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Flaqueza evangélica

27 de enero de 2020

¿Cómo llamarme cristiano cuando a veces me descubro tan alejado de Dios, tan egoísta con la gente, tan frío en la fe? ¿Cómo hablar de amor cuando a veces mi corazón alberga desprecio o indiferencia? ¿Cómo amar a un Dios que a veces se me oculta?

Pareciera que para vivir el evangelio hay que ser gente virtuosa, paciente, buena, sólida, firme, coherente a ultranza… ¡Vamos, un mirlo blanco! Parece que hay que tenerlo todo claro, o al menos tener muy claro lo esencial. Pero en realidad esa es una de las paradojas del evangelio. Descubrir en nosotros una debilidad fecunda, una flaqueza invencible, una contradicción sedienta de algo firme. Y ahí, en esa tormenta, avanzar sin rendirse, sabiendo quién nos sostiene…

1. No se trata de ser mediocres

“Sus jefes juzgan por soborno, sus sacerdotes predican a sueldo, sus profetas adivinan por dinero; y encima se apoyan en el Señor diciendo: ¿No está el Señor en medio de nosotros?” (Miq 2, 11)

Que ahí está la trampa: Justificar, en nombre de la debilidad tan humana, el vivir un poco a medias. No somos perfectos, y jamás lo seremos. Somos limitados, pecadores y muy frágiles.

Pero eso no ha de convertirse en un canto la mediocridad o a la tibieza. ¿Y en qué consiste esa tibieza? El amor sin raíz. La fe sin preguntas ni Dios. Los encuentros sin historia. Las fachadas sin trastienda. Los errores sin importancia. Las palabras sin contenido real. Los verbos que solo se conjugan en primera persona. El juicio sin misericordia.

A veces uno tiene que examinarse y exigirse un poco en la vida. ¿Dónde tengo que crecer yo? ¿Cuáles son mis “tibiezas”?

2. Se trata de ser humanos

“Yo le dije: “¡Ay, Señor mío! mira que no se hablar, que soy un muchacho”. El señor me contestó: “No digas que eres un muchacho, que a donde yo te envíe, irás, lo que yo te mande, lo dirás. No tengas miedo, que yo estoy contigo” (Jer 1,6-7)

Humanos en la debilidad. No exigirnos una perfección irreal. No mitificar nuestras capacidades ni querer ignorar lo contradictorio de nuestras vidas. Aceptar que el amor a veces duele. Que el compromiso a veces cuesta. Que habrá días en que la generosidad no asoma por ninguna parte, y episodios en que las lágrimas campen a sus anchas.

Se trata de darse cuenta de que la propia vida no es un cuento infantil, sino más bien una historia con la complejidad de las historias humanas, con alegrías y tristezas, con aciertos y errores, con preguntas y respuestas (y alguna que otra pregunta sin respuesta). Eso sí, sabiendo que en esa debilidad, y en Dios, somos fuertes de un modo bien diferente.

¿Cuál es mi debilidad, tan humana, en la manera de vivir el evangelio? ¿Soy capaz de acoger con tranquilidad esas dos caras de la vida?

Fuente/Autor: Pastoralsj

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