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La Cruz

27 de enero de 2020

En un campo de concentración nazi se colgó a un hombre. Alguien, señalando a la víctima, y en señal de mofa, preguntó a un creyente que tenía al lado: “¿Dónde está ahora tu Dios?”. “¿No lo ves? -le respondió-. Está allí, en la horca”.

A diario escuchamos, vemos o asistimos a tragedias consumadas. Muertes inesperadas, como la de los nueve infantes que perdieron la vida en las aguas de un canal en Salamanca, Guanajuato. O los cinco abogados asesinados en la Ciudad esta semana. O todas esas desgracias que suceden lejos, en Colombia con las FARC. O cerca, en nuestras calles, en las camas de los hospitales, en la puerta de enfrente, a nuestros vecinos, sin que nadie se percate de nada. Como diría el padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia: “¡Cuántos huertos de los olivos, cuántos Getsemaní en el corazón de nuestras ciudades!”.

El símbolo de la cruz está desapareciendo progresivamente. Palabras como dolor, sufrimiento, enfermedad y muerte luchan por ausentarse, al menos, del vocabulario y de la mente de millones de hombres y mujeres que sueñan vivir una vida ajena a las desgracias. Ya no se ven crucifijos en las vidas de los creyentes. Las cruces desaparecen de las casas de los vivos y de las tumbas de los muertos. Nadie quiere mirar a un hombre clavado al madero.

Ahora, ellos creen, basta atiborrarse de amuletos que distan mucho de simbolizar lo que vivió un Hombre aquel mediodía de primavera, de un año entre el 30 y 33 de nuestra Era, en Jerusalén. Aquel día en que Jesús demostró al mundo que las paradojas no son tal cuando de Dios provienen. Y que no hay nada más verdadero, que la cruz es camino a la luz.

La cruz se hace pesada cuando nos aferramos a cargarla solos; cuando luchamos con tristeza haciendo que el pavor y la angustia nos invadan y no nos dejen ver que al final del túnel hay una luz. Unos afirman que la cruz es un símbolo maldito o que fue un simple madero. Otros enseñan que Jesús no murió en ella, porque es imposible que El Mesías feneciera humillado y derrotado. Pensar así es ignorar lo más elemental de nuestra fe: que Cristo tuvo y tiene el poder para cambiar la humillación en exaltación, la derrota en victoria, la muerte en vida. Eso nos da la seguridad que, quien en esta vida asocia su sufrimiento al que vivió Jesús en Getsemaní y en el Calvario, más recompensas habrá de recibir.

La Madre Teresa de Calcuta, quien dedicó su vida a transformar dolor en gozo, decía que si ya no podemos hacer nada por el Jesús agonizante de entonces, sí podemos hacer algo por el que agoniza hoy. Porque Jesús estará en la cruz hasta el fin del mundo. Y Jesús agoniza hoy en los inocentes que sufren, en los enfermos terminales, en los que mueren de hambre, en los que son juzgados injustamente, en los que no conocen las grandezas de contar con Él como amigo.

Hoy es Domingo de Ramos. Y hoy se abre solemnemente la Semana Santa, la semana mayor del año litúrgico. El pensamiento vuela a Jerusalén, y vemos a un Jesús aplaudido, vitoreado, enaltecido. Todos quieren estar cerca de Él. Le rodean cientos, quizá miles de personas que han visto las proezas de sus manos, y han sentido emblandecer su corazón con sus palabras. Es fácil permanecer a su lado cuando las aguas están claras. Pero cuando se enturbian…

Esta semana Santa pongámonos un reto: abrazar la cruz y no salir corriendo. Cargarla, echársela a hombros, sea propia o ajena. Ser un Simón de Cirene o un José de Arimatea. Empeñarse a cargar cruces; ayudar a que los crucificados desciendan de su cruz, así tengamos que desafiar a la opinión pública para acercarnos a los condenados, a los excluidos, a los enfermos graves. En pocas palabras: esforzarnos a amar más.

Y una felicitación de corazón a los miles de misioneros que a partir de hoy se entregarán en cuerpo y alma a llevar el mensaje de Cristo hasta los rincones más recónditos del mundo. A Juventud y Familia Misionera, a Color Misionero, a las Misiones Musicales. Niños, jóvenes y familias enteras llevando un mensaje: “Cristo nunca se deja ganar en generosidad”. Y mientras más se entrega uno a sus hermanos los hombres, más recibe. Aquí y en el cielo.

Fuente/Autor: Juan Pedro Oriol

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