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Mundo Misionero Migrante

La reforma sobre migración

27 de enero de 2020

Carta Pastoral del reverendo Wilton D. Gregory, Arzobispo de Atlanta, y del reverendo J. Kevin Boland, Obispo de Savannah, Georgia.

Estados Unidos es un país que se construyó gracias a que muchos pueblos migrantes acarrearon con ellos la riqueza de su cultura y la diversidad de todas partes del mundo. Nuestra nación consistentemente ha recibido a migrantes, refugiados y exiliados que escapaban de la injusticia y de la opresión, y buscaban libertad y la oportunidad de lograr una vida plena. Ellos han encontrado trabajo, han construido sus hogares y sus vidas, y han podido proporcionar seguridad para ellos mismos y sus familias.

Durante los últimos 20 años, alrededor de 23 millones de migrantes nuevos han llegado a nuestra nación; esta cifra ha sobrepasado la «primera gran ola» de fines del silgo xix y comienzos del xx con respecto al número de migrantes que llegaban a territorio estadounidense. A diferencia de sus predecesores, la mayoría de los migrantes actuales llega de México, Centroamérica y Latinoamérica. Hoy, los nacidos en el extranjero conforman cerca de 12 % de la población total del país, en comparación con 15 % a comienzos del siglo xx. Al mismo tiempo, las leyes y normas migratorias de EEUU se han vuelto más y más restrictivas e incluso dañinas para ciertos migrantes y para quienes solicitan asilo.

Se estima que más de 10 millones de personas viven en los márgenes de nuestra sociedad, por falta de la documentación migratoria adecuada. Solamente en los últimos cinco años, más de 250 mil migrantes ilegales han llegado al estado de Georgia; esto ha aumentado el total a casi 800 mil personas, es decir, 9 % de la población total del estado.

Los migrantes de hoy a menudo enfrentan rechazo, hostilidad y discriminación en nuestras comunidades, incluso dentro de la Iglesia misma. Aunque muchas veces celebramos la diversidad de nuestras comunidades, nosotros, los obispos, debemos confesar que hoy, al igual que en el pasado, el tratamiento del migrante refleja muchas veces falta de comprensión y conductas pecaminosas de intolerancia, prejuicio y discriminación que obstaculizan la unidad de la familia humana.

Sin embargo, una realidad permanece consistente en la experiencia migratoria estadounidense: la demanda de fuerza laboral no cualificada dentro de la economía de EEUU, y la entrada correspondiente de migrantes que buscan trabajos en industrias que exigen trabajo intensivo, como la agricultura, la construcción, el procesamiento de alimentos y servicios varios, han atraído continuamente grandes números de migrantes indocumentados a nuestro país, y específicamente a Georgia.

En el contexto de este problema complejo, nosotros, los obispos católicos de Georgia, llamamos a que se realice una reforma migratoria global. Creemos que la política de migración de EEUU no sólo debe proteger los derechos humanos y la dignidad de los recién llegados, sino también debe proporcionar medios legales y seguros para la entrada de posibles migrantes y de personas que solicitan asilo. También reconocemos con preocupación la existencia de un sentimiento público creciente en nuestro país y en el estado, un sentimiento que busca aprobar nuevas leyes de migración que son restrictivas, punitivas y, a menudo, de naturaleza extrema. Legislación de esta naturaleza ha sido presentada y está actualmente siendo debatida tanto en el orden de gobierno estatal como en el nacional; esta legislación pondría restricciones en los servicios de salud, educación y servicios sociales básicos para migrantes, específicamente para aquellos que están aquí de manera ilegal.

Los migrantes son los extranjeros que Dios quiere proteger. Son personas con nombres y rostros, esperanzas y temores. Ellos no son estadísticas o «temas de conversación», sino personas que buscan una vida mejor por medio de su propio trabajo pesado y sacrificio.
Al adoptar una nueva legislación, nuestros legisladores estatales deben tener en cuenta las implicaciones morales y las consecuencias humanas para todas las personas. ¿Trataremos a los que están entre nosotros con dignidad y respeto, o los castigaremos a causa del lugar de donde vienen y por la forma en que llegaron aquí?

La enseñanza de la Doctrina Social católica en esta área es bastante clara y está basada en los principios y derechos descritos en la encíclica Rerum Novarum («Sobre la condición de los obreros»), publicada por el Papa León XIII en 1891, durante otro periodo de crecimiento migratorio en este país. En este documento, el Papa comentó sobre la situación de los migrantes.

En escritos católicos posteriores realizados por los Papas y los emanados de congresos de obispos sobre este tema, han resumido esta información en cinco principios básicos relacionados con la migración:

1. Las personas tienen el derecho de encontrar oportunidades en su país de origen.
2. Las personas tienen el derecho de migrar para mantenerse a ellas mismas y a sus familias.
3. Las naciones soberanas tienen el derecho de controlar sus fronteras.
4. Los refugiados y los que solicitan asilo deben recibir protección.
5. La dignidad humana y los derechos humanos de los migrantes indocumentados deben ser respetados.

