Para salir de una pandemia, es necesario cuidarse y cuidarnos mutuamente.

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LA ESTUFILLA

27 de enero de 2020

Reflexión dedicada a los JSF que este Martes incian su Preseminario.

Me acababa de levantar, cuando lo vi a través de los cristales empañados de mi ventana. Yo, a pesar de tanto abrigo, tiritaba de aburrimiento.
Él no estaba solo. Venía al frente de un pequeño ejército de amigos voluntarios. Nunca había contemplado a un caudillo más joven y recio que él…
Mis ojos, cansados de soñar sin dormir, se esforzaban para no dar crédito a esta visión heroica, tan opuesta a mi vida. Temblé de rabia cobarde, cuando noté que él me miraba…
Con voz fuerte, mientras su mirada se mantenía hacia mí, me preguntó:
– ¿Tú vienes conmigo?
Como si no hubiera oído, casi disimulando, proferí algo así como:
– ¿Eeeh?… ¿Qué?
Su recia voz se oyó de nuevo:
– ¿Tú te viernes voluntario conmigo?
Tartamudeando, débilmente respondí:
– No, no puedo, es que estoy aquí atado… Sí, de veras, atado voluntariamente al suave y lindo calorcito de mi estufilla…
Mientras yo bostezaba, su voz – la voz de él – resonó majestuosa, con la nobleza amplia de las cascadas eternas:
– ¡¡¡En marcha!!!
Sus soldados, decididos y voluntarios, caminaron tras él sobre la blancura ideal de la nieve pura. Y sus huellas – las de él -, y las de ellos, quedaron impresas profundamente, marcando un camino recto y nuevo hacia el sol.
Pero yo… Yo, no. He preferido quedarme aquí detrás de los cristales empañados, atado suave, cómodamente, al calorcito cercano de mi estufilla privada.

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