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ENVIADOS

27 de enero de 2020

En preparación al DOMUND ((Día Mundial de las Misiones), que se celebra el Domingo 23 de Octubre, publicamos cada día en esta sección de nuestra Página Web unas REFLEXIONES, que nos ayuden a prepararnos adecuadamente a esta cita misionera, que nos atañe a todos.

Ver listado para la primera parte.

SEGUNDA PARTE

11.
“El Espíritu del Señor está sobre mí… Él me ha ungido y me ha enviado”. Como evangelizador, compartes esta misma conciencia de Jesús. El mismo Espíritu que ungió y envió a Jesús te ha ungido también a ti y te ha enviado. No te quedes sólo saboreando la unción, atrévete también a responder al envío. Cuando escuchas que el Señor te dice: “ve y diles…” te ocurre lo que a todos los enviados: tienes miedo; y también se te ocurre pensar: “pero, ¿quién soy yo…?” Y más aún ahí en tu pueblo, en tu parroquia, donde la gente te conoce…, y te agarra por dentro eso que llamamos el “respeto humano”, el “¿qué dirán?”. Es verdad, muchos van a decir: “pero, ¿quién es éste?”, “¿qué se ha creído?”. También lo dijeron de Jesús sus paisanos, y hasta “se escandalizaron de él”. Si Jesús hubiera hecho caso al “qué dirán” no hubiera pasado de ser un buen carpintero de Nazaret.

12
Date cuenta de que llevas dentro de ti el mismo Espíritu que lanzó a Jesús a cumplir su misión, por encima de todas las coartadas. La mayor coartada no es lo que piense y diga la gente. Llega un momento en que de eso “pasas”. La mayor coartada la sientes dentro de ti mismo. Es la duda de la validez y utilidad de lo que vives y anuncias. Son las tentaciones del evangelizador. Como las tentaciones de Jesús: ¿no será mejor un mesianismo político?; ¿no será más eficaz hacerse con el poder, convencer desde la influencia?, ¿no ganaríamos más con que Dios hiciera de una vez un milagro espectacular? El mayor miedo ante el envío procede de la “pobreza” del anuncio y de la “pobreza” de los destinatarios. Frente a la “fuerza arrolladora” de los anuncios salvadores de hoy y de sus “potentes” destinatarios, no te extrane que te de cierto corte presentarte con la debilidad de la cruz -camino de entrega y de amor- y dirigirte a los “pobres” como destinatarios preferentes de tu envío. Chocas con la lógica de este mundo. Y tienes la tentación de acomodarte a ella, para hacerte “presentable”. Porque la posibilidad del rechazo te da miedo y el fracaso te asusta: “voy a ir a ellos, y no me escucharán…”

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“No les tengas miedo, que yo estoy contigo…” Sólo esa seguridad hizo posible que hubiera profetas en Israel. “No como yo quiero, sino como tú quieres”. Sólo esa “obediencia” hizo posible la salvación por la cruz. “Hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres”. Sólo esa valentía hizo posible el nacimiento de la comunidad de Jesús. Saberte enviado supone que miras a quien te envía, que te fías de él, y te sabes su mensajero. No hablas por tu cuenta. No eres tú el que salvas. Eres enviado a proclamar lo que Dios ha hecho en ti; lo que ha hecho en la historia de tantos hombres y mujeres salvados; lo que ha hecho resucitando a Jesús; lo que Dios quiere hacer con el mundo y los hombres de tu tiempo, a quienes continúa amando con amor entrañable de Padre. El miedo es una gran coartada para el evangelizador. Y una gran excusa. Tienes miedo al ridículo, a no saber, a no acertar con la palabra oportuna, a que sea rechazado el mensaje que anuncias. Tienes miedo a no convencer a nadie, porque hoy no se llevan los valores que propones. El miedo lo vences cuando eres capaz de hablar desde tu experiencia.

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Como tu envío lo realizas en una acción concreta, necesariamente pequeña, puedes tener el peligro de no ver mucho más allá de lo que tú mismo haces. También entre los evangelizadores puede ser verdad que “los árboles nos impidan ver el bosque”. El destino del envío no es sólo tu pequeña parcela, o tu parroquia, o tu movimiento o asociación, ni siquiera preferentemente los que ya están convertidos. El destino de tu envío es el mundo; aquel mundo “al que Dios amó tanto, que le envió a su único Hijo para que lo salvara”. Eso quiere decir que tú no eres enviado solo. Que formas parte del envío de toda la Iglesia, continuadora de la misión de Jesús; y que, con toda la Iglesia, debes sentir la pasión por el envío al mundo, a todos los hombres, más allá del trabajo necesariamente sencillo y pequeño que tú realizas cada día.

15
Sentirás muchas veces la tentación de no salir de la rutina de lo que ya estás haciendo desde hace tiempo. 0 el miedo a dar razón de tu fe y de tu esperanza más allá de las fronteras de la comunidad donde trabajas. Puedes llegar, incluso, a pensar que tu tarea como evangelizador se reduce a lo que haces dentro de la comunidad. Es verdad, con tu colaboración tienes que ayudar a que tu comunidad sea más viva, más evangelizada, con más talante evangélico, más fiel a lo que el Señor quiere de ella; pero nunca puedes olvidar que esa comunidad tuya tiene como destino el mundo y su salvación; y que toda su vida íntima (la oración, los sacramentos…) tiene como fin prepararla mejor y con más garantía para realizar la oferta del Evangelio a todos los hombres. No te conviertas nunca en obstáculo para la salida misionera de tu comunidad. No acapares para ti lo que está destinado para todos. Siente especial “debilidad” por todas las propuestas y actividades que tienen a los más alejados como destinatarios de la acción. Si tú mismo no las puedes realizar, alégrate de que haya gente contigo que sienta pasión por sacar el evangelio de los estrechos límites de “los de siempre”.

16
Tienes que preocuparte por sentir tú mismo y por hacer sentir a toda tu comunidad esta preocupación misionera. Y alegrarte de que, junto a tantas personas que se dedican a sostener y profundizar la vida cristiana de quienes ya están dentro de la Iglesia, haya creyentes y grupos que se plantean cómo llegar y qué hacer para que el Evangelio del Señor sea anunciado en ambientes y a personas que viven alejados de Dios y de la Iglesia y que, en general, son más difíciles de evangelizar. Los evangelizadores que se dedican preferentemente a esta tarea, individualmente o en grupos, no pueden sentirse solos o rodeados de recelos, como si su tarea no fuera esencial a la misión de la Iglesia. Son precisamente las personas y los ambientes más alejados los destinatarios preferentes de la misión de tu parroquia, movimiento o asociación. Si no lo sientes así, aunque tú mismo personalmente no puedas dedicarte a ellos, no estás en línea con lo que la nueva evangelización pide de tu condición de evangelizador.

17
Cuando escuches “misión” o “evangelización” referidas a tu propia parroquia, movimiento o asociación no pienses sólo en lo que estáis haciendo, y debéis seguir haciendo, a favor de “Ias misiones” y de los misioneros. Además de eso, piensa también en lo que tu parroquia hace o debe hacer para anunciar el Evangelio de Jesús a todas aquellas personas a las que no llegáis con el trabajo pastoral de cada día. También a ellos debéis anunciar el Reino de Dios. No hacerlo supondría una infidelidad grave a las exigencias del envío y no puede dejar tranquilos a los evangelizadores. El cuidado de los de dentro, aunque os exija mucha dedicación y esfuerzo, aunque no fuerais bastantes para atenderlo, no os puede privar de la pasión misionera y evangelizadora, para anunciar a los de fuera “lo que el Señor ha hecho con vosotros”. Son muchos más a los que no llegamos con nuestra acción pastoral que a los que llegamos. También a ellos somos enviados. El Señor nos ha puesto en camino. No te detengas, pensando que ya has llegado al final. Mira más a lo que falta por recorrer que a las etapas ya logradas. Es “el amor de Cristo el que te urge”.

18
Esa preocupación misionera la debes imprimir en tu tarea pastoral diaria. Todo lo debes hacer pensando no sólo en aquellas personas que ya están allí, para las que preparas una celebración, o a las que das catequesis, o por las que te preocupas desde Cáritas… Si piensas también en tantos otros, cuyos rostros quizás ni conoces, estarás dando a tu trabajo pastoral una fuerza de salida hacia afuera, que hará de ti y de todos aquellos a quienes llegas con tu trabajo pastoral auténticos misioneros. Poco a poco te irás dando cuenta de una cosa: el territorio en el que está enclavada tu parroquia, tu movimiento o comunidad es también “país de misión” aunque la mayoría estén bautizados. El baustismo que no se desarrolla es, en efecto, como la siembra que no crece en años de sequía.

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Puedes llegar a percibir que lo que hacéis en la parroquia, movimiento o asociación, y bien hecho, es insuficiente para llegar, no sólo de vez en cuando, sino de manera más habitual, a los ambientes, sectores y personas más alejadas; a las que también nos debemos como evangelizadores. A medida que crece esa preocupación, el evangelizador se despabila para buscar métodos, movimientos y asociaciones eclesiales que se han especializado en la evangelización de estos ambientes y personas. Los acoge en la parroquia como expresión de su preocupación misionera, los acompaña y estimula; no los considera extranos, porque ellos no son ajenos a la misma parroquia, aunque su lugar de trabajo sea más de frontera. En todo tu trabajo pastoral, siente la preocupación de preparar a hombres y mujeres que sepan dar razón de su fe en los ambientes donde viven y transformar la realidad cotidiana a la luz del evangelio. No des por supuesto que eso ya se hará; porque, a veces, nos convertimos sólo parcialmente. Que tu anuncio de la conversión abarque la realidad completa de la vida.

20
Al sentirte enviado, no tengas nostalgias de tiempos pasados, ni recurras fácilmente a comparar lo sencillas que eran las cosas antes con las dificultades que tenemos ahora para hacerlas medianamente bien. Ni quieras responder a las situaciones de hoy con “respuestas hechas” de tiempos pasados. Descubre, más bien, en las dificultades presentes un desafío a tu propio envío. Se te exige realizarlo con mayor madurez, con más seriedad y entrega. Con toda la humildad del mundo, debes considerar una dicha el que te haya tocado anunciar la Buena Noticia a gente que no se conforma con respuestas infantiles. Es gente que, a veces, aún sin saberlo o decirlo, busca una auténtica experiencia de fe, en primer lugar en ti, que te presentas como evangelizador. No seas fácil a “refugiarte del tempora”, dedicándote a cosas “pequeñas”, no por humildad, sino por miedo. Hoy, más que nunca, el envío te pide confianza: “no tengáis miedo, yo he vencido al mundo”.

OBJETIVOS:

1. Estimular en los evangelizadores la conciencia de misión y ayudarles a vencer el miedo que siempre infunde el “dar la cara” en el propio pueblo o ambiente. El envío lo hace Dios, a través de la Iglesia, en cuyo nombre, y no por cuenta propia, trabaja el evangelizador.

2. Promover una conciencia de envío al mundo, evitando quedarse limitados a los confines de la propia parroquia o del propio grupo o movimiento. Salir hacia fuera sin miedos ni nostalgias.

3. Ayudar a reconocer la insuficiencia del trabajo pastoral dentro de los límites de la propia parroquia, estimulando el aprecio, la acogida y el acompañamiento de movimientos y grupos eclesiales específicamente misioneros.

PARA LA REFLEXIÓN:

1. ¿Me influye mucho lo que piense de mí la gente, cuando me ve trabajando en las “cosas de la Iglesia”? ¿Me da corte? ¿Cómo lo supero? ¿Me remito con frecuencia a la llamada de Dios, a través de su Iglesia, para no trabajar por mi cuenta y riesgo?

2. ¿Me voy convenciendo cada vez más de la validez de lo que anuncio, tanto para mi propia vida como para la vida de los demás? ¿Voy descubriendo en la “vida según el evangelio” un estilo de ser y de obrar que merece la pena? ¿Me da confianza este descubrimiento, a la hora de proponerlo a los demás?

3. ¿Siento que hago las cosas por rutina? ¿Me siento con ánimos para pensar y proyectar caminos que nos lleven a todos a llegar a las personas que no se acercan o que lo hacen de tarde en tarde? ¿Tengo alguna experiencia de anuncio del evangelio a personas más alejadas? ¿Cuáles me parece que son las causas del miedo a salir de lo “trillado” de cada día, en mi propia tarea?

ORACIÓN:

Señor Jesús, enviado por el Padre a anunciar el evangelio del Reino a todos los hombres, que seamos obedientes al envío que nos haces, por encima de nuestros respetos humanos, de nuestras rutinas o de nuestras nostalgias de tiempos pasados. Fortalece nuestro corazón, para que no caigamos en la tentación de dudar del mensaje que pones nuestras manos y en nuestros labios; da anchura a nuestro horizonte y amplitud a nuestras miras; que sintamos las urgencias salvadoras que nuestro mundo nos plantea; haz que percibamos nuestra tierra como lugar de entrega y compromíso. AMEN.

Fuente/Autor: Pedro Jaramillo, Vicario General de la Diócesi de Villa Real, España

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