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Mundo Misionero Migrante

Altar, Sonora, última escala de quienes buscan cruzar el desierto hacia EU

27 de enero de 2020

La localidad ofrece servicios para que los migrantes intenten llegar al país vecino

Carretera para las camionetas que los llevan, hoteles y comida, entre los negocios locales

Altar, Sonora

“A los caídos en los desiertos de la muerte”, reza parte de lo escrito en una enorme placa metálica a la entrada del Centro Comunitario de Atención del Migrante en esta localidad, última escala antes de que cientos, miles de mexicanos y extranjeros intenten el cruce de la frontera a Estados Unidos. A unos cuantos pasos de este centro, clavadas en esta tierra desértica, se levantan tres grandes cruces blancas de unos tres metros de altura, en memoria de los migrantes muertos en California, Texas y Arizona; en toda la frontera suman poco más de 400 muertes cada año.

Desde el año 2000 y el fortalecimiento del control fronterizo para el cruce de personas en las principales ciudades y zonas urbanas aplicado por la Patrulla Fronteriza, el número de muertes ha crecido rápidamente; el tramo de 261 millas a lo largo del desierto de Sonora hasta Arizona, se ha convertido en un punto letal para los migrantes, con más de 50 grados centígrados entre julio y agosto, que es el peor mes para hacer el cruce, pero que por la noche alcanzan temperaturas gélidas que pueden causar la muerte por hipotermia.

Muchos de los caminos de entrada utilizados por los indocumentados implican caminatas de hasta 50 y 80 kilómetros de distancia a lo largo de veredas del desierto. Muchos caminan durante días bajo temperaturas de 38 grados, pero tampoco eso significa que logren llegar al otro lado con éxito.

Limbar Jiménez Hernández, joven de 34 años, originario de Raudales Malpaso, en Chiapas, caminó infructuosamente durante tres días, junto con otros 20 paisas para llegar a Tucson, a unos cien kilómetros de la línea. “Estuvimos a cinco minutos de subir a la camioneta, ya le habían hablado para que pasaran por nosotros” y llevarlos a Phoenix, pero la migra se les adelantó. Este era su segundo intento, ya no habría uno más. Sentado en uno de los puestos de comida se llevaba a la boca dos trozos flacos de pollo frito, y en su mano tenía ya el boleto de regreso para su tierra; el camión saldría a mediodía. 820 pesos pagó por de regreso.

Pero en la plazuela de esta localidad hay decenas, cientos, sobre todo de jóvenes, incluyendo mujeres, que intentarán el cruce en los próximos días. Con 15 mil habitantes, se estima que en Altar hay una población flotante de 2 mil personas. Los puestos de comida y de venta de mochilas, tenis, guantes y chamarras pululan en el centro, junto con los “hoteles” y “casas de huéspedes” que cobran desde 30 pesos la noche por persona para que en una habitación duerman sobre unas cobijas cinco y hasta seis personas en un cuarto.

En la plazuela, a un costado de la presidencia municipal, la iglesia y grupos de jóvenes que esperan el momento de partir, se ubica también una fila de camionetas Van. Por persona cobran 200 pesos y hacen el recorrido de 90 kilómetros de terracería hacia la comunidad del Sásabe, justo frente a la línea, de donde cada grupo intentará burlar a la migra, pero también no ser alcanzado por la muerte. En cada unidad, casi todas sin los asientos originales, meten a un promedio de 20 pasajeros, que en muchos casos van sentados sobre el piso de la camioneta.

Estos últimos kilómetros sobre el desierto del territorio nacional se transitan sobre una terracería “concesionada” y por la cual cada unidad debe pagar 30 pesos. En la improvisada caseta de peaje, que da el paso a las camionetas que cubrieron la cuota, se puede leer en una placa tricolor la leyenda: “Viva México, cabrones”. Incluso, el cobrador entrega a los choferes un recibo fiscal con el nombre de José de Jesús Salazar, comprobante que contiene el sello y registro oficial de contribuyente, desde 1986. Y, aunque de terracería, rumbo a Sásabe se observaron dos máquinas pesadas en el mantenimiento del camino.

Treinta y cinco kilómetros antes de llegar a la línea con Estados Unidos y que cada grupo emprenda su recorrido con el pollero contratado, todos los pasajeros de las 70 camionetas Van que hacen ese recorrido diariamente entre las siete de la mañana y las cinco de la tarde, bajan en el puesto de estación del Grupo Beta, del Instituto Nacional de Migración.

Casi todos los migrantes, con la mirada pérdida, en silencio, con la incertidumbre de lo que ocurrirá en las próximas horas y días, escuchan de los agentes mexicanos de migración las últimas indicaciones de “ayuda humanitaria” y la recomendación de no correr en caso de ser detenidos por la migra. Mario López, agente del Grupo Beta, luego de las recomendaciones a un grupo de 22 migrantes, cinco de ellas mujeres, confiesa: “duele ver a personas -son gente de bien- que sólo quieren trabajar, vivir mejor, pero aquí, el desierto no perdona”.

Fuente/Autor: JOSE ANTONIO ROMAN ENVIADO ornada sin Fronteras

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