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Las tres enfermedades de nuestro tiempo

27 de enero de 2020

Hace unos días, un médico decía que las tres enfermedades de nuestro tiempo son la prisa, el éxito y el ruido. Honradamente: yo me esperaba una respuesta que incluyera la ansiedad, la depresión y las fobias, por ejemplo. Lo que sucede es que, pensándolo mejor, no difieren tanto las tres enfermedades que mencionó el médico, con términos sociológicos, de las tres que yo mencioné con términos médicos, es decir, justo al contrario de lo que podría esperarse.

La prisa, la velocidad, la aceleración, se han adueñado de no pocas parcelas de nuestra existencia. Desde la velocidad en la conducción hasta cómo caminamos por las calles, las aglomeraciones de tráfico: todo parece transmitir un mensaje de prisa. La prisa genera zozobra, ansiedad, agobios, si no se dosifica: nos pueden mandar tareas con prisa, pero nosotros podemos llevarlas a cabo con sosiego, y encima descubriremos que salen mejor que si las hacemos con prisa. No puedo olvidarme de un refrán que utilizaba mi madre: Vísteme despacio que tengo prisa. En otras ocasiones, la prisa es legítima y conveniente, porque lo contrario lleva a la indolencia y a la abulia, y en esta vida pocas cosas se consiguen sin pasión, sin nervio –que no es lo mismo, ni mucho menos, que con nervios, en plural-. Aquí tenemos el contraste: en mi opinión, se vive con muchas prisas, pero con escaso nervio, con poco empuje. Y es porque no se tiene claro lo que se pretende: es lo propio de vivir al vaivén de lo accesorio, de lo externo, como una marioneta.

El éxito, la segunda enfermedad. Una gran competencia profesional, riesgo de perder el puesto de trabajo o ser relegado, no lograr un reconocimiento social o familiar por alcanzar o no alcanzar determinado puesto. El éxito es muy fugaz, y no depende siempre del trabajo bien hecho: a veces, es el parentesco, la suerte o una amistad que nos puede abrir la llave del éxito. Es el triunfo de las apariencias. El éxito va unido, en muchas ocasiones, a una elevada remuneración, en una sociedad tan economicista, consumista, como la actual. Como signos externos que dan a entender que se ha llegado al éxito, viajes transoceánicos (ahora abundarán menos, tal vez, por el miedo al avión), modelos de coches desorbitados y casas de recreo al alcance de los triunfadores. Me quedo con el triunfo que me comentaba un padre de familia recientemente: soy feliz gastándome mis ingresos en una buena formación para mis hijos.

En tercer lugar, el ruido. La búsqueda denodada del éxito con prisa lleva aparejado el ruido. Fácil me resulta evocar el pensamiento de quien decía que el bien no hace ruido, y el ruido no hace bien. Sin caer en exageraciones, nuestra sociedad es ruidosa: desde el adolescente que desea llamar la atención con su moto –ya no es imprescindible que le vean sus amigos, como antes-, al joven que pone a todo volumen el estéreo del coche o de su cuarto, a la celebración más sencilla que en la que el volumen casi requiere una posterior aspirina. Muchos jóvenes no quieren ni pueden hablar cuando están en grupo: la música altisonante anula esa posibilidad, que a veces tampoco se echa en falta.

Con estos fenómenos, asistimos a un contraste: mucha gente, entre ellos muchos jóvenes, que buscan la tranquilidad de la naturaleza, el turismo rural, para buscar una quietud natural, que en realidad es artificial, pues les parece que es algo que les puede venir de fuera. Salen familias y jóvenes al campo, y salen y vuelven con prisa, a veces con ruido, y con unos atascos que agotan al más pintado. Mientras no descubran que la serenidad, el autocontrol, el sosiego y el equilibrio emocional está en manos de uno mismo en un 90%, muchos seguirán escudándose en problemas laborales, familiares o urbanos: todo, menos reconocer que la solución está en uno mismo. Es sencillo, pero no fácil ni abunda: éstas son las contradicciones sociales y culturales de un momento histórico que ha de digerir con formación los avances tecnológicos y científicos, con un nuevo humanismo. Aquello de que la belleza está en el interior -¿les suena?- y, sobre todo, no depende del dólar.

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