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Dios Misterioso

27 de enero de 2020

¿Quién eres? ¿Cómo eres? ¿Dónde estás? ¿Qué quieres de mí? ¿Hablas? ¿Callas? Podría hacer preguntas y más preguntas, y cada respuesta me parecería pobre, incompleta, insuficiente…

A veces pienso que podías habérnoslo puesto un poco más fácil, podías hablar de modo más claro, hacerte presente sin dar espacio a la duda, o revelarte con claridad, por aquello de que definitivamente entendiésemos el evangelio. Sí, claro, decimos desde la fe que al final lo entenderemos todo, te veremos cara a cara, y todo eso. Pero, como decía Don Quijote a Sancho; “largo me lo fiáis…” Hay ocasiones en que me enerva tanto Misterio…

1. Nunca te conozco del todo…

Mi corazón te dice: “Yo busco tu rostro, Señor, no me ocultes tu rostro.” (Sal 27,8)

Esta es la primera lección importante. No recuerdo cuándo la aprendí, pero alguna vez me di cuenta de que el Dios al que rezaba de pequeño no bastaba. Y tampoco bastaban las respuestas un poco temerarias del adolescente que creía saberlo todo.

Alguna vez te das cuenta de cuánto ignoras acerca de Dios. Entonces toca empezar a preguntar de qué va eso del amor. Y la cruz. Y lo de ser hermanos. Y lo de dar la vida. Y por cada respuesta que uno intuye brotan mil nuevas cuestiones.

Entonces te preguntas por qué hay mal (y descubres que se lo ha preguntado tanta gente a lo largo de los siglos). O intentas entender eso del perdón, y de las bienaventuranzas… Pero es todo tan distinto a lo que vivo a diario. Tan distinto a lo que veo en torno, que me cuesta entenderte, Dios.

¿Qué conozco de Dios? ¿En qué dudo? ¿Qué siento? ¿Qué intuyo? ¿Qué me inquieta? ¿Soy capaz de buscar respuestas o lo de la fe lo vivo con inercia?

2. Y encima me descolocas…

“¿Por qué, Señor, te quedas lejos, y te me escondes en los momentos de peligro?” (Sal 10,1)

Cuando creo tenerte bien controlado. Cuando creo que ya sé de qué va tu evangelio. Cuando siento que mi vida, más o menos, va encontrando su lugar. Y algo ocurre y de nuevo me doy cuenta de que he entendido muy poco, he respondido muy poco y necesito seguir buscando. Cuando quiero llevar las riendas tú me las quitas.

Cuando quiero dejarme llevar, me urges a dar pasos. A veces rezo y no estás por ninguna parte, y otras, cuando ni te estaba buscando, apareces. ¿Juegas conmigo o es que toca aceptar que desbordas un poco?

Y, sin embargo, prefiero seguir buscándote que ignorarte. Prefiero que estés en mi vida, aunque sea de esta manera, a convertirte en una imagen hueca. Prefiero tu amor difícil que una presencia vacía. Pero hazte un poco fuerte en mi vida…

¿Qué es lo que más me cuesta aceptar de Dios? ¿Qué es lo que más me descoloca de vivir la fe?

Fuente/Autor: Pastoral, SJ

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