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¡LEVEN LAS ANCLAS!

27 de enero de 2020

“Leven las anclas” es un grito que siempre me ha llamado la atención. Tal vez porque aunque tengo miedo al agua, la vida de los vikingos, marineros y los piratas siempre me ha cautivado desde niño. Levar anclas es quitar al barco los frenos para que pueda ir mar adentro donde está llamado a cumplir aquello para lo que fue creado.
Me gusta mucho manejar las imágenes para poder expresar de forma gráfica los pensamientos y las ideas a fin de que signifiquen algo para los lectores.
Quienes me conocen, saben que es la mejor forma que tengo de expresarme, y quizá logren intuir por donde va esta reflexión. Cumplir con aquello para lo que hemos sido llamados a este mundo es una de nuestras tareas primordiales como seres humanos, y este “cumplir” con nuestra meta significa corresponder al Plan de Dios para nuestras vidas. Sin embargo para poder llevar nuestra barca mar adentro, es necesario levar nuestras anclas que nos frenan y no nos permiten desarrollar nuestra potencialidad.

EL MIEDO A LO PROFUNDO

Nuestra primera ancla que levar es el miedo a lo profundo. Dice una famosa frase que no se cruza el mar si no se pierde el miedo de quitar los dos pies de la orilla.. El camino hacia lo profundo es el primer obstáculo a vencer. Nos hemos vuelto tan superficiales que nos cuesta trabajo profundizar en nuestra vida.
Estamos en nuestros días desafortunadamente tan acostumbrados a vivir “por encimita” que ya no sentimos en muchos casos la necesidad de profundizar. Nuestro miedo más grande es hacia lo desconocido. Es decir, como no sabemos qué vamos a encontrar, preferimos no buscar, no indagar, no escudriñar. Tenemos miedo de enfrentarnos con aquello que sabemos que nos va a comprometer, que va a requerir de cierto sacrificio, y que desafortunadamente nos va a mover de nuestro lugar, para llevarnos hacia aguas más profundas.
A este miedo, o a esta ancla, hay que agregar la de que tenemos miedo de no encontrar respuestas que nos satisfagan o que vayan en contra de aquello que ya teníamos planeado. Es como temer a encontrarnos con corrientes de agua que no sabemos manejar.
Esta ancla nos mantiene “flotando” con calma en la superficie. Si algo nos agita, tranquilamente sabemos que nos movemos hasta donde nuestra ancla lo permite. No más que eso, y eso nos mantiene felices y cómodos.

EL MIEDO DE SOLTAR AQUELLO QUE TENEMOS

Anteriormente hablaba del miedo de soltarnos de la orilla. Es decir, ponemos un ancla para no separarnos mucho de la “orillita” esto es, de lo seguro. La escuela, la familia, los amigos, la novia, el novio, las seguridades, nuestra vida diaria, el antro, la moda, la seguridad económica, la vida fácilmente vivida sin un compromiso profundo, entre muchas otras cosas son anclas que no nos dejan navegar tan fácilmente.
Queremos hacer mucho; pero queremos soltar poco. Creemos que tenemos prácticamente todo y no queremos dejarlo para ir más allá de lo que creemos que podemos hacer con una cierta facilidad. Esta ancla normalmente se encuentra respaldada por la cadena de la inseguridad, del miedo al fracaso, de nuestra propia timidez y falta de fe en nosotros mismos. Creemos que dependemos de estas anclas para sobrevivir. Y a veces nuestra vida ha sido llevada de tal modo que hemos aprendido que esto es cierto.
Es el ancla de nuestra seguridad. No sabemos como enfrentarla, y mucho menos como levarla. Preferimos seguir así, total, lo que importa es que ya estamos dentro del océano, y a veces pensamos que siendo todo agua, no debe haber mucha diferencia entre lo que vemos aquí y lo que hay más allá.

