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Familia

Dar lo que duele: tiempo

27 de enero de 2020

Si nos decimos o queremos vernos como personas amorosas, responsables, generosas, demos lo que más nos duele: tiempo, vida, además de cosas y dinero.

“Dar hasta que duela”, es frase conocida de la Madre Teresa de Calcuta, refiriéndose a la limosna como forma de caridad cristiana o de humanismo. Dar bienes materiales, principalmente dinero es, para la mayoría de la gente, la forma identificada como “caridad”, o amor al prójimo, beneficencia, que es lo mismo. Está bien, pero no es todo.

Es muy cómodo dar lo que nos sobra, un poco –o un mucho– de lo que NO nos hace falta, sobre todo porque tranquiliza la conciencia o nos hace sentir bienhechores. Estas dádivas tienen, por supuesto, cierto valor, sobre todo frente al egoísmo extremo de los incapaces de compartir lo mínimo que sea con el prójimo necesitado, pero se quedan cortas.

Porque lo mejor, tanto humana como cristianamente, es dar lo que más valoramos, que cuando lo damos “nos duele”: al bolsillo, al confort o al gusto personales; aquello que guardamos “para cuando se ofrezca”, pero que darlo a otros que lo necesitan nos incomoda, por decir lo menos.

En cualquier forma, dar cosas y dinero, aún teniendo valor divino y humano, se queda corto con dar lo más precioso que tenemos: tiempo, es decir vida. La vida no es otra que tiempo, el que transcurre de la concepción a la muerte.

Cristo dijo que no hay amor más grande que el de quien da la vida por sus amigos, tal como Él lo hizo. Pero ni siquiera nos pide morir por Él sino en casos extremos –los mártires son pocos en la historia–. También la mística de la patria nos pide la vida por ella, y en cualquier ceremonia cívica la ofrecemos, si hubiera guerra, empuñando las armas contra algún “extraño enemigo”, pero ¿realmente confrontaremos esa obligación, morir por la patria? Lo más probable es que nunca.

Pero lo que está al alcance de todos es dar tiempo, vivir por el prójimo, por la sociedad, por la patria. Este, por ejemplo, es el caso de la misma Madre Teresa de Calcuta, y de otros que dedican su vida o mucho de ella al prójimo. Son, digamos, los benefactores sociales, paradigmas de la generosidad; pero no se nos pide tanto.

En la vida diaria del hombre común, la mayor generosidad es dar tiempo a quienes lo necesitan, lo requieren de nosotros, principalmente nuestro prójimo más cercano, la familia. Esto es lo más difícil, cuando se nos pide demostrar con hechos reales el amor que decimos tener, hechos que requieren lo que más nos gusta, nuestro tiempo.

¡Qué difícil es dar tiempo! y qué fácil es dar cosas, sobre todo de lo que no nos hace falta, que “no nos duele”. Pero lo que realmente nos duele, y mucho, es dar tiempo, que preferimos dedicar a lo que más nos complace, aunque sea porque nos hace sentirnos bien con nosotros mismos.

“Tengo mis obligaciones”, dicen los hijos a sus padres ancianos que les piden un poco de su tiempo, cuando en realidad el mensaje es “prefiero hacer ‘mis cosas’ a estarme contigo”. Psicólogos del mundo advierten: el principal achaque de los viejos es la soledad, pero ¿dejar la plática, una buena comida, la vuelta al cine, ver la tele, el simple reposo (¡tan merecido!) para acompañar a mis papás…? ¡no, cómo!

Está bien dar cosas y dinero, pero no podemos decir que amamos a alguien si le damos solamente cosas y dinero en vez de tiempo. Nos duele demasiado dar tiempo, pero olvidamos que parte de nuestras responsabilidades es dar tiempo, y si parece que no lo tenemos, es cuestión de revisar nuestras prioridades. El núcleo familiar necesita nuestro tiempo, pero también otras personas cercanas –de luto, deprimidos, enfermos o presos–, ya no digamos la comunidad, “la gente pobre, los que a nadie tienen…”

El cielo se nos promete si practicamos las obras de misericordia, como visitar al enfermo. Pero nos duele hacer la visita, “perdemos tiempo”, olvidando el que los demás nos dedican o nos han dedicado; parece que el sentido de reciprocidad anda muy escaso, y la avaricia abundante.

Si nos decimos o queremos vernos como personas amorosas, responsables, generosas, demos lo que más nos duele: tiempo, vida, además de cosas y dinero. A cualquiera podemos decirle –nos crea o no–, que “no tenemos tiempo”, pero a quien todo lo sabe, a Dios, no podemos engañarlo siendo tacaños, avaros con nuestro tiempo, diciéndole “Diosito, es que no tengo tiempo que dar, estoy muy ocupado con mis cosas, mis responsabilidades”. Y en el fondo, tampoco a nosotros nos hacemos tontos.

Fuente/Autor: Salvador I. Reding V.

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