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Mi mamá está sobre un árbol

27 de enero de 2020

Mamá fuera de servicio: nada de cocina, limpieza, tareas, monedas o traslados en coche.

En días pasados leí un hecho, publicado en la revista “Familia cristiana” (Ed. Italiana, nº 44, 5 de noviembre de 1997, p. 54), que no me resisto a comentar. Sucedió en el pueblecito de Belleville (USA).

Resulta que una madre de familia “se declaró en huelga” y como protesta se atrincheró entre las ramas de un árbol. En su manifiesto, que pendía del árbol como una fruta exótica, los transeúntes podían leer:“Mamá fuera de servicio: nada de cocina, limpieza, tareas, monedas o traslados en coche”. Esta infortunada madre de familia confesó estar hasta la coronilla de ser la “esclava” en la familia.

Al parecer su esposo e hijos le insistían para que abandonase esa actitud y bajase del árbol, pero ella se no estaba dispuesta a ceder hasta conseguir una correspondencia efectiva. Como en los cuentos de hadas, la madre en huelga obtuvo su “final feliz”: El esposo le echó una mano en el servicio de la casa y los hijos se empeñaron con más esmero en colaborar con ella, evitar caprichos y comportarse como angelitos. Hasta aquí la anécdota.

En primer lugar habría que comprender la resolución de esta buena señora, pues mientras otras tantas, atravesando una situación similar, optan por no encarar los problemas y les dan la vuelta olímpicamente llegando incluso a abandonar marido e hijos, esta “madre en huelga”, por el contrario, reacciona de una manera peculiar, tal vez basta ocurrente. Queda claro que el artículo que leí no describe con detalle la gravedad de los hechos familiares que motivaron a la señora para declararse en huelga, ni tampoco si ella había intentado arreglar sus problemas con otros métodos: suponemos que sí, pero sin resultado. En este sentido, la señora ha procedido con el sincero deseo de mejorar su propia familia haciendo valorar y respetar su valioso papel de madre. Es laudable.

Sin embargo, uno se queda pensado: ¿qué más puede hacer una madre de familia cuando siente que va convirtiéndose poco a poco en la “esclava del hogar”? ¿Seguir en ese estado sin quejarse o, por el contrario, declararse en huelga y subir a un árbol?… El papel de una madre de familia entraña siempre una mezcla de amor y de sacrificio. Sólo Dios sabe cuánto debemos a nuestras madres: sus caricias y sus lágrimas, sus consejos y advertencias, sus silencios y sus risas. Ella nos ha acompañado en cada paso de nuestra vida. Y no cabe duda que el amor de una madre llega en ocasiones al heroísmo.

La crisis actual de las familias ha sido en gran parte consecuencia de la crisis de la madre de familia. Por desgracia, muchas jóvenes no han recibido una buena educación y llegan mal preparadas para verse de un día a otro al frente de una familia. A veces uno se encuentra con hijos educados muellemente, niños a quienes se les concede todo capricho y comodidad. A veces uno conoce madres que están más preocupadas por sus vanidades materiales, por la tertulia con las amigas, por coqueteos peligrosos, que por sus propios hijos y marido. Pero esto no es lo más normal, gracias a Dios.

La “mamá modelo” es la que sostiene la mayoría de nuestros hogares. Es esa buena señora que por desgracia no aparece en las primeras páginas de los diarios porque no causa escándalo. Es esa mujer que vigila con amor el sueño de sus hijos y la fidelidad a su esposo desde el primer día. Esa mujer firme en la adversidad, sensible ante la dificultad ajena, atenta para aprovechar las diversas circunstancias de su vida, desprendida de sí, valiente y bondadosa. Esa mujer que sabe educar y formar a sus hijos primero en el amor a Dios y después en la entrega generosa a los demás: que enseña a sus hijos a dar limosna al pobre, a compartir sus bienes con los compañeros -especialmente con los menos favorecidos-, que los motiva para expresarse siempre bien de todos, para perdonar toda ofensa y alejar de sus corazones todo rencor, malquerencia o envidia. Esa mujer, rica de intuición maternal, que forma a sus hijos en el orden, en la responsabilidad, en la fidelidad a su conciencia y en la adquisición de una voluntad recia. Esa mujer que comprende el valor de compartir con su esposo e hijos los mil pequeños gozos y sufrimientos de cada día en el seno del hogar. Esa mujer que guía con su ejemplo: sus hijos aprenden de su boca palabras de bondad y de respeto; aprenden de su comportamiento, la lealtad y el esfuerzo; aprenden de su entrega, la fe en Dios y el amor al prójimo.

Una mujer así, en mayor o menor medida, todos la vemos encarnada en nuestra propia madre. Hay que rezar al cielo para que florezca siempre el amor maternal, hecho de fortaleza y de ternura. Y…. si alguna vez necesita subir a un árbol y “declararse en huelga”, no será sino un nuevo reclamo de ese amor maternal que espera colaboración para ser más intenso y fecundo. La ocurrente señora de Belleville gozó su final feliz porque hizo probar por un momento a su esposo e hijos el hueco insondable de su ausencia.

Fuente/Autor: Álvaro Correa | Fuente: Catholic.net

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