EL MIEDO A DESCUBRIR QUE NO SOMOS INDISPENSABLES

Muchas de las veces que platicando con jóvenes que están en el proceso de descubrir su vocación, llegamos al punto de tomar decisiones, surgen demasiadas preguntas muy concretas que parecen ser buenas y con una preocupación genuina: ¿Qué va a pasar con el Grupo Juvenil que coordino? ¿Seguirá al frente? ¿Y mi familia? ¿Podrán superar mi partida? ¿Y si termino con esta relación de noviazgo? ¿Qué pasará con mi pareja?
Estas preocupaciones genuinas que tenemos en el momento de tomar decisiones, esconden en ocasiones el temor de descubrir que no somos indispensables. Es decir, que las cosas y personas “sobrevivirán” nuestra ausencia. Y a veces en el fondo esconden las mismas preguntas pero a la inversa, esto es: ¿Podré vivir lejos de mi familia? ¿Podré poner fin a esta relación de noviazgo y salir adelante por mi cuenta? ¿Tengo los recursos necesarios como persona para estar lejos de mi grupo, o de mis amigos y descubrir mi propio potencial? Cuando cortamos con estas amarras, es cuando nos vemos con la posibilidad de navegar por nuestra cuenta. Esto no aplica solamente para el seminario o el convento, aplica también para estudiar una carrera, para ir a otra parte a buscar un empleo, para casarse, o para otras situaciones de vida que se ven afectadas en la toma de decisiones.

LEVAR ANCLAS ES DESCUBRIR NUESTRA VIDA

Cuando logramos cortar estas amarras, no cortar con las personas, ni con lo que tenemos de forma definitiva, pues esto sería hasta inhumano, logramos descubrir nuestra vida. En ese momento descubrimos que somos capaces de asumir nuestra vida, de tomar decisiones por nosotros mismos, y de navegar mar adentro.
Las relaciones con las personas, cosas y eventos, no se termina sino que alcanza ahora una nueva dimensión. Uno deja de hacer ciertas actividades para descubrir que ahora puede hacer otras. Tal vez sean las mismas, pero con otro enfoque, y a veces más profundo. Uno profundiza más en las relaciones interpersonales, y se vuelve más libre para relacionarse con autenticidad. Es decir, uno se abre a un inmenso cúmulo de oportunidades que permiten una vivencia más profunda de lo que somos.
Dice un autor, al cual pido disculpas por no mencionar su nombre, pero que escuché esta frase que me llamó la atención en un noticiero: “Dios no te lleva a aguas más profundas para ahogarte, sino para limpiarte.” Y esta limpieza nos permite un mejor entendimiento y una valoración de aquello que tenemos y que aparentemente dejamos. Yo he descubierto que las relaciones con mi familia, y con muchos amigos y amigas, se han vuelto más profundas. Uno descubre que uno va creciendo y que el océano tiene un cierto sabor que parece imposible salirse de él.

LEVAR ANCLAS ES DESCUBRIR UN PROYECTO

Sumergirse en la profundidad del mar es construir un proyecto nuevo. El barco al levar anclas se adentra en un mundo nuevo. Llega esta parte de confiar. El barco confía en la física, en la astronomía, en las condiciones del viento, y en muchas otras cosas. Pero sobre todo confía en el timón que le permite navegar con una cierta dirección, y no solamente dejándose arrastrar por las corrientes marinas. Es decir, se navega con una cierta intención, con una cierta meta, con un lugar a donde llegar.
Se navega porque se tiene un proyecto, y muchas veces, navegando se descubre el proyecto, se traza la nueva meta, se sigue un nuevo rumbo.
Por eso queridos JSF a través de este pequeño artículo, queremos invitarlos a poner su barca en las manos de Jesús. Él sabe conducir el timón. Él sabe a dónde conducir nuestra barca. Con Él sabemos que existe un rumbo, un proyecto de vida que va más allá de vivir en “la orillita.” Jesús nos invita a navegar hacia mares profundos donde la pesca es más abundante, donde se puede experimentar la libertad de navegar suavemente, aún en medio de las fuertes olas y de mares encrespados.
Jesús nos invita a levar anclas, a dejarnos mover por Él, a confiar en Él. Es Jesús quien le ha puesto un rumbo a nuestra barca. Por Jesús vale la pena levar nuestras anclas y dejarnos llevar hacia lo profundo del mar donde nuestra vida encontrará un nuevo sentido, una nueva forma de vivir, y sobre todo una nueva esperanza. A nosotros solamente nos toca confiar en Él, levar nuestras anclas y construir un Nuevo Proyecto de Vida, aquel para el cual fuimos creados: Descubrir nuestra vocación y vivirla y disfrutarla al máximo. Que Dios los siga bendiciendo.

Padre Chan, CS

Fuente/Autor: Padre Chan, CS

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