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Testimonios

Alejandro Aznar Gómez

27 de enero de 2020

Vidas que dejan huella.

Nació en Cádiz el 9 de agosto de 1968. Aunque sólo vivió allí ocho años, se sentía muy gaditano. Tras dos años en Algeciras, en 1978 su familia se trasladó a Valencia. Tanto en Cádiz como en Algeciras, Alejandro fue alumno de los salesianos. En Valencia, tras un breve lapso de tiempo en el colegio Jaime I, acabó su educación básica en los escolapios. Sus calificaciones durante esta fase educativa fueron siempre muy altas. La tenacidad de su trabajo y la seriedad en el estudio se plasmaron en un expediente académico brillante, reflejo de su sólida formación científica.

De ahí que accediera sin problemas a los estudios universitarios de ingeniería industrial en la Universidad Politécnica de Valencia; allí cursó los dos primeros años de ingeniería. Sin embargo, su actitud serena, pero de cierto desasosiego, hacía presagiar que la ingeniería no era más que un accidente en una lucha interior que sólo él conocía aunque algunos intuían.

A lo largo de toda su infancia, siguiendo primero a sus hermanos y adelantándolos después, inició su vida en el movimiento scout. Su afán de servicio y formación entre la juventud encontró en el escultismo un cauce sincero y sacrificado. Las satisfacciones y dificultades de este servicio elevaron sus miras que no encontraban fácil acomodo en esta sociedad.

Finalmente, en septiembre de 1988, con veinte años de edad, mientras hacía cola para matricularse en tercer curso de ingeniería, dio media vuelta e ingresó en el Seminario Diocesano de Valencia. Los dos primeros cursos los finalizó -otra vez con espléndidas calificaciones- en el Seminario de Moncada. El tercer curso lo hizo como colegial de Santo Tomás de Villanueva en Valencia. Acabó su bachiller de teología en junio de 1993.

A lo largo de estos años dos aspectos se acentuaron en su vocación: de un lado, sin abandonar del todo el escultismo, encontró aún más necesario el servicio a los marginados. Menudearon desde entonces sus asistencias a los ancianos del Asilo de Benagéber (Valencia) y a un grupo de enfermos terminales de sida recogidos en un piso de Cáritas, asimismo en Valencia.

De otro lado, su cercanía al mensaje y ejemplo de Francisco de Asís le hizo acercarse a la pobreza más radical mientras se llenaba de una riqueza espiritual no exenta de dudas. Efectivamente, lejos de reposar su vocación en una serenidad acomodaticia, sus propias exigencias de perfección y bondad le hacían dudar de su propia capacidad de seguir a San Francisco. El modelo lo veía tan alto que las dudas le ensombrecían el ánimo. Alejandro pronto encontró el remedio: se abandonó en las manos de Dios y esperó.

Amó la peregrinación a pie: Asís, Roma, Santiago. Para él era un tiempo fuerte de penitencia, oración y discernimiento.

En busca de los más necesitados salió para Colombia con la organización no gubernamental “Solidarios”. Allí le destinaron, tras una suerte de azares -de providencias- a la región del Chocó, al pueblo misérrimo de Andagoya. Su labor no era otra que ayudar en lo que fuera menester. Pronto entró en el corazón de los niños del pueblo con quienes gustaba jugar y reír.

El 9 de julio, al atardecer de su décimo día en América, quien no era dueño de sus actos le asestó una puñalada en la espalda. Tras padecer en silencio tres horas, murió en Colombia sin entenderlo muy bien, pero comprendiendo que su servicio había acabado.

El 14 de julio de 1993 en la ciudad de Alcaraz (Albacete), Alejandro fue enterrado entre el dolor y la esperanza de todos los que le querían. Junto a su cuerpo reposan las dos únicas cosas que le ataron a este mundo: el cordón franciscano y la pañoleta de la promesa scout.

Fuente/Autor: Reflejos de Luz

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