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ESCRIBE TU EPITAFIO

27 de enero de 2020

Aprovecha mientras estás vivo a escribir tu epitafio, si no, después te puedes arrepentir. Tendrás que aceptar sin reprochar, desde tu fosa de muerto, lo primero que se les venga a la cabeza a los que te miren desde arriba.
¡Pobres finados, cuán poca consideración tenemos para con ellos! Basta darse una paseadita por el cementerio. Hazlo, lee los epitafios que tienen que soportar. ¡Qué poca imaginación tenemos los vivos para con nuestros difuntos! Peor aún, ¡qué poca consideración para con ellos! Es alarmante. Tenemos que poner una solución, ahora que estamos todavía vivos.

El epitafio es importante en la vida de un muerto, es la nota final en el gran concierto de la existencia, ha de ser la nota mejor dada, la que se ha de cuidar y ensayar con más esmero.

¿Qué es un epitafio?
El epitafio es la frasecilla con la que nos recordarán los vivos además del consuetudinario “¡Qué buen hombre era!”. Por lo tanto, no podemos permitirnos cualquier epitafio escrito así, a la carrera, sin pensar, sin reflejar en esas líneas la importancia y la dignidad del difunto.

A lo largo de la historia los epitafios han jugado un rol fundamental, por ejemplo en la historia del imperio romano, pero más aún en el cristianismo. ¿Qué epitafio más conciso y a la vez tan lleno de expresión que el de Jesús de Nazaret? Porque lo hizo él mismo: “Todo está consumado. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Después de éste, la producción de epitafios no se ha detenido. El epitafio es un último reconocimiento de la vida de los hombres. “Nada turba su fin, es la tarde de un hermoso día”.

En una frase, toda la vida. Recuerdo un par de epitafios dirigidos a dos niños italianos: “Había apenas florecido y Dios lo llamó; lo trasplantó en su jardín”. “Dios lo trasplantó en su jardín del cielo porque en la tierra hubiese perdido su fragancia”.

Pero, ¿qué muerto puede sentirse satisfecho con que le escriban en su tumba: “Tu esposa y tus hijos desconsolados…”? Mira la tumba del muerto, el año en que le pusieron la última flor se podría conocer perfectamente con el carbono 14. Se ve que, o su esposa y sus hijos pasaron a mejor vida, o ya se han consolado, o, pobre muertito, se han olvidado de él.
Además, ¿qué aporta ese epitafillo de segunda a la historia del difunto? ¿Qué me dice de él? ¿cómo saber si fue un buen padre, o un filósofo de la vida, o qué sé yo? Al menos que ponga: “Te fuiste sin pagar las deudas”, o “aquí yace una mujer tan flaca que en la vaina de una espada la fueron a enterrar”. Algo es algo. Por lo menos nos descubre un poco de la vida y milagros del que se subió al tren si retorno.

La importancia de escribirlo

Por eso conviene escribir ahora mismo el propio epitafio. No encargues a otros un asunto tan importante para tu muerte, quiero decir para el recuerdo de tu vida. Es mejor que lo hagas tú, al menos que lo escojas tú, a que lo haga el del negocio de lápidas y féretros o el sepulturero.
Siéntate a escribir. La verdad, no es fácil escribir un epitafio, menos el de uno mismo. La muerte cuando llega, no se anda con chiquitas y da “cus –cus” pensar en ella, sobre todo cuando se está bien aquí haciendo lo que a uno gusta. Pero te es difícil escribir tu propio epitafio sobre todo porque en unas cuantas líneas has de meter tu vida; lo que fuiste, lo que hiciste, lo que eres, lo que querrías ser en el futuro.

Escribir el propio epitafio es morirte un poco, verte en la caja vestido de frac, pálido, frío, taciturno, y pensar cómo te gustaría que te recordasen.

Es proyectar tu vida al momento de la muerte y pensar qué bueno sería volver a la vida para aprovecharla mejor, para no meter de nuevo la pata como aquella vez, cuando…

Escribir tu epitafio es orientar la vida por el camino que realmente quisieras seguir. “Aquí yace un hombre, que murió a los noventa años, pero que sólo vivió cinco”, al menos cinco, hay tantos que ni eso supieron vivir. “Aquí yace un hombre al que la muerte no agarró de improviso”.

Escribir tu epitafio es tomar el sartén de la vida por el mango, es adueñarte de tu vida, es tomarte la vida en serio. “Aquí yace un hombre que desde que nació supo que moriría y se preparó como Dios manda”. “Aquí yace un hombre”. Escribir tu epitafio es escribir la vida de un hombre que supo vivir.

Fuente/Autor: Antonio Sepúlveda

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