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27 de enero de 2020

CUANDO DIOS LLAMA

La actitud fundamental de cualquier persona que ha sido llamada por Dios es la gratitud. Una de las características de los relatos vocacionales en la Biblia es la respuesta de asombro que dan los elegidos cuando se les propone la misión. Los personajes bíblicos se ven sorprendidos y despliegan una serie de objeciones, intentan evitar que Dios realice su plan sobre ellos, porque sienten el vértigo que provoca la consideración de un compromiso para siempre (Cf. Ex. 2,3). Las reacciones son diversas: algunos manifiestan temor; otros la conciencia de su incapacidad; otros, en cambio, se ofrecen sin vacilación para edificar en la línea de los planes que Dios les ha manifestado.

En el Antiguo Testamento se nota una gran preocupación, por parte de los llamados, por asegurarse de que es Dios quien llama. Piden su nombre y pruebas de su presencia, porque la misión encomendada es superior a sus fuerzas. En ningún personaje existen las cualidades que lo capaciten cabalmente para la misión. Tampoco existe predisposición. Así se quiere dejar claro que la misión es obra pura de Dios y que sólo en él hay que confiar.

Existe, sin embargo, una actitud que es común a todos los que han sido llamados: la humildad y el agradecimiento. Dios elige desde su gran libertad y no se funda en las capacidades, intereses o decisiones personales. Sencillamente invita a realizar un destino divino, confirma su protección y asegura su asistencia para el cumplimiento de la misión.

En el Antiguo Testamento hay cuatro notas que caracterizan la vocación de los siervos de Yahvé: la fe en la palabra de Dios que les da seguridad y los sostiene. La obediencia para dejar un destino seguro y cómodo. La esperanza que les hace presente el futuro anunciado. Fe, obediencia y esperanza deben conducirles a la caridad, sin la cual cualquier vocación quedaría vacía en su elemento formal.

De entre todas las vocaciones descritas en la Biblia, hay una que reviste singular importancia porque, según el Concilio Vaticano II (L.G. 56) representa el más perfecto y elevado modelo de toda vocación humana: la vocación de María. Ella, como todos los personajes de la Biblia, manifiesta su humildad y gratitud. En el Magnificat (Lc. 1,46-56) desvela sus sentimientos porque se sabe mediadora de la llamada de Dios para su pueblo.

La primera parte del Magnificat es un canto de gratitud porque Dios ha puesto su mirada en ella y la ha exaltado, y porque a través de los humildes, Dios hace presente su salvación en la historia humana cumpliendo las promesas dadas a Abraham y a sus descendientes. Pero lo que hace verdaderamente humana la vocación de María, son los estados de ánimo o sentimientos con los que ella vivió tanto la alegría como el dolor.

a) Vivió la alegría porque al final de tantas promesas y de una larga espera, se concretaron las esperanzas de los pobres y humildes del Señor con el nacimiento de su hijo; porque Dios la ha salvado y con ella a todos los hombres; porque siendo humilde, Dios la ha exaltado; porque “ha acogido a Israel su siervo acordándose de la misericordia”.

b) Si al comienzo de su vocación María está envuelta en la alegría y le acompañará siempre, como un telón de fondo, es, sin embargo, en el dolor y en el sufrimiento donde se aclara su vocación como colaboradora del Redentor. Dolor que se manifestará por primera vez en la profecía del anciano Simeón y que pronto se hará presente en la persecución y matanza llevada a cabo por Herodes, la huida a Egipto, la pérdida temporal del niño, la oposición a la misión de Jesús por parte de las autoridades de Jerusalén. Este dolor alcanzará su máxima expresión en el Calvario, al pie de la cruz y en el sepulcro.

María vivió su vocación con las disposiciones psicológicas y religiosas de sus antepasados, los “siervos de Yahvé”. Ellos vivieron la plena disponibilidad de su alma ante la voluntad de Dios. María vivió su vocación de “sierva de Yahvé” en fe, obediencia y esperanza, en la caridad gozosa y sufriente, en la oscuridad de los acontecimientos que la rodeaban.

Por eso el Concilio Vaticano II nos presenta la vocación de María como la admirable síntesis de dones divinos y valores humanos, psicológicos y religiosos.

Nada tiene de extraño que entre los primeros padres prevaleciera la costumbre de llamar a la Madre de Dios, totalmente santa e inmune de toda mancha de pecado como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo. Enriquecida desde el primer instante de su concepción con el resplandor de una santidad enteramente singular (L.G. 56).

El sello característico de la persona que ha sido llamada por Dios será siempre el de la humildad y la gratitud. Es una persona con el corazón enteramente agradecido, capaz por ello de descubrir hasta en las pruebas difíciles e incluso en el abismo del dolor, la luz de la esperanza y la mano protectora de Dios. Porque quien ha confiado en él, y fiándose así ha puesto en juego toda su vida, ¿cómo no va a descubrirlo siempre presente en la historia?

La llamada de Dios despertará en tu corazón una alegría profunda y transparente, desde la cual sabrás leer todas las cosas y acontecimientos, y en la cual podrás afirmar toda la confianza en su mano protectora, como san Pablo, que con todo su corazón podía afirmar: “sé muy bien de quién me he fiado”.

Fuente/Autor: FER

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