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El Cristo crucificado – el Cristo resucitado – el Cristo peregrino –

27 de enero de 2020

EL CRISTO CRUCIFICADO, EL CRISTO RESUCITADO Y EL CRISTO PEREGRINO-

El sacramento latino americano de la esperanza podría tener estos tres momentos.

El Cristo crucificado tan hijo de nuestra tierra, tan hermano de nuestra gente, tan identificado con los pueblos de las cordilleras como de la costa, del Norte como del Sur. Un Cristo que grita aquel porque me has abandonado y al mismo tiempo afirma que todo se ha cumplido. Es la derrota histórica que se vuelve victoria del Reino. Es la dimensión de la eucaristía, de un Cristo partido por y para con la humanidad. Tenemos que volver al misterio profundo de la eucaristía destacando dos de sus componentes: el memorial y el banquete.
El memorial como celebración de la vigilia de todo un pueblo que agoniza en la esclavitud y vislumbra al mismo tiempo el amanecer de la Pascua. Un pueblo con los huaraches puestos, el cayado en la mano, la túnica apretada a la cintura para salir de viaje. Es el memorial donde se da simultáneamente el primer paso afuera de la esclavitud, el primer paso en el umbral de un éxodo que dejará en la boca por muchos años todavía sabor a amargura y muerte antes de desembocar en la Pascua. La eucaristía se celebra así como pan de vida y pan del camino, como el nuevo maná distinto del maná de nuestros padres, de esta sociedad que queremos dejarnos atrás, sacudírnosla como polvo de muerte. La memoria histórica, experiencial y litúrgica de nuestro pasado lleno de esperanza, porque impulsado por valores e ideales debe volver a ser la materia sacramental de esta eucaristía preñada otra vez de esperanza.
el banquete es el otro aspecto de la eucaristía, es el sello de una comunidad reunida en vigilia de éxodo y de muerte (crucifixión) que anticipa la Pascua. El banquete eucarístico tiene que volverse la dimensión cotidiana y vivencial de América latina, su cita con un Cristo que sigue compartido – crucificado y resucitado al mismo tiempo. El banquete es siempre fiesta, aún que se celebre la muerte, porque nuestra muerte latino americana y luego cristiana siempre ha sido grávida de resurrección. Nosotros no somos como los que no tienen esperanza (grita Pablo en I Tes.4,13). Nuestras marchas y nuestras manifestaciones, las luchas como las protestas tendrán que saber en futuro a banquete eucarístico, donde se celebra a un Cristo que lava los pies y se entrega como carne desatada de salvación; donde se celebra la traición primero de un Judas y después del príncipe de los apóstoles. (Pedro Satán ha pedido permiso para sacudirte… Lc.22,31)
Los dos momentos eucarísticos desde un punto de vista celebrativo teológico y espiritual tienen que regresar al camino que lleva a Emaus: es una liberación progresiva que pasa por la duda y la resignación, pero pasa también a través de las aldeas, los campos y las colinas que separan Jerusalén de Emaus. Que quiero decir? El lugar celebrativo de nuestro camino, de aquel éxodo de América latina que desemboque en la Pascua tiene que pasar a través de nuestros campos y veredas, de nuestros hogares, fabricas y calles, en la sierra como en la costa, en el desierto así como en la selva. Tiene que hacer temblar los muros de Jericó en los bancos, en las instituciones, en el ejercito y todo tipo de poder y cadenas. Es un camino que no se puede transplantar en otro continente: América latina tiene su encarnación pascual, sus rasgos teologales de historia de salvación.
El Cristo resucitado como aval de nuestra esperanza. Un Cristo resucitado que sigue teniendo las heridas, aún que sean salpicadas de luz, un Cristo resucitado que aparece y desaparece, que tocas y desvanece, que te sale al encuentro y no puedes detener ni de El colgarte. (Jn.20,17) Más que de apariciones tenemos que hablar de encuentros con el Resucitado: la resurrección no es un milagro donde haya técnicos o reporteros que relatan el acontecimiento: la resurrección es esencialmente encuentro con el Viviente que me transforma en testigo y en sacramento de resurrección. Para usar el pasaje de una poesía latinoamericana tenemos que volvernos amenazas de resurrección . Una vez que se lleva a cabo el encuentro con Él, el Cristo desaparece de la vista, porque se ha encarnado en el corazón del testigo. Es el Cristo que reúne la comunidad apostólica desecha por el escándalo de la cruz, una comunidad echa pedazos, con las heridas de la traición, de la decepción y resignación. El Resucitado se hace camino con cada uno según su momento y su pasado. Distinto es el encuentro con Tomas del encuentro con Juan donde el sepulcro vacío se vuelve para el discípulo que Él amaba en experiencia de resurrección (Y vio y creyó). Se trata de una esperanza que tenemos firme en nuestro puño, porque el Cristo nos amarró de vida y sin embargo el otro cabo del mecate seguido se pierde por momentos en la noche, se hace nudo delante de cada nueva muerte y derrota, sumergidos a veces por olas arrasadoras: El Señor ha resucitado…
El Cristo peregrino en una comunidad peregrina, que anda con nosotros hacia la ciudad que no se acaba, hacia la Pascua de los hijos y hijas de resurrección y que es al mismo tiempo crucificado y resucitado, que como los dos discípulos de Emaus ves y no reconoces, te ilumina y te hace arder el corazón y sin embargo no te abre todavía los ojos. Es el Cristo que ha dejado el sepulcro vacío para llenar el vacío de nuestros corazones y que nosotros buscamos en la tumba cuando Él anda en las aldeas, veredas y avenidas de nuestros días. Es el Cristo que prepara la liturgia de la esperanza en la calle para celebrarla después en la posada hecha catedral. Tal vez en nuestra historia recién hemos separado la calle de la posada, el templo de la aldea, el campo de la ciudad. Emaus y Jerusalén después del encuentro con el Cristo peregrino se reúnen en el testimonio-celebración de los dos discípulos que re-encuentran la comunidad con la que habían roto y de la que se habían alejado. La grande novedad del Cristo crucificado, resucitado y peregrino es el hacerse encuentro que genera la comunidad vuelta misión y testimonio. El Cristo de la resurrección sigue llevando las cicatrices de las heridas, así como los dos discípulos y la comunidad apostólica seguirán por mucho tiempo mostrando las cicatrices de la duda, de la ruptura, de la incredulidad, pero ya están mojados de la vida de la resurrección.
Este es el grito de esperanza de América latina: ninguna escuela de guerra o de economía puede destruir nuestra vida que ya ha pasado por la muerte. Como el Cristo tenemos que dejar un sepulcro donde quieren custodiarnos, los soldados, el poder y los mismos discípulos e irnos a la huerta, a la aldea a los cenáculos, donde nadie nos busque para celebrar nuestro encuentro de resurrección.
En una esperanza en gestación. Como por una criatura en el seno materno no sabemos todavía sus rasgos y sus detalles. Tan solo sabemos que está viva y engendrará vida.
P. Flor María, c.s.

Fuente/Autor: P. Flor

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