Como respuesta a la presente situación de los migrantes, algunas organizaciones católicas que conforman una amplia muestra representativa de la Iglesia en Estados Unidos, han unido sus esfuerzos para poner en marcha una campaña llamada «Justicia para los Migrantes: Una Jornada de Esperanza», cuyo fin es educar e influenciar la actitud pública hacia el migrante y efectuar cambios disciplinados en las leyes y normas de migración en nuestra nación.

En 2003, los obispos de México y Estados Unidos escribieron conjuntamente una carta pastoral titulada «Ya no somos Extranjeros: Juntos en el Camino de la Esperanza», en la que se resumen los elementos de las reformas globales necesarias para actuar ante los desafíos que enfrentamos hoy, relacionados con la migración. Estas reformas son:

1. Desarrollo económico y social que tratan las causas fundamentales que fuerzan a las personas a emigrar.
2. El desarrollo de un programa merecido de legalización para las personas indocumentadas en este país.
3. El uso de amplios medios legales para que las familias se reunifiquen.
4. Un programa para trabajadores temporales que proteja tanto a los trabajadores extranjeros como a los locales.
5. Otras reformas para obtener el debido proceso legal y procedimientos de solicitación de asilo.

Además, los obispos pugnamos porque se reconozcan y tengan en cuenta las condiciones que obligan a las personas a dejar sus hogares a causa de la desesperación y falta de oportunidades para mantenerse ellas mismas y a sus familias, a fin de que se dé una respuesta integral a la migración.

Las leyes y normas de migración de nuestro país son obsoletas, no responden a las realidades de hoy; son incluso dañinas para los migrantes y sus familias, y crean una clase de residentes marginados que crece y crece. Las familias se separan, a veces por décadas o más, por falta de visas disponibles para la reunificación familiar. Y trágicamente, miles de migrantes están muriendo en nuestras áreas fronterizas en un intento desesperado por venir a este país para proporcionar una mejor vida a sus familias y a ellos mismos. Bajo nuestra Constitución Federal, el gobierno de EEUU tiene el derecho de regular la migración. Toda reforma migratoria debe ser global y, por lo tanto, debe venir del gobierno federal.

Las reglamentaciones estatales adicionales sólo deben ser consideradas después de que el Congreso estadounidense haya actuado sobre la legislación que está pendiente en estos momentos. En vez de enfocar la situación de manera restrictiva y punitiva, nuestros representantes electos deben apoyar una solución global para la crisis migratoria, que abarque todos los aspectos de nuestro sistema de migración, incluyendo el sistema migratorio legal.

Necesitamos una reforma migratoria realista, un proyecto de ley que sea justo, práctico e instrumentable, que sea aprobado por el Congreso y se convierta en ley. Hasta ahora el único proyecto de ley que ha sido avalado por la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos es la llamada Secure America and Orderly Immigration Act of 2005 (McCain-Kennedy S. 1033 y HR 2330). Este proyecto es amplio: está diseñado para sacar a los migrantes de la oscuridad; cerrar el «mercado negro» de contrabando, documentos falsos y explotación; restablecer el imperio de la ley en nuestras fronteras, lugares de trabajo y comunidades, y estimular a quienes se establecen aquí para que obtengan la ciudadanía.
Como obispos, recomendamos que se examinen a fondo todos los aspectos de nuestro sistema migratorio y que se haga una reforma adecuada para que refleje la nueva realidad de la migración en un mundo cada vez más globalizado. Con sólo plantear las causas fundamentales que llevan a la migración, como la injusticia económica y los conflictos, nosotros formaremos un clima en el cual la migración sea un producto de opción y no de necesidad.

Las Sagradas Escrituras nos recuerdan nuestra responsabilidad hacia los necesitados: «¡Ay de ustedes, que dictan leyes injustas y publican decretos intolerables, que no hacen justicia a los débiles ni reconocen los derechos de los pobres del pueblo, que explotan a las viudas y roban a los huérfanos!» (Is 10, 1?2).

Una vez más, reiteramos nuestro llamado a la Asamblea General, a nuestro pueblo católico y a la gente de buena voluntad, a que manifiesten su respaldo a una legislación sobre la reforma migratoria que sea consecuente con las enseñazas de la Biblia, que proveen la base de las leyes humanitarias.

En su mensaje del Día Mundial de la Migración del año 2000, el Papa Juan Pablo II exhortó a todos los miembros de la Iglesia a trabajar «para que se respete la dignidad de cada persona, para que el trabajador migrante sea recibido como un hermano o hermana, y para que toda la humanidad forme una familia unida que sabe apreciar con discernimiento las diferentes culturas que la forman».

Dentro de esta tradición de recibir al extranjero, los obispos católicos del estado de Georgia nos unimos con las personas de buena voluntad de nuestro estado y país para pedir por una reforma migratoria legislativa integral que supere los malentendidos, la ignorancia, la competencia y el temor, los obstáculos que no nos permiten dar una genuina bienvenida a los extranjeros entre nosotros.

Fuente/Autor: de el SEMANARIO

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