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CRISTIANOS Y MISIONEROS

27 de enero de 2020

Este año se llevó a cabo en Guadalajara el Noveno CONAJUM que es el Congreso Nacional de la Juventud Misionera y que contó con la participación de 13,000 jóvenes quienes en medio de su alegría, entusiasmo, su ánimo y euforia tradicional reflexionaron sobre la importancia de ser Discípulos y Misioneros para Cristo.
Para quienes tuvimos la enorme dicha de participar con ellos, nos dimos cuenta que hay mucho empeño en la juventud por lanzarse a construir el Reino de Dios.
Cuánto esfuerzo realizan muchos de estos y estas jóvenes durante el año, o durante más tiempo para reunir los fondos necesarios para poder asistir desde diferentes partes del Territorio Nacional, y llegar al lugar donde el evento se va a llevar a cabo y participar en las porras, los cantos, las pláticas, las exposiciones de las diferentes congregaciones misioneras y regresar a casa para poner en práctica lo que se ha aprendido. Y poco antes del CONAJUM, se llevó a cabo en Querétaro el ENJES, Encuentro Nacional de Jóvenes en el Espíritu Santo en el que unos 20,000 jóvenes participaron con el mismo entusiasmo para descubrir a través del Espíritu Santo su llamado a la Vida Cristiana y a la Misión.
Uno pudiera preguntar cuando se ven estas manifestaciones juveniles, ¿Dónde están todos los demás jóvenes católicos? ¿Por qué muchos y muchas ni siquiera se dan por enterados de que esto existe? ¿Por qué no encuentran el apoyo de los párrocos o de los asesores de pastoral juvenil para participar en estos encuentros?
Hablamos mucho de que la juventud se ha ido perdiendo y muchas veces no nos damos cuenta de que hay muchas oportunidades para que la juventud católica pueda manifestar su adhesión a Cristo.

MISIONEROS DESDE EL BAUTISMO

A veces resulta tedioso para nuestros lectores que parecemos disco rayado insistiendo en que como Cristianos estamos llamados a ser misioneros. Lo repetimos hasta el cansancio y durante el Mes de Octubre, que es el Mes Misionero en la Iglesia lo vamos a escuchar con mucha frecuencia.
Esta primera dimensión de la vida cristiana, que es la misión, la adquirimos por el Bautismo y a través de él nos comprometemos a hacer de nuestra vida una misión para el Reino.
A medida que crecemos y vamos tomando consciencia por los demás Sacramentos de nuestro compromiso cristiano, vamos desarrollando quienes más y quienes menos nuestra misionariedad y la llevamos a cabo a través de la vocación que escogemos.
Cuando uno participa en encuentros juveniles, uno se llena de alegría y de esperanza de ver el interés de los y las jóvenes por la misión; el ánimo con el que preguntan sobre la misión y la curiosidad por la vida misionera. Esto parece ser un signo alentador en la Iglesia en la que solamente la mayoría de los casos tendemos a fijarnos solamente en la parte negativa y en descubrir los errores más que los aciertos, y ver la parte que desalienta más allá de estos signos de esperanza no solamente para la Iglesia sino para la sociedad.
El compromiso cristiano debe estar presente cada vez más en la Iglesia y debemos trabajar juntos para seguir llevando a cabo la construcción del Reino de Dios.

LA MISIÓN COMIENZA CON EL DISCIPULADO

Una de las cosas que debemos tomar en cuenta y que necesitamos ayudar a la juventud es a enfocarse en la preparación. A veces somos una Iglesia a la que no le gusta prepararse, creemos que todo lo sabemos, o peor aún, no sabemos y no nos interesa aprender.
Cuando se organizan cursos o pláticas de preparación, la gente brilla por su ausencia bajo un sinnúmero de pretextos y justificaciones. Nos cuesta trabajo dedicar tiempo para conocer más sobre nuestra religión. Nos admiramos de lo que la gente “cambia” cuando decide abandonar la Iglesia Católica y pasar a otra denominación cristiana, sin darnos cuenta que también se puede vivir el catolicismo de forma correcta y la gente notaría transformaciones interiores y externas en nosotros.
Ser discípulos nos invita a aprender de Jesús, a tomarlo como nuestro Maestro y seguir sus enseñanzas. Sea en el Grupo parroquial, o en cualquier movimiento dentro de la Iglesia (Jornadas, Renovación, Camino Neocatecumenal, Cursillos, etc.) uno tiene que comenzar por el discipulado, por sentarse a los pies de Jesús como maría en el Evangelio para escuchar su Palabra y llenar el corazón de la Presencia viva de Jesús.

DESPUÉS VIENE LA ACCIÓN

Muchos y muchas jóvenes se desesperan y se desilusionan porque no saben a que hora es bueno “despegar” y comenzar la misión. Un buen número no logra descubrir que desde el discipulado la misión ya está llevándose a cabo. Y a otro buen número de jóvenes hay que recordarles que el tiempo de discipulado ya los debe empujar también a poner en práctica lo que se ha aprendido. Pues nunca falta en los grupos y en los movimientos quienes se van haciendo “fósiles” y sin aportar nada continúan solamente recibiendo o “calentando las bancas” sin llevar a cabo ningún trabajo apostólico, y más doloroso aún, sin tomar ninguna responsabilidad de servicio dentro del grupo o movimiento.
La Misión nos invita a salir del cascarón y ejercer nuestro ministerio de forma desinteresada y poniendo todo el entusiasmo para llenar a cabo la tarea evangelizadora de la Iglesia.
Por otra parte, hay otro grupo de jóvenes que quieren comerse todo el pastel rápido, sin prepararse adecuadamente, y se quieren lanzar a la misión sin saber qué llevar. Por lo general, terminan “vaciándose” interiormente sin conseguir nada más y quedándose mayormente desilusionados, aburridos, cansados y sin esperanza de querer trabajar a favor de los demás.

DE UN AMBIENTE “DE CASA” A UNO MÁS GRANDE

Muchas veces cuando a Nivel Jerárquico en la Iglesia se habla de la Misión, se hace mucho hincapié en que tenemos que comenzar por nuestra propia casa; que no es necesario ir a otras tierras para llevar la Palabra de Dios, y que es necesario comenzar la misión en nuestro grupo, en nuestra comunidad parroquial y que y habrá tempo o quizá otras personas para hacer la misión afuera.
Otras veces se ha hecho hincapié en el “clero nativo” o en “misioneros de la tierra de misión” para de cierta forma garantizar que haya misioneros y sacerdotes abunantes, sea en los lugares de envío como en los lugares de misión; sin embargo, es necesario señalar que en ocasiones detrás de esto se esconde el no querer enviar misioneros solamente por temor a que “se terminen” los que “ya tenemos” y que retenemos para nuestra causa.
Por ello quiero hacer notar que la misión no tiene lugar fijo, y que las necesidades son cada vez mayores, en el lugar de envío y en el de recepción de misioneros. Esta necesidad nos tiene que impeler a buscar la misión y sentir que más allá de mi grupito de Iglesia o de mi comunidad, existen muchas personas con hambre de Dios y con necesidad de testimonios convincentes y actuales de compromiso cristiano y social que se comprometan a transformar las estructuras de pecado, de ignorancia, de injusticia y de dolor entre muchas otras y entreguen sus vidas para llevar el mensaje Cristiano a quienes lo necesitan.
Este Mes Misionero debe motivarnos a asumir nuestro compromiso cristiano y vivir nuestra vida de fe acorde al llamado de Dios para vivir dando testimonio de nuestro nombre de cristianos.
Por eso, queridos Jóvenes sin Fronteras, no tengan miedo a responder al llamado misionero. Prepárense con mucho entusiasmo, busquen dónde pueden responder mejor al llamado de Dios y láncense a vivir esta aventura de ser cristianos de compromiso profundo y de testimonio creyente. Ánimo y Feliz Mes Misionero.

Padre Chan, cs

Fuente/Autor: Padre Chan, cs

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