separaron ya del ámbito paterno, para hacer su propio hogar pero dentro del mismo corredor de galerones, ahora únicamente puede juntar los salarios de sus dos hijas y el suyo. “No hay otra forma de sobrevivir a nuestras penurias aquí”, y después hay que regresar a casa, “con unos cuantos centavos más para aguantar hasta el próximo invierno, cuando volvemos a estos surcos a trabajar”, relata.

50 mil jornaleros

El trabajo de la pequeña Luz María Cisneros, quien esta temporada laboró durante casi seis meses, consiste en desyerbar y recolectar tomate rojo y chile. Esto, a cambio de un sueldo de 76 pesos al día.

Con parte de lo que ganó, la niña se compró dos pares de zapatillas, unas blusas y una falda. El grueso de su salario lo destinó a pagar en la tienda, donde su familia adquiere alimentos.

En esta zona se llegan a concentrar hasta 50 mil jornaleros procedentes de Oaxaca, Guerrero, Michoacán y Jalisco. Y esta migración encarece todo, fundamentalmente los alimentos. Aquí el kilogramo de tortilla fluctúa entre nueve y 10 pesos; el de frijol, según la variedad, supera los 30 pesos, y el de carne 80 pesos. Los refrescos de cola de dos litros cuestan más de 20 pesos

A Otilia Hernández, quien desde hace 16 años viene a pasar hasta seis meses a partir de septiembre, cada ocho días, su patrón le da un manojo de leña para cocinar en comal, lo que les representa un pequeño ahorro.

Otilia narra que todos sus hijos -dos más aparte de las dos menores que aún viven con ella- a los ocho años se incorporaron a la fuerza laboral de los campos agrícolas de Sinaloa y Baja California.

Nacida en un poblado del municipio de Santa María Mixtequilla, habla de lo duro que es ganar el dinero en jornadas de hasta 12 horas diarias en los campos agrícolas y de los abusos por parte de comerciantes.

Este año, su marido, Feliciano Cisneros, no los acompañó, ya que le tocó quedarse en Oaxaca a cuidar el magro patrimonio que poseen.

Luz María, relata su madre, estudió hasta tercero de primaria. Dice que desea que la menor termine la instrucción básica, pero eso sucederá cuando el patrón y el gobierno le ayuden con becas en efectivo y despensas, para así suplir la parte económica que aquélla dejará de aportar.

A pocos días de terminar el contrato familiar de trabajo y preparar su regreso a Oaxaca -viajarán en autobuses contratados por el empresario agrícola-, esta mujer, cuyo rostro y cuerpo lucen fatigados por las largas jornadas de trabajo en los surcos, confiesa que desde hace mucho tiempo Luz María dejó de ser una niña.

Fuente/Autor: JAVIER CABRERA MARTÍNEZ / CORRESPONSAL/El UNiversal

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