“Hay que hacer el bien, todo el bien posible, y hacerlo de la mejor manera posible”.

Beato Scalabrini
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HERMANOS

27 de enero de 2020

En preparación al DOMUND ((Día Mundial de las Misiones), que se celebra el Domingo 23 de Octubre, publicamos cada día en esta sección de nuestra Página Web unas REFLEXIONES, que nos ayuden a prepararnos adecuadamente a esta cita misionera, que nos atañe a todos.

Las primeras siete partes las pueden encontrar abajo en el listado.

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Ser evangelizador no te coloca por encima de nadie en la comunidad o en el pueblo. No se te ha confiado un poder, sino un servicio a favor de quienes son tus hermanos. No mires a nadie por encima del hombro. No busques el reconocimiento social de la gente. “Marcha, humilde, junto a tu Dios”. Dios, que “te pidió permiso” para entrar en tu historia personal, pide también permiso a los demás a través de tu cercanía de hermano. Desarrolla la sensibilidad fraterna. Te sentirás acompañado y acompañante en “el camino, junto a Dios”. Acompañado por una multitud de hermanos: tu parroquia, tu comunidad, tu grupo, tu equipo. No estás solo. Siente el acompañamiento de los tuyos. Busca ser acompañado, para mantener tú mismo la fidelidad, para saber descubrir lo que Dios te pide en cada momento, para avivar la esperanza y estar atento al paso del Señor. Cuando te dejas acompañar, reconoces que no eres tú mismo el autor de tu camino; que recorres un sendero abierto por el Señor y recorrido por una multitud de hermanos. Aprende de quienes ya recorrieron el camino y de quienes lo están recorriendo a tu lado.

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Para dejarte acompañar, necesitas la sencillez del discípulo. ¡Enseñas tantas cosas que puedes tener la impresión de no necesitar ser enseñado! No sólo en las verdades de la fe, sino en la sabiduría que conduce a la salvación. “Sabérselas todas” es malo para el evangelizador. Le priva de estar constantemente aprendiendo con actitud receptiva y acogedora. Aprendiendo de todos, pero especialmente de los sencillos. Todos te pueden enseñar; mira a todos como a posibles “maestros”. En cada vida y en cada historia puedes encontrar indicaciones para el camino. Aprende a leerlas a la luz del evangelio y te sorprenderás de ver cómo “el Señor te enseña sus caminos”. Entrénate en el reconocimiento de las semillas que Dios esparce de tantas maneras en el corazón de los hombres. Sin esta actitud te será difícil la tarea de evangelizador: descubrirás “enemigos” donde Dios te pone “hermanos” para recorrer el camino. Ten la humildad de saber preguntar. No sólo en lo que se refiere a tu trabajo pastoral, también en las cuestiones de tu propia vida de creyente. Las “señales de Dios” te vendrán muchas veces a través de los hermanos.

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Con corazón de hermano, abre tu corazón a todos los hombres y mujeres de tu tiempo. Tu condición de evangelizador te abre a los demás con un título nuevo: el evangelio, destinado a todos los hombres. Jamás el evangelio puede cerrarte. Su mensaje lleva preguntas y respuestas que están en la entraña del corazón humano. Son las mismas que tú compartes con todos los hombres, tus hermanos. Cuando vives y anuncias el evangelio no lo haces como un extraño. Incluso cuando a tu alrededor descubras indiferencia y hasta hostilidad, piensa que estás haciendo una sementera que algún día fructificará. También para quien no cree, el evangelio que anuncias lleva una carga humanizadora, que crea fraternidad. Para muchos puede ser la entrada a la fe. La fuerza del evangelio para hermanar a todos es una gracia universal. Desde esa oferta, hazte sensible a todas las corrientes de solidaridad fraterna que atraviesan el corazón y el comportamiento de los hombres. Refuérzalas, motívalas, ahóndalas, pero no te quedes fuera de ellas.

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Que la gente te pueda percibir como a un hermano. Muéstrate disponible. “A quien te pida la túnica, dale también el manto; y a quien te pida recorrer una milla, acompáñale dos”. Da siempre con abundancia; date siempre con generosidad. Acompaña siempre con el respeto de quien llega a la vida de los otros como “de puntillas”, pero con la seguridad de que siempre está ahí cuando se le necesita. En tu tarea evangelizadora crea profundas relaciones humanas. ¡Que no es una empresa donde trabajas! Es una familia llamada a construirse dando y recibiendo de los demás y para los demás. Aprende a estimular, a crear esperanza, a contagiar alegría. Sé cercano a los demás “en las duras y en las maduras”. No dejes a nadie solo en situaciones difíciles, y haz tuya la alegría de los hermanos. Tu tarea evangelizadora llena tu corazón de nombres: los de todas las personas con quien entras en contacto y los de aquellas otras que, de una manera u otra, te esperan. No dejes los nombres de la gente en la frialdad de las listas o en la complejidad de las estadísticas. Mételos en tu propia historia, haciendo con todos ellos el camino de una vida compartida.

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Tu acogida de hermano te inclina con preferencia a los más pobres y débiles. Ellos son los que más te necesitan. A ellos te acercas no para sentirte mejor, o más santo, o más fiel. Lo haces para mantener viva su esperanza, dándoles motivos reales de superación y de lucha. No los amas “por” Dios; los amas “con” Dios, con aquel amor de Dios “que ha sido derramado en tu corazón con el Espíritu Santo que se te ha dado”. Y el amor de Dios es creador, fortalecedor, apasionado. Ábreles caminos nuevos y ayuda a crear las condiciones para que puedan vivir con dignidad de personas. Con los pobres y débiles no seas paternalista, porque uno solo es el padre, Dios. Sé maduro para no crear dependencias que infantifizan y entorpecen el desarrollo personal. Echa todas las manos que sean necesarias, pero piensa que es preciso que ellos crezcan y tú disminuyas. No te hagas protagonista a costa de los otros. Haz protagonistas a los demás, con la sencillez de quien acompaña sin ser percibido. Entra en la vida de los otros no arrollando, hazlo acompañando. Con discreción y madurez, con sencillez y esperanza, haciendo de todos caminantes y no simples espectadores del camino de unos pocos.

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Como hermano, comparte tus bienes y tus dones, lo que tienes y lo que eres. Recibiste una vida que la mereces dándola, y la salvas en la medida en que la entregas. No pongas tu tarea evangelizadora al margen de esta corriente de entrega: entrega personal y entrega social. Arranca de tu corazón el egoísmo que te cierra a los demás y que tiende a hacerte el centro de todos y de todo. Y ayuda a arrancar el egoísmo social, que organiza la vida en beneficio de unos pocos, dejando a mucha gente en la cuneta. Como evangelizador, aviva tu interés y colaboración en la construcción de una sociedad más justa y fraterna. Ten espíritu crítico para descubrir y denunciar los atentados anti-fraternos en la organización de la sociedad. No “comulgues con ruedas de molino”, aceptando, sin más, lo que en la organización política, económica y social atenta contra muchos y favorece a unos pocos. La pasión de hermano no la vives sólo creando espacios cálidos de convivencia en una sociedad injusta y anti-fraterna; la vives también, y sobre todo, cuando te implicas con valentía en hacer de toda la sociedad un único y amplio espacio de fraternidad. Y cuando pienses en la sociedad, no te reduzcas al pequeño mundo en el que vives, abre tu corazón al mundo entero y duélete con todos los pobres de la tierra. También ellos son tus hermanos; y de su vida y de su muerte eres también co-responsable.

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Porque eres hijo, eres hermano. A veces, te gustaría ser hijo único. Todo sería para ti. Pero tu Padre tiene tantos hijos como habitantes ha tenido, tiene y tendrá el mundo. A decir verdad, nuestro Padre tiene un Hijo único: Jesús. Pero, en Jesús, todos estamos llamados a ser hijos del mismo Padre. Fíjate, la verdad más sencilla de tu fe es la llamada más fuerte a la fraternidad. No tienes que buscar motivaciones prestadas para vivir como hermano. Invoca a Dios como Padre y habrá cambiado de raíz tu relación con todos los hombres. Esa es la Buena Noticia que anuncias cuando predicas el evangelio. La cuestión es el nivel en el que vives la filiación y la fraternidad. Si las vives como un añadido a tu ser hombre o mujer, “harás” de hijo y hermano en algunas ocasiones de tu vida, pero no “serás” hijo y hermano. El gran don que te ofrece el Señor es el de “ser” no simplemente el de “hacer”. “Ser en Cristo Jesús” (eso es la vida cristiana) significa para ti “ser hijo de Dios-Padre” y “ser hermano de todos los hombres”. Así de sencillo y así de extraordinario. Por eso, todo lo que tienes que hacer es “amar a Dios con todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo”.

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¿Recuerdas la parábola del hijo pródigo? No te vayas a identificar con el hermano mayor. Aquel muchacho habría sido un mal evangelizador. Estaba tan a gusto en la casa de su padre, que no se acordaba del hermano que se había alejado. Mientras al padre se le partía el corazón por el hijo perdido, a él se le endurecían las entrañas, temiendo su vuelta. Con tu estilo evangelizador tienes que ayudar la salida del padre a buscar a quienes se fueron o nunca estuvieron en la casa paterna. Tu identificación con el corazón del Padre te hace “sentir debilidad” por los hermanos que lo dejaron. Pregúntate también por tu manera de estar en la casa; pudiera ser que tú mismo la estés haciendo inhabitable para otros. Pregúntate si la lejanía de muchos no se debe también a que tu cercanía no es acogedora, o no manifiesta gozo y alegría con los hermanos que llegan. Ni la casa es tuya, ni el corazón del Padre te pertenece en exclusiva. La casa y el Padre son de todos. Y a la mesa servida están llamados los de cerca y los de lejos. Un solo Padre, una sola casa y una sola mesa. Anuncia por todas partes que “Ia mesa está servida, caliente el pan y envejecido el vino”. Alégrate de que tu Padre sea así y, anunciándolo, abre las puertas de par en par, para gozarte con la multitud de tus hermanos.

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Vive también la fraternidad con los demás evangelizadores. No sois simples compañeros de trabajo o colegas de una misma empresa. Vuestras relaciones no son laborales; son relaciones de hermanos. Vívelas como una gracia. No midas la tarea común por honores, puestos o competencias. Reconócete en lo que hacen los demás y abre a los otros lo que tú haces y el campo donde trabajas. Acostúmbrate a compartir con sencillez y alegría. Vuestra propia fraternidad es ya un signo de la familia que queréis construir. Unidos en Cristo, tenéis en común “los trabajos por el evangelio”. Ayuda a los demás con tu entusiasmo y tu disponibilidad. Anima a quien esté en baja forma; y déjate ayudar cuando lo estés pasando mal. Entre los evangelizadores, debes experimentar la amistad que crea el seguimiento de Jesús. Recuerda al grupo de sus discípulos y gózate en la comunión que crea su presencia. Lo que tú haces es importante, pero también es lo que hacen los demás. No vayas a confundir tu carisma con tus “manías”; el carisma edifica siempre la comunión fraterna; las manías” dividen y confrontan.

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No hay fraternidad sin eucaristía. Un solo pan y un solo cuerpo. Comunión con el cuerpo de Cristo y comunión de dones, de servicios y de carismas, para formar una misma y única iglesia. En la eucaristía, la diversidad queda trabada en unidad. Lo mismo que las espigas en el pan y las uvas en el vino. Celebra la eucaristía, apasionado por la comunión. En ella la recibes y la expresas. De ella recibes la fuerza para construirla. Desde la eucaristía sales al mundo con el compromiso de hacer una comunidad de hermanos. Descubre la fuerza de unión de la eucaristía. Celébrala con sentido de familia. Participa activamente en ella, porque es la gran fiesta de la comunidad en la que trabajas. Haz de ella un encuentro de hermanos que escuchan la Palabra del Padre y se unen a la entrega del Hijo. Que se note que allí está aconteciendo la presencia de Jesucristo entre nosotros. La misma presencia con la que quieres inundar tu vida y la vida de los demás. Anuncias una presencia, no un recuerdo. La misma presencia que experimentas sacramentalmente cuando, con tus hermanos, acoges para ti y para el mundo a Cristo resucitado. Como los de Emaús, acostúmbrate a reconocerlo en el “partir el pan”. Implícate en la eucaristía de la comunidad y no andes buscando como privilegio una eucaristía “particular” para ti o para tu grupo. La eucaristía es la mesa común de la familia. En ella se realiza y se expresa la fraternidad.

OBJETIVOS

1. Acoger la tarea evangelizadora como un servicio fraterno, manteniendo siempre la sencillez del discípulo, mostrándose siempre abierto a la corrección fraterna.

2. Mostrar la fraternidad en la apertura de corazón a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, en la disponibilidad para la ayuda y en la atención preferente a los más pobres.

3. Descubrir la raíz de la fraternidad en la filiación común respecto al Padre. No formamos una “fraternidad huérfana” sin Padre. Alimentar la fraternidad en la eucaristía.

PARA LA REFLEXIÓN

1. ¿Ejerzo mi tarea de evangelizador como dominante o como servidor? ¿Me las sé todas, o me considero siempre discípulo que tiene que aprender también de los otros? ¿Recibo de buen grado la corrección fraterna y la hago con sencillez a los demás?

2. ¿Estoy abierto a la gente con quien convivo? ¿Me doy cuenta del don que ofrezco, cuando entrego el evangelio? ¿Cómo ando de disponibilidad? ¿Me reservo mucho para mí, por el miedo a compartir mi vida?

3. ¿Me siento preferentemente hermano, cercano de los más pobres y sencillos? ¿Los escucho, los atiendo, les ayudo…? ¿Cómo muestro mi cercanía a ellos? Mi vivencia de la fraternidad, ¿llega a tocar el sentido mismo de mi vida, o se me queda en unas cuantas cosas que hago por los otros? ¿Descubro la raíz de mi fraternidad en la filiación de todos con relación a Dios, y la alimento en la eucaristía? ¿Me siento fraternalmente unido a los demás evangelizadores?

ORACIÓN

Señor Jesús, nuestro hermano mayor, danos sensibilidad fraterna, para que no miremos a nadie por encima del hombro en nuestra tarea evangelizadora. Haz que nos sintamos discípulos sencillos, que necesitamos siempre aprender, para abrir así nuestro corazón y ofrecer lo que llevamos en él; para estar disponibles para todos, especialmente para los más pobres y marginados. Que ellos encuentren en nuestra oferta y entrega la realidad de tu presencia cercana y amiga. Que ayudemos a que todos los hombres se acerquen al Padre tuyo y Padre nuestro, y así pueda Él hacer de todos una gran familia de hermanos. Que los evangelizadores sintamos nuestra condición de hermanos, y que alimentemos siempre en tu “cuerpo entregado” y en tu “sangre derramada” la gozosa experiencia de nuestra propia entrega.

AMEN

Fuente/Autor: Pedro Jaramillo, Vicario General de Ciudad Real, España.

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