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Monseñor Gerardi

27 de enero de 2020

Mañana se cumplen 15 años del asesinato de monseñor Juan José Gerardi Conedera, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Guatemala. Quince años sin él, toda una vida, en los cuales hace falta su presencia en esta Tierra, hundida en la rutina de la violencia. Yo no tuve la dicha de conocerle. Pero fue a partir del vil crimen del que fue víctima, como me interesé por él y empecé a investigar sobre su caso. Aunque no le conociera me dolía en el alma su cruel muerte. Sobre todo al ir conociendo cómo había sido su vida de noble entrega a su religión, a los pobres y su amor a Dios.

No había derecho a cómo lo habían matado. Él, un hombre noble que había predicado con el ejemplo la bondad y la creencia en un Dios bueno, jamás hubiera merecido morir como murió. Le habían dado muerte golpeándole y destrozándole el rostro con una piedra, a causa de que acababa de entregar, el día 24 de abril 1998, en la iglesia de la Catedral, el informe Guatemala, nunca más.

Me interesé de inmediato a ir a los recintos de la Catedral. Solicité documentos sobre su vida y obra. Obtuve el voluminoso libro Monseñor Juan Gerardi, Testigo Fiel de Dios. De inmediato empecé a leerlo y a subrayar todo aquello que me acercaba más al maestro. El coordinador de la obra era (es) el hermano Santiago Otero, a quien tuve el gusto de conocer y hacerme su amiga en mi peregrinación. Pedí los libros-documento sobre Guatemala, nunca más. Tuve la dicha de poder comprarlos, los tres enormes volúmenes que nítidamente lo conforman. Por los corredores andaba nada menos que Nery Rodenas.

Cuando le hablé sobre mi interés acerca de la vida de Gerardi, me miró con cierta indiferencia. Y tenía razón. Yo, que ni católica era, pero cuyas ideas estaban muy cerca de las de monseñor. Ya antes había solicitado la ayuda de su amigo Fernando Penados, que encabezaba un equipo de investigadores en la ODHA, y me había conectado con su gran especialista y sabio, el hermano Santiago Otero, con quien establecí de inmediato una excelente amistad. Recuerdo nuestras reuniones en el Club Italiano. El hermano me proporcionó documentos valiosísimo sobre monseñor. Me entusiasmé y empecé a leerlos y a tomar nota de todo aquello que creía pertinente.

Me senté a la máquina de escribir, y como soy escritora, dejé que la máquina pensara por mí. Me salió una especie de novela, pero adaptada a la vida real de Gerardi.

He de aclarar que sin la ayuda del hermano Santiago Otero hubiera sido difícil escribir mi obra sobre monseñor. El hermano me empezó a hablar de su relación con él y cómo era este. Por ello expreso, al inicio de la obra: Mi gratitud al hermano Santiago Otero por su desinteresada y valiosa ayuda en la elaboración de la presente obra. Para tratar de ser más evidente en lo que relato, empleo la letra cursiva al tomar textualmente los papeles que consulto.

Me parece que un autor no debe expresar algo sobre su obra, pero al releer la mía, observo que es agradable y no merece ningún esfuerzo leerla. Además, está muy bien editada. Es esta mi forma de enaltecer la vida y obra de monseñor Gerardi.

A continuación retomo parte de la obra:

Nada fácil sobrevivir en la zona uno por aquella época. Para responder a la ofensiva guerrillera, el ejército había implantado el terror. Nadie estaba libre de esta temible oleada de violencia, peor aún la Iglesia católica, que estaba bajo asedio desde 1976. Sobre todo aquellos miembros de la Iglesia que habían manifestado su preferencia por los pobres a raíz del Concilio Vaticano II y de las reuniones de Medellín y Puebla, entre 1968 y 1969, respectivamente. Por ello, el obispo de la Diócesis del Quiché, Juan Gerardi, quien trataba de rescatar a los indígenas de la miseria, era una de las próximas víctimas señaladas por el terrorismo. Cualquiera que estuviera en contra del ejército y a favor de los campesinos indígenas, era comunista.

Fuente/Autor: MARGARITA CARRERA

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