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Ámame, no me uses

27 de enero de 2020

No me digas que este párrafo del Quijote no nos viene como anillo al dedo. Léela, pero sin pensar en Fulanito ni en Menganita:

Sucedió, pues, que como el amor de los mozos, para la mayor parte no lo es, sino apetito, el cual, como tiene por último fin el deleite, en llegando a alcanzarlo se acaba, y ha de volver atrás aquello que parecía amor, porque no puede pasar adelante del término que le puso naturaleza, el cual término no lo puso a lo que es verdadero amor.

Cervantes, recordémoslo bien, no era ciego y el hombre es el mismo en cualquier época. En otras palabras: eso de golfear ya se estilaba en el Siglo de Oro y desde tiempo atrás. Lo que el Manco de Lepanto nos enseña en su castellano antiguo y perfecto es algo obvio.

¿Has aceptado la moraleja? A mí me parece que una cosa es el amor y otra muy diferente, el placer. Y que nuestro trato, especialmente con ellas, debe orientarse con la brújula del amor.

He reflexionado sobe el tabú del sexo. Eso que nos suscita tanto pudor y de lo que solemos hablar entre camaradas. Pienso en mi matrimonio y en el de tantos otros. Si esos actos matrimoniales que traen la vida se realizan únicamente por el placer que se experimenta, se acuchilla el amor. Desde ese momento dejamos de ser personas para convertirnos en cosas, robots teledirigidos por nuestros apetitos.

El placer, el deleite, el apetito son muy subjetivos. El amor los incluye, no los desprecia, pero va más allá. Atraviesa el portón del propio yo y se da a los demás. No puede estancarse.

La puerta del amor se abre hacia afuera, siempre hacia los demás, y se llama felicidad. En cambio, la del placer se cierra con el candado del egoísmo. El amor dura. El placer se acaba. El placer no es más que un efecto, un producto secundario. Una especie de barniz que acompaña las acciones de los hombres y se diluye con la nieve en verano.

El placer sigue, no se persigue. El placer acompaña al amor, pero no es el amor. El placer no es un señor, sino parte del séquito. O, si quieres, en lenguaje más taurino: el amor es el diestro, y el placer, uno de la cuadrilla.

El placer es una paloma que remonta el vuelo al sentirse apresada. Sólo planea verdaderamente en los vientos del amor.

Recuérdalo siempre: cuando se persigue denodadamente el placer por el placer, desaparece, porque le falta su fundamento: el amor.

Fuente/Autor: Juan Luis Martinez y Juan Pablo Ledesma

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