“La Biblia se vuelve más y más bella en la medida en que uno la comprende.”

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Testimonios

La autopista de Dios

27 de enero de 2020

Toda vida consiste en recorrer un camino. La diferencia radica en la actitud con que cada uno decide andarlo, paso a paso. «Se hace camino al andar», que decía el poeta. Y en esta vía no existen diferencias de sexo, edad o condición social. Todos nacemos y crecemos con la ilusión – y la obligación – de llegar al destino final: el encuentro definitivo con Dios. A aquellos que logran este cometido, los llamamos santos.

Antonia Meo, una niña italiana, «recorrió velozmente la autopista que lleva a Jesús», como afirmó de ella el Papa Benedicto el pasado 19 de diciembre. «Nennolina – dijo el Pontífice – alcanzó la cumbre de la perfección cristiana que todos estamos llamados a escalar».

¿Quién fue esta niña santa? Nació el 15 de diciembre de 1930, en el seno de una familia piadosa, en donde, entre otras cosas, recitaban a diario el rosario. Pero no por eso debemos tachar a Nennolina de “beatilla”. Todo lo contrario. Era sumamente avispada y le gustaba muchísimo cantar. La sonrisa no se le separaba de los labios.

Un buen día, se cayó y se golpeó la rodilla. Al principio no parecía gran qué. Pero cuando el dolor no desaparecía, los médicos temieron por la niña. Tras unos análisis, dejaron caer la lúgubre sentencia: «Osteosarcoma», es decir, cáncer de huesos.

El mundo se derrumbó encima de la familia…; pero no encima de Nennolina, que seguía con la misma vivacidad y entusiasmo de siempre. Aun cuando tuvo que llevar una prótesis ortopédica; aun cuando le amputaron la pierna. Su cándida sonrisa era el bálsamo para todas las heridas.

Fue a partir de entonces que comenzó a poner, todas las tardes, una cartita a los pies del crucifijo, primero dictada a su madre, y luego redactada de su puño y letra. Esas sencillas cartas constituyen su “Diario”, que admiran por su increíble profundidad espiritual, como revela esta carta dirigida a Cristo en la Cruz:

«Querido Jesús, yo te amo mucho, me quiero abandonar a tus manos […] me quiero abandonar a tus brazos, y haz de mí lo que tú quieras»; «tú ayúdame con tu gracia, ayúdame tú, que sin tu gracia no puedo hacer nada».

También emociona su trato delicado a María, como cuando iba a verla en silla de ruedas y le decía oraciones como ésta, recitada el día de la Inmaculada de 1936: «¡Estoy contenta porque hoy es tu fiesta, querida Virgencita! […] Otra vez que sea tu fiesta y la de Jesús haré pequeños sacrificios, y di a Jesús que me haga morir ¡antes que cometer un pecado mortal!».

Murió a los seis años y medio, tras cargar heroicamente con grandes sufrimientos, pero con esa sonrisa que llenó su vida.

Qué razón tiene el Papa Benedicto cuando decía, comentando la vida de Antonietta, que «su existencia, tan sencilla y al mismo tiempo tan importante, demuestra que la santidad es para todas las edades: para los niños y los jóvenes, para los adultos y los ancianos».

Así es, no importa la edad. Ser santo, al estilo de Nennolina, significa estar siempre sonriendo. ¡Qué distinto a lo que tantas veces pensamos de la santidad! No es ya cumplir con unas obligaciones o mandamientos. Ser santo significa amar a una Persona. Es tomar el coche de nuestra vida y correr por la autopista de Dios, con él como guía del camino.

Se puede visitar la página en italiano, para mayor información: http://www.nennolina.it

Fuente: buenasnoticias@arcol.org

Fuente/Autor: Juan Antonio Ruiz, L.C.

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