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La Penitencia Cristiana

27 de enero de 2020

No es éste un tema sencillo, de los que se despachan de un plumazo. Después de la Pasión dolorosa de Cristo, de todas sus palabras y ejemplos sobre el misterio de la Cruz; después de una tradición de veinte siglos de espíritu y práctica penitencial en la Iglesia, sería frívolo pasarse con armas y bagajes a las huestes de la posmodernidad, dando por definitivo que el sufrimiento físico o moral carece de sentido y sumándonos alegres a la cultura, no del bien-ser, sino del bien-estar. No ignoro que la sicología, la antropología, y mucho más una teología más positiva de lo humano, tengan alguna palabra que decir en esta materia.

De hecho, el ayuno obligatorio en la Iglesia ha quedado hoy reducido a dos días al año, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. La abstinencia de carne no es ni sombra de lo que era y es sustituible por una obra buena todos los viernes no cuaresmales. Creo, no obstante, que se mantienen por dos motivos, a mi juicio muy justificados, ambos con carácter de signo: su sintonía con la gran tradición de la Iglesia y su denuncia simbólica de que no sólo de pan vive el hombre. Bien; y con esto queda abolida, arrumbada incluso, la dimensión penitencial de la vida cristiana? Contesto, en sentido contestatario, que absolutamente no. Pienso más bien, que se nos dispensa de eso porque se nos exige mucho más.

Ante todo, la Iglesia de hoy, con el profeta Joel y con Jesús, nos exige que rasguemos nuestros corazones en lugar de nuestros vestidos; que ayunemos de nuestras malas obras, en lugar de hacerlo de un pan que nos sobra y, para más inri, que nos engorda. El ayuno no ha desaparecido del mundo. Lo que pasa es que se manifiesta con una de estas tres fórmulas, tan actuales como inquietantes y extendidas: Una, el atroz ayuno involuntario de una cuarta parte de la humanidad en la llamada geografía del hambre; dos, el ayuno dietético de las y los que no quieren ganar peso, incluso hasta la anorexia; y tres, las llamadas huelgas de hambre, con carácter de contestación y presión, ante acciones u omisiones públicas que los abstinentes quieren modificar. Cada uno de estos tres ayunos nos interpela a su manera: el hambre en el mundo para sacudir nuestra conciencia de estómagos satisfechos; las dietas de adelgazamiento, en lo que tienen de legítimo y en lo que encubren de obsesivo y egocéntrico; las huelgas de hambre, con sus motivaciones casi siempre altruistas y sus excesos de autocastigo.

Austeridad solidaria

Saben qué modelos de ayuno pueden considerarse como más indicados para conjugar la tradición judeocristiana con la sensibilidad de hoy o, mejor, con los signos de los tiempos? Pues, considero acertados el Día del ayuno voluntario de “Manos Unidas”, comiendo de ayuno y destinando el sobrante a la Campaña; o las cenas contra el hambre, en las que se ofrece un menú frugal y se paga uno caro. Pero, lo más consistente y significativo es adoptar la austeridad como estilo de vida, aunque se tengan medios para más. Ayuno cristiano es la privación voluntaria, evangélica y solidaria, del consumo de bienes materiales, a imitación del Maestro, en beneficio de los pobres y por vivencia anticipada del Reino de Dios.

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