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EL VALOR DEL SACRIFICIO

27 de enero de 2020

Al comenzar la Cuaresma, surge en la mente de todos los católicos las ideas tradicionales y para muchos hasta un tanto obsoletas al hablar de Oración, Penitencia y Ayuno, que en muchos de los casos parecen no tener sentido en nuestros días. ¿Cuál es en sí el trasfondo de estos tres pilares para la Cuaresma?
¿Por qué nos resulta tan difícil poder expresar hoy en día nuestra conexión con Dios?

La realidad que vivimos no nos ayuda mucho

Estamos viviendo una etapa que los especiaslistas han llamado un subjetivismo endémico, es decir, estamos viviendo a flor de piel, o como se pueda entender, nos llevamos más por nuestros gustos y por nuestros impulsos que realmente por aquello que nos conviene más o que nos aprovecha más.
Hay quien ha llamado a esta etapa de la historia, la cultura de lo que me apetece, lo que me gusta, lo que ahorita puedo disfrutar sin pensar más en el futuro. Esto en muchos campos no nos ayuda, pues no nos permite construir una personalidad acorde con las necesidades de nuestro tiempo.
La exigencia, y en este caso la exigencia cristiana, no tiene cabida en este tipo de realidad, pues parece que lo que nos compromete y nos exige, va en contra de lo que nos gusta y nos place, y al contraponer estas dos realidades optamos por la más fácil y la que menos trabajo nos da.
La también llamada cultura del “desechable” nos pone en la disyuntiva de optar por aquello que es más aprovechable en este momento concreto de nuestra historia, más allá de lo que de verdad necesitamos cultivar.

Pasamos de un absolutismo a otro

En nuestros días es muy común escuchar que no existen los absolutos, que nada es absoluto y que todo es relativo. Cuando usamos la expresión que todo es relativo, estamos diciendo de alguna manera que el relativo es un absoluto.

Hemos relativizado todo con una sola idea, la de llevar nuestros gustos e inclinaciones a un lugar desde el que no pueden ser cuestionados, sino que permanecen de forma relativa sin ayudarnos a na-da. Es la cultura en la que todo depende de algo y todo se puede explicar desde cualquier punto de vista. Las cosas parecen facilitarse cuando las relativizamos pues podemos darle el enfoque que queremos.

Se ha perdido el encanto

Para los estudiosos del tema, la postmodernidad nos ha dejado dentro de sus carácterísticas una cultura del desencanto. Es decir, la capacidad para asombrarnos, la ca-pacidad para dejarnos envolver por el misterio se ha ido acabando para dar paso a una idea de desencanto.
Esta era de la postmodernidad nos ha enseñado a racionalizarlo todo y a cuestionarlo todo como si no existiera un lugar para la duda, o no le diéramos espacio a la fe y a aquello que no entendemos. Hoy simplemente si algo no logramos entenderlo en su plenitud, lo dejamos de largo y nos enfocamos a otra cosa.

Nos envolvemos en una sociedad pragmática

Nuestra sociedad y en ocasiones nuestra Iglesia no se escapa de esta influencia que me gustaría llamar de algún modo pragmática y por otra parte la cultura de la productividad. Le hemos puesto una medida a todo. Nos preocupamos por el rendimiento, y a veces hasta en forma exagerada. Lo único que parece importar es cuánto y cómo producimos mejor, no importa lo que haya que dejar de lado.
Desafortunadamente en mu-chos casos nuestra vida se enfoca simplemente en cuestiones que parece tienen que ver más con lo económico y con lo que nos deja más. Lo importante es cuánto voy a sacar de provecho en lo que pienso hacer, y eso que logro obtener cuánto puede redituar más en mi vida.
Ante esta realidad que parece estar retratada en forma negativa; pero que no por ello deja de ser más o menos real, ¿Qué pasa cuando en la Iglesia hablamos del Sacrificio como un valor que nos ayuda a construir una mejor vida cristiana?

El sacrificio como valor

El Papa Juan Pablo II invitaba muchas veces a reflexionar sobre el sacrificio y la ascésis como valores de la vida cristiana, especialmente en medio de lo que el consideraba una cultura consumista que no favorecía la interiorización de la persona. Cuando el bienestar y la comodidad son dos pilares de esta cultura consumista, el sacrificio parece estar fuera de lugar y de tiempo.
Autores como el P. José Maria Recondo consideran como tarea urgente redescubrir el sentido de la ascésis en nuestra vida y el fortalecimiento del carácter y la voluntad a través del sacrificio.
Hoy día es fácil creer que no se puede contra lo que resulta arduo, lo que es difícil y lo que no nos permite avanzar. El sacrificio cobra valor cuando es visto como parte de la contracultura que resulta el Cristianismo para nuestra sociedad actual con las carac-terísticas como las antes presentadas.
El Sacrificio se presenta como un valor en la medida que nos ayuda a fortalecer nuestra vida en todos sus aspectos y nos impulsa a la búsqueda de nuevos horizontes.
En la lucha contra las tentaciones diarias de nuestra vida, y que se presentan a cada momento, el sacridficio se vuelve una herramienta poderosa para ir dando valor a nuestra vida y desarrollar nuestra vocación de la mejor forma.

El sacrifio en nuestra vida diaria

Hablar del sacrificio en nuestra vida puede traducirse en ejemplos tan sencillos pero que producen muchos efectos positivos en nuestra vida diaria. Por ejemplo, a veces parece casi rutinario el pensar que hay que ir a la escuela, o al trabajo, y hablamos del pequeño sacrificio que hay que hacer cada mañana para levantarnos y comenzar un nuevo día de labores. Y estamos tan acostumbrados a ello, que se vuelve casi imperceptible a nuestros ojos, que hacer eso ya implica un sacrificio.
El sacrificio de ayudar a quien se encuentra en necesidad, de detener un tiempo nuestra ajetreada vida para escuchar a quien lo necesita, de dar unas palabras de ánimo para quien se siente desprotegido, son pequeños sacrificios que a veces evitamos.
El dejar de comer algo que nos gusta aunque sea por un día, el arte de aprovechar el tiempo, de dedicar un poco más de tiempo a realizar una tarea, de sacrificar unas horas de televisión o de Internet y aprovecharlas en una lectura, en una oración o en una meditación, son pequeños sacrificios que podemos hacer día con día y que encontrarán su recompensa.
El sacrificio está ligado a nuestras opciones, y cuando lo ponemos en esa perspectiva, entonces cobra un nuevo valor: da sentido a nuestra vida.
La vocación exige un sacrificio, el de entregarnos sin medida a aquello que consideramos tiene un alto valor. Ojalá que aprovechemos bien de la oportunidad de esta Cuaresma para retomar nuestra vida, reafirmar nuestras opciones por el Reino y hacer el sa-crificio de buscar en nuestra vida lo que da valor y sentido antes que comodidad y placer.

P. Chan, cs

Fuente/Autor: Padre Chan, cs

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