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ALEGRES

27 de enero de 2020

En preparación al DOMUND ((Día Mundial de las Misiones), que se celebra el Domingo 23 de Octubre, publicamos cada día en esta sección de nuestra Página Web unas REFLEXIONES, que nos ayuden a prepararnos adecuadamente a esta cita misionera, que nos atañe a todos.

Las primeras ocho partes las pueden encontrar abajo en el listado.

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El mensaíe que vives y anuncias se llama evangelio, que significa buena noticia, noticia alegre. Es una noticia buena y alegre, porque abre horizontes y señala metas a tu vida y a la de los demás. ¿No te ocurre, a veces, que no encuentras sentido a tu vida? ¿No tienes momentos en los que te parece que todo es oscuro dentro de ti mismo y a tu alrededor? Te sientes grande y pequeño al mismo tiempo; descubres tus momentos de gloria y de miseria. Puedes llegar a pensar que eres una pura contradicción. Te preocupa el sentido de tu ser, de tu trabajo, de tu amor, de tu familia, de la sociedad en la que vives… Un qué y un para qué muchas veces claro, pero en ocasiones, ¡un tormento!. Es que, pensándolo bien, cada hombre y cada mujer somos un misterio. A lo largo de tu existencia, encontrarás a mucha gente que prefieren “aparcarlo” para arrancarle a la vida las pequeñas felicidades que les permitan “ir tirando”. Pero, dentro, queda un corazón inquieto e insatisfecho. La alegría del evangelio arraiga en la hondura de la vida. Es la “alegría seria” que no pasa por encima de las dificultades y limitaciones. Las asume y las transforma.

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Puedes ahogar la inquietud e insatisfacción; pasar de ellas. Muchas veces tendrás esa tentación. Pero, desde ellas, puedes mantenerte en una constante actitud de búsqueda. Un gran hombre y gran santo, Agustín de Hipona, expresó sus más íntimos anhelos con una descripción memorable: “nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón anda inquieto hasta que descanse en ti”. La inquietud del corazón es llamada fuerte a la felicidad. Nos reclama, haciendo que no tengamos hartura. Siempre buscamos ser felices, incluso cuando erramos el camino. El ansia de felicidad se resiste a darse por vencida. La compartes con todos los hombres y mujeres a quienes encuentras en tu tarea evangelizadora. Reclamo del corazón que es puerta abierta al evangelio. El corazón es la vida entera que se resiste a ser encerrada en el sinsentido y el absurdo. La respuesta que tú vives y ofreces no es ajena a la pregunta que constantemente aflora en el corazón humano, a veces de forma violenta. Cuando evangelizas no superpones respuestas a un corazón sin preguntas. No te vaya a pasar lo que a aquel mono distraído y aburrido a quien el autor del poster que lo representaba le hacía decir en el escrito: “ahora que me sé la respuesta, se me olvidó la pregunta”.

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Tu alegría más profunda nace de tu propio corazón. En Jesús te has encontrado con el Padre y experimentas que “su gracia vale más que la vida”. La comunión con Dios es tu bien más preciado. Tu alegría procede de la confianza y la vives en la esperanza. Es el momento de tu confesión gozosa al Señor: “ningún bien tengo sin ti”. Y haces una jerarquía de valores: te entusiasma haber encontrado un tesoro escondido y una perla preciosa. Empiezas a dar importancia a lo que merece la pena y a quitársela a “lo que hoy es y mañana no aparece”. Descubres que la vida hay que mirarla en su conjunto y no en los momentos de pena o de gloria, a los que sientes la tentación de agarrarte como tu única tabla de salvación. Jesús te ofrece salvar tu vida desde el sentido de Dios. Es el que buscas, aunque, muchas veces, lo hagas a tientas. Cuando acoges a Jesús como “camino, verdad y vida” experimentas que no eres un buscador a ciegas. Te sentirás, a veces, desconcertado, darás tropezones, tu experiencia podrá ser tu propio aguijón, pero podrás confesar con San Pablo: “sé de quien me he fiado y estoy seguro”. Tu confianza se hace alegría serena.

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Pero no confundas la alegría con la ingenuidad. Como evangelizador no puedes ser ingenuo. Ni tu tarea consiste nunca en dar recetas, como si la alegría la distribuyeras con fórmulas mágicas. Y, ¡cuidado! que también del evangelio puedes hacer un recetario. En el evangelio no encontrarás fórmulas mágicas, ni una respuesta hecha para cada pregunta formulada. Jesús y el evangelio son la respuesta a la gran pregunta de la vida, pero no ponen en tus manos las respuestas hechas para cada una de las cuestiones que la vida nos plantea hoy. Continúas siendo un buscador; confiado, pero buscador. Por eso, no confundas tu alegría con un optimismo ingenuo frente a los problemas personales y sociales. Nunca intentes ser alegre a base de repetirte: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Tu alegría sería la de los ingenuos. Y la evangelización te pide sencillez, no ingenuidad. Descubre un desafío en las ofertas de felicidad que encuentras a tu alrededor. Ellas te están indicando la pasta de la que está hecho el corazón humano y te estimulan a buscar en el evangelio “el agua que salta hasta la vida eterna”.

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No encontrarás la alegría construyendo en tu vida “rincones cálidos” en los que sentirte a gusto y a los que recurrir como refugio. Como evangelizador puedes sentir la tentación de encerrarte en la calidez de tu grupo, porque te hace sentirte seguro y contento, al margen de la dureza de la vida. “Qué bien se está aquí, hagamos tres tiendas…”, pero Jesús los bajó del monte para seguir el camino por las aldeas y ciudades, anunciando el evangelio del Reino. El Señor te quiere alegre no sólo cuando estás a solas con Él, gustando en la oración “qué bueno es el Señor”, ni sólo cuando estás con el reducido grupo de tus amigos e incondicionales. Te quiere alegre en la intemperie de la vida, allí donde te envía a anunciar la buena nueva del Reino. La alegría con que presentas y ofreces la buena nueva de la salvación es una primera llamada a la esperanza. Sentirás que se produce el contagio, porque todos tenemos el corazón hecho de la misma masa.

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Habrás descubierto ya en tu experiencia creyente que Dios no es competidor ni celoso de todo lo grande, noble y hermoso que habita dentro de ti. No anuncies nunca el misterio de Dios y de su salvación en competencia con las nobles aspiraciones del corazón del hombre. Cuando Dios lo creó, hombre y mujer, “vio que era muy bueno”. Y cuando lo re-crea, en Cristo Jesús, quiere que aflore de nuevo, multiplicada, aquella bondad y belleza original. Los caminos de Dios nos llevan a Él, haciendo que nos encontremos definitivamente con nosotros mismos. Son las dos laderas de un mismo y único camino. Coger otros atajos (eso es el pecado) significa no sólo desviarse del camino hacia Dios, sino errar de camino para alcanzar nuestra meta de hombres y mujeres. Cuando vives y presentas las exigencias del Reino y del seguimiento de Jesús no ofreces los mandatos de un Dios “caprichoso” que estuviera ahí para fastidiar y entristecer al hombre con sus prohibiciones. Anuncias la voluntad de un Dios, cuyas delicias es estar con los hijos de los hombres “para que tengan vida y la tengan en abundancia”. No te vaya a pasar lo que a aquel que se quejaba de que Dios quisiera salvar a todos, incluso a los pecadores, porque no eran maneras de recompensar el “fastidio” que a él le había supuesto el esfuerzo por mantenerse fiel a sus mandatos.

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Tu alegría de evangelizador es fruto de tu madurez creyente. Te sientes agarrado por Dios en la totalidad de tu existencia. Y anuncias a un Dios que quiere para todos los hombres una salvación integral. No dejas ningún aspecto de tu propia vida, de la vida de los demás y de la vida de la sociedad en que vives al margen de la luz penetrante de la salvación que anuncias. Tocas así uno de los más profundos anhelos del corazón humano. Y lo anuncias con tal plenitud que ni la misma muerte, a la que tanto tememos, oscurece una esperanza asegurada por “el Dios de vivos y no de muertos”. Con la mirada puesta en Cristo Resucitado puedes encararte con el final, y hacerlo con la misma audacia de Pablo: “¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?”. La resurrección de Cristo es garantía de tu vida total y de la totalidad de vida que ofreces con su anuncio. Cuando aprendas a dar razón de tu esperanza habrás encontrado la fuente más íntima de tu alegría personal y la fuerza más grande para proclamar la buena noticia: que Dios llama al hombre a la vida, cumpliendo y desbordando anhelos, porque “ni el ojo vio ni el oído oyó lo que Dios tiene reservado a los que lo aman”. Toda tu tarea de evangelizador queda marcada por esta alegría de la esperanza confiada.

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La alegría serena de tu mirada al final, habitúa a tus ojos a mirar al presente de una manera nueva. El Resucitado no sólo te espera, te acompaña. Con tu tarea de evangelizador no sólo apuntas hacia el “todavía no” de la plenitud por llegar, te comprometes a realizar un “ya” que se vaya acercando progresiva y dinámicamente a la plenitud esperada. La esperanza que te alegra no es un achaque para despreocuparte de la historia que te duele. En ella tienes una nueva fuerza de compromiso de salvación. El evangelizador no es un cantor de promesas ajenas a la historia en la que vive. Educado en la “historia de la salvación” descubre que la promesa del Dios en quien cree trabaja la historia desde dentro. Y, como creyente, se sabe instrumento de realizaciones históricas -personales, sociales, políticas, económicas, laborales…- en las que la promesa comienza ya a cumplirse. Y tiene también la fuerza para oponerse a todos los frenazos y retrocesos con que los hombres sembramos la marcha de la historia hacia delante. La pobreza, la marginación, la injusticia, la violencia, las guerras… le duelen al evangelizador en lo más hondo de su esperanza. La fuerza para la lucha te viene de “la esperanza que no defrauda” y la alegría que te sostiene la aprendes de los que “esperaron contra toda esperanza”, porque tenían en Dios su confianza.

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Tu alegría debe también modelar tu estilo. ¿Recuerdas aquel dicho: “un santo triste es un triste santo”? Aplícatelo y no seas un triste evangelizador. ¡Que no puedes llevar una buena noticia asi, como si nada! No eres un pregonero a sueldo, encargado de soltar una retahila, aprendida de memoria. Te has jugado la vida y la has ganado. ¿Dónde está el entusiasmo? ¿No te debe salir la alegría por los cuatro costados? Además, has ganado tu vida, dándola, y “hay más alegría en dar que en recibir”. En el evangelio encuentras un programa de “dicha”. El Señor las llamó “bienaventuranzas”; y son eso: las “dichas” del creyente. Extrañas dichas, es verdad; pero su revelación a los sencillos llenaron de alegría el corazón de Cristo. Tu estilo de evangelizador debe proclamar que “quien busca la vida la pierde y quien la pierde la encuentra en plenitud”. No te busques a ti mismo. No te llenes de cosas. No vayas por la vida hambreando que la gente te recompense. Como evangelizador no eres un “buscador de recompensas”. Dios no ha puesto un precio a la conversión de nadie, para recompensar tu esfuerzo o tu pericia. Lo que cuenta es sólo la alegría del Padre por un pecador que se convierte. La alegría del Padre es la tuya. Por eso sabes que tu lugar de evangelización está allí donde hay más lejanía y olvido de Dios. Comparte la alegría del Padre por el hijo que vuelve, y, con tu trabajo en los ambientes más difíciles y lejanos, ayuda su vuelta. Si lo haces con sencillez, tu alegría de evangelizador se verá colmada. El amor y la alegría del Padre son la fuerza más grande para tu salida misionera.

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Vive y anuncia la alegría de la salvación. Jesús te da la seguridad de que es posible. Él lo ha hecho posible para ti y para todos. Él está contigo y con todos, siempre. Él nos conduce y nos lleva. No es un recuerdo del pasado. Está vivo y presente. Sin Él no podemos hacer nada. Su presencia nos sostiene. En ti, Él continúa evangelizando. Como evangelizador, no lo imitas; lo prolongas, haciéndolo presente. Él te ha llamado, porque quiere que lo hagas contemporáneo a los hombres y mujeres de nuestra tierra y de nuestra época. Si Él está contigo, ¿quién estará contra ti? Así se lo preguntaba San Pablo y sentía que nada ni nadie lo podría apartar del amor de Dios. Esa fuerza interior irresistible le hizo vencer todas las dificultades de la evangelización. Cuenta tú también con ellas. No todo te va a resultar de color de rosa. Te llegarán momentos en que creas que no merece la pena complicarse, que bastante tienes con lo tuyo para preocuparte también de los demás. Escucha esta confesión de un gran profeta, Jeremías: “La palabra del Señor se ha convertido para mí en constante motivo de burla e irrisión. Yo me decía: ‘no pensaré más en él, no hablaré más en su nombre’. Pero era dentro de mí como un fuego devorador encerrado en mis huesos; me esforzaba en contenerlo, pero no podía” (20,8-9). Ya ves, no eres el primero en sentir que la gente se ríe y se burla de ti, cuando tú estás poniendo tu mejor buena voluntad. Pero tampoco eres el primero en encontrar el motivo más hondo para seguir evangelizando: “tus palabras son mi delicia y la alegría de mi corazón, porque he sido consagrado a tu nombre, Señor, Dios todopoderoso” (15,16).

OBJETIVOS

1. Hacer consciente al evangelizador de que lleva entre manos una alegre y buena noticia, desde la que puede responder a las más hondas aspiraciones del corazón humano.

2. Que el evangelizador no confunda alegría con ingenuidad. La respuesta al sentido de la vida no es fácil, y supone un conocimiento hondo de las aspiraciones del corazón humano.

3. Situar la alegría del evangelizador en su correcto lugar: en la madurez creyente, en la esperanza y salvación anunciadas, en la salida misionera a los ambientes más alejados y difíciles.

PARA LA REFLEXIÓN

1. Personalmente, ¿me resulta nueva, sorprendente y alegre la salvación que comunico en mi tarea evangelizadora? ¿Encuentro en el Evangelio vivido una respuesta a mis más profundas inquietudes? ¿Me nace mi alegría de dentro del corazón o presento una alegría “postiza”?

2. La madurez de mi alegría: ¿soy alegre porque soy ingenuo? o ¿soy alegre porque soy esperanzado? ¿Me encierro en círculos muy pequeños para encontrar una “alegría cálida”? ¿Me da miedo la intemperie? ¿Anuncio el misterio de Dios con la alegría de quien está ayudando a responder a cuestiones importantes de la vida de la gente?

3. La esperanza es motivo de honda alegría, ¿pero me saca del mundo en que vivo? ¿Tiendo a no preocuparme de los problemas de la gente, porque me complican demasiado mi vida? ¿Mantengo la alegría incluso cuando resulta más difícil evangelizar?

ORACIÓN

Señor Jesús, que experimentaste la alegría de revelar el misterio de la salvación a los sencillos y pequeños, abre nuestro corazón a la alegre noticia de tu evangelio: que encontremos en él respuesta a las inquietudes más hondas de nuestra vida. Mantén nuestra alegría confiada en una búsqueda permanente: que no cerremos horizontes y preguntas, aunque muchas veces no tengamos respuestas hechas para todo. Haznos buscadores de la respuesta a la gran pregunta de la vida con la inquietud y el interés que compartimos con los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Que la esperanza que nos sostiene y nos alegra no nos saque del mundo en que vivimos: que, en medio de sus dificultades, experimentemos la “alegría de tu salvación”.

AMEN.

Fuente/Autor: Pedro Jaramillo – Vicario General de Ciudad Real, España

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