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LARGA COMO LA CUARESMA

27 de enero de 2020

Hay en nuestro medio, un refrán o máxima popular que cuando uno se refiere a algo que se prolonga mucho, usamos la expresión: “esto es largo como la cuaresma…” y el sentido es que la cosa parece no tener fin, o nunca da la impresión de que puede acabarse.
La Cuaresma se vuelve pues una época del año que parece interminable y no porque sea más o menos larga cada año, son solamente 40 días, sin embargo, las famosas “promesas” que hacemos en cuaresma son las que parecen alargarla.

CUARESMA: TIEMPO DE CONVERSIÓN

También al entrar en el tiempo de la Cuaresma, inmediatamente viene a la mente la idea de la Ceniza, que recibimos al inicio de este tiempo litúrgico, y que hay que decirlo, se ha vuelto una costumbre cada vez más común de recibir la ceniza porque se tiene la idea de que no hacerlo “es pecado;” se nos podrá “olvidar” que es día de ayuno, porque en muchos templos, los vendedores de “fritangas” hacen de las suyas distribuyendo sus productos entre los fieles en los que la idea de que al “recibir la ceniza” se puede romper el ayuno.
Sin embargo, la Ceniza que recibimos ese día nos recuerda nuestra disposición para la conversión, es decir, para reconocer que tenemos fallas delante de Dios y pedirle su ayuda para seguir adelante.
La Cuaresma pues, nos invita a tomar una nueva dirección en nuestra vida y esta dirección se ve acompañada de tres pilares: la Oración, la Penitencia y la Caridad. Nuestra Fe nos enseña que no se puede hablar solamente de conversión si ésta no va acompañada de los tres pilares antes mencionados, porque nuestra fe se manifiesta en la solidaridad que tenemos para con los otros y en lo que hacemos para transformar nuestro aquí y ahora impulsados por la fe que tenemos.

LA CUARESMA NOS INVITA A ORAR, A LA CARIDAD Y A LA PENITENCIA

La Cuaresma es un tiempo de cercanía con Dios, y esta cercanía con Dios se da a través de la oración. Si entendemos la oración como un diálogo de amor con quien nos ha creado, no es difícil entender que la Cuaresma señala este aspecto de nuestra vida espiritual para acercarnos más a Dios.
La oración nos mueve el corazón hacia la presencia de Dios y nos nutre para vivir nuestra vida cristiana. Hablamos al corazón de Dios desde nuestro corazón. Sin embargo, la oración no es un diálogo austero, no, por el contrario, la oración nos impulsa a la caridad, que es la expresión del amor hacia los demás y que refleja el amor que hemos experimentado de Dios en nuestra vida. La caridad es la manifestación concreta de nuestra vida cristiana.
La caridad es un pilar, ya que el mismo San Pablo lo decía, “si yo no tengo caridad, es decir, amor, yo nada soy.” La caridad nos conecta con los demás, nos hace expresión viva del amor de Dios en medio de las personas.
Sin embargo, a veces caemos en lo que se ha dado por llamar “la fatiga de la caridad” y esto se debe a que no reforzamos con la oración y la penitencia nuestras buenas acciones y nuestra cercanía con el prójimo.

CON LA VOCACIÓN PASA IGUAL

Cuando nos referimos a la vocación, sucede casi lo mismo, es decir, la opción que decidimos hacer para el proyecto de Dios en nuestra vida, necesita afianzarse en los cuatro pilares básicos que hemos hablado para la Cuaresma. Es decir, la vocación presupone una conversión, y esta conversión puede ser a diferentes niveles, de acuerdo a la vida que cada uno ha llevado, y esta conversión nos prepara para acercarnos a Dios y escuchar con claridad su proyecto.
Esta conversión se hará esencial en el proceso vocacional, no se trata repito, solamente del cambio de vida, o del cambio de rumbo, al responder al proyecto de Dios, la persona se va configurando a Cristo y esto presupone un proceso de conversión para ir dando forma a un nuevo estado de vida, llámese sacerdocio, matrimonio, soltería o vida consagrada-religiosa.
Incluso en la esencia misma de nuestra espiritualidad cristiana que es la configuración a Cristo, se presupone una conversión diaria para configurar una nueva persona.

CARIDAD, PENITENCIA Y ORACIÓN COMO PILARES DE LA VOCACIÓN

La vocación no es algo que se va construyendo en abstracto, sino que se realiza de forma concreta en el aquí y ahora de la persona. No se escucha la Voz de Dios como algo mágico, la escucha de nuestro llamado tiene que ver con una actitud de búsqueda y escucha de parte de nosotros.
La oración favorece este encuentro con Dios y crea un ambiente de silencio que favorece el descubrimiento de nuestro llamado para realizar el Plan de Dios. Cuando oramos, logramos sentir la Presencia de Dios en nuestra vida y logramos escudriñar nuestro corazón para dejar que este llamado tome forma.
En la oración, nos ponemos “de acuerdo” con Dios, es decir acordamos en un mismo proyecto. La oración nutre nuestro llamado, porque no es una sola respuesta, es una respuesta que se prolonga cada día y que requiere una intimidad más profunda con Dios para seguir sintiendo en nuestro corazón el deseo de alcanzar un estado de perfección que llamamos santidad y que no es reservada a un grupo de personas en la Iglesia, sino un llamado que todos tenemos al momento de pertenecer al Pueblo Santo de Dios.
Este llamado sin embargo necesita alimentarse además de la penitencia. Nuestra sociedad actual ha ido perdiendo el sentido de la penitencia. Vivimos un mundo que busca cada día el confort y la comodidad, por lo que la penitencia en cualquiera de sus formas es vista como algo anormal. Sin embargo, sin caer en formas que deterioraban la salud de la persona, la Iglesia sigue proponiendo la penitencia no solamente como “mortificación” del cuerpo sino como un elemento necesario para estar en atenta escucha de la Palabra de Dios.
La penitencia no es el “recibo de pago” de los pecados cometidos sino que es una forma de entrar en contacto con Dios a través de una cierta sensibilidad para la cual es necesario llevar a cabo ciertas prácticas que nos favorezcan esta sensibilidad.
La penitencia es nuestra disponibilidad para hacer algo extra que nos ayude a entrar en contacto con Dios. En este contacto con Dios podemos descubrir nuestra dimensión de sacrificio lo cual es necesario para llevar a cabo el Proyecto de Dios. Todo llamado en cualquier estado de vida supone un sacrificio, es decir, una entrega radical para poder llevar a cabo de la mejor forma lo que Dios nos pide. Ese es el sentido de la renuncia que toda vocación supone y que no debe ser vista como un rechazo sino como renuncia, es decir, al elegir por algo, al optar por algo, de forma consciente o inconsciente renunciamos a algo, y esta renuncia es de forma voluntaria, por ello no genera tensión.
La vocación es un llamado de Dios que nos hace por amor, lo recibimos porque nos ama, y este llamado “se cuaja”-por así decirlo- es decir, cobra vida en el corazón dispuesto de la persona. Sin embargo, este llamado como dije anteriormente no es abstracto, tiene una misión, la realización de la persona y la concreción del Plan de Salvación que conlleva una transformación de las estructuras para favorecer la instauración del Reino de Dios.

En otras palabras, la vocación encuentra su expresión en el servicio a los demás. No se recibe la vocación solamente para la felicidad de la persona, no en el sentido individualista, sino que se recibe el llamado para buscar la justicia y la salvación de todos.
Aunque es necesario aclarar que no es un proceso lineal en el sentido literal de la palabra, no es una “receta de cocina” que presupone unos pasos para hacer el siguiente, no hay que “esperar” la vocación para luego transformarla en caridad. La caridad no es la consecuencia de la vocación. Muchas veces la vocación se descubre en el servicio desinteresado a los demás. La vocación ciertamente encuentra su realización en la caridad, pero muchas veces la caridad ayuda a descubrir qué es lo que Dios quiere de nosotros.

LA CUARESMA PUEDE SER “CORTITA”

Si creemos que la Cuaresma no es solamente un tiempo “triste” sino un tiempo de preparación a la Muerte y Resurrección de Cristo que conlleva nuestra propia “muerte y resurrección” entonces la Cuaresma resulta un tiempo corto. Las famosas “promesas” y “mandas” de Cuaresma no tienen solamente un sentido tradicional sino que buscan favorecer esta preparación. Por ello no se trata de hacer cosas que solamente favorecen lo estético de nuestra persona como dejar de comer tortillas o pan, o tomar refresco, o dejar de fumar solamente por las consecuencias de salud que esto tiene, sino que nos debe hacer capaces de descubrir esta dimensión de sacrificio favorezca nuestra respuesta a Dios.
La Cuaresma es un tiempo de conversión, penitencia, caridad y oración que podemos aprovechar en nuestro proceso vocacional para dar una respuesta a Dios que vaya acorde al proyecto que Dios tiene para cada uno. Ojalá que esta Cuaresma podamos dar una respuesta a Dios y su Plan de Salvación y que nuestras actitudes externas sean un reflejo de lo que se está “fraguando” en lo profundo de nuestro corazón. De cualquier forma, los primeros beneficiados seremos nosotros y contribuiremos a crear un mundo de relaciones más justas y fraternas y así podamos alcanzar la Justicia y la Paz.

Fuente/Autor: Padre Chan, CS